Pluma invitada

Llamado urgente a las élites del país

Los jóvenes, al ver a los mejores en acción, se inspiran.

A lo largo de los últimos 50 años, hemos sido testigos de una degradación progresiva de la calidad de quienes ocupan los espacios más altos  del poder. Las élites económicas, académicas y culturales, que durante décadas dieron forma al destino de nuestra nación, se han ido apartando de la política. Hoy, la política es vista por la  mayoría  como un terreno escabroso plagado de corrupción y mediocridad. Pero es justamente esa retirada de las élites lo que ha permitido que la mediocridad se imponga. Recordemos que, en las décadas de los 70,  80 y 90,  muchos ministros, diputados y jueces provenían de las élites. Para ilustrar lo que digo mencionaré algunos nombres, de diferentes épocas, y pido a quienes dejé en el tintero que disculpen mi falta de memoria. Recordemos a Clemente Marroquín Rojas, Emilio Arenales Catalán, Alberto Fuentes Mohr, Miguel Ángel Asturias. Alejandro Maldonado Aguirre, Jorge Arenales Catalán, Roberto Herrera Ibargüen, Adolfo Molina Orantes, Carlos Molina Mencos, Francisco Villagrán Kramer,  Roberto Carpio Nicolle, Mario López Estrada, Élmar René Rojas, Rodolfo Paiz Andrade, Juan José Rodil, Mario Quiñónez, Mario Palencia, Ariel Rivera, Adolfo Boppel, Marta Regina de Fahsen, Eunice Lima, María Luisa Beltranena de Padilla, Raquel Zelaya, Gonzalo Méndez Park, Arturo Herbruger, Fritz García Gallont, Julio Balconi, Juan Mauricio Wurmser, Arabella Castro, Pedro Lamport, Bernardo López, Mario Dary, Marcio Cuevas, María del Carmen Aceña, Roberto González Díaz-Durán, Arturo Soto, Adela  de Torrebiarte, Jorge Briz, Gert Rosenthal, Julio Lowenthal, Jorge Skinner-Klée, Luis Alfonso López o un Óscar Barrios Castillo.     

Se hace más que imperativo que las élites regresen a la arena pública.

Sus trayectorias en la academia, en el mundo empresarial o  en la cultura no solo les otorgaban prestigio, sino una visión amplia del país. Daban con su presencia dignidad a los cargos que  ejercían.  Esa riqueza de perspectiva se ha ido diluyendo. Hoy, muchos ven la política como un campo minado, y prefieren dejarla en manos de desconocidos oportunistas o de muy conocidos malvivientes, borrachos, drogadictos  o figuras mediáticas sin mayor bagaje intelectual. Las consecuencias son palpables: decisiones pobres y falta de visión de largo plazo, que han provocado   una cada día más creciente desconfianza de la ciudadanía hacia los políticos y la política.  Se hace más que  imperativo, entonces, que las élites regresen a la arena pública. Con valentía y con la frente en alto. Y no se trata de privilegios o exclusiones, sino de responsabilidad: un país no puede construirse sin una participación activa de quienes tienen los conocimientos, la experiencia y la visión. Ejemplos sin temor los doy: necesitamos un Ricardo Castillo o un Richard Aitkenhead.

Además, esta participación no solo eleva la política, sino que actúa como faro para las nuevas generaciones. Los jóvenes, al ver a los mejores en acción, se inspiran. Comprenden que la política no es un juego, sino un compromiso del futuro con la patria. Si las élites vuelven a ocupar esos espacios, no solo elevaremos la calidad de las decisiones, sino que también dejaremos un legado de integridad, rigor y visión.  

Es hora de que las élites se levanten y tomen su lugar, no como privilegio, sino como deber patriótico. Y no basta con que regresen; deben liderar con ética, con transparencia, mostrando que es posible unir la excelencia profesional con un servicio honesto.

Invito, pues, a las élites del país a no renunciar a su deber  cívico; que  vuelvan a postularse; que ocupen ministerios, curules y judicaturas. Solo así podremos revertir la decadencia y reivindicar la política como un espacio digno de las mejores mentes del país.   Solo así lograremos que la política recupere su valor y sea la fuerza transformadora que nuestra sociedad necesita. Amén.

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