Pluma invitada

Lucharemos por cada ladrillo ucraniano

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Desde el comienzo de la invasión rusa a Ucrania, misiles de crucero, bombas aéreas y proyectiles han destruido miles de edificios en todo el país. Ciudades enteras —Mariúpol, Izium y Volnovaja— están casi demolidas. En Járkov, algunos de los monumentos arquitectónicos más importantes de la época soviética y el periodo prerrevolucionario han sufrido grandes daños. Varios sitios del Patrimonio Mundial de la UNESCO y tesoros arquitectónicos se ven amenazados.

Si en los primeros días de la invasión, los rusos declararon que su objetivo era únicamente la infraestructura militar, pronto quedó claro que estaban atacando edificios impregnados de los recuerdos y la historia de las personas que vivían en ellos: edificios residenciales, guarderías, centros de oficinas, teatros. Hay miles de heridas abiertas en todo el país. Lo peor es que nunca se sabe dónde caerá la próxima bomba rusa.

Después de que Rusia lanzara su ataque contra Ucrania, muchos ucranianos que conozco y que se dedicaban a la protección del patrimonio cultural dieron un paso al frente para defender el país como soldados y voluntarios, porque habían aprendido en tiempos de paz a proteger lo que les pertenecía: no solo el territorio, sino también millones de pequeños recuerdos de caminatas de regreso a casa bajo un cielo tranquilo, buenos vecinos y apoyo mutuo.

Antes de 2014, rara vez veíamos muestras públicas de interés por el patrimonio cultural en Ucrania. La revolución del Maidán de ese año, en la que las manifestaciones masivas provocaron la destitución de un presidente prorruso, detonó el desarrollo de la sociedad civil con base en valores occidentales, como la libertad de expresión y la autodeterminación. Al defender estos valores, los ucranianos aprendieron a ser responsables de los espacios públicos.

Los jóvenes intelectuales ucranianos —artistas, investigadores, cineastas, gestores culturales— se dedicaron a documentar el arte y la cultura en todo el país. Después de que Rusia se anexionó Crimea y ayudó a ocupar parte de la región del Dombás tras la revolución del Maidán, alegando un “fascismo” ficticio y la necesidad de proteger a la población rusoparlante de Ucrania, los procesos de descolonización de la cultura del país se intensificaron.

Los activistas a favor de la preservación sintieron que este era su nuevo propósito: recuperar la historia de Ucrania y su legado, para romper con los patrones coloniales de la Unión Soviética.

Un ejemplo sorprendente de esta nueva misión se encuentra en una calle concurrida de uno de los barrios más populares de Kiev: un hermoso edificio cubierto de enredaderas muertas. Hay trozos de la fachada tirados a su alrededor y partes de techos de hierro que sobresalen de las columnas. Este edificio no fue dañado por una bomba rusa, sino por promotores inmobiliarios meses antes del inicio de la invasión a gran escala de Rusia a Ucrania.

El edificio modernista, con el brillante nombre de Flores de Ucrania, fue construido en Kiev en la década de 1980 para una institución que estudia las flores. Se plantaron enredaderas en su fachada y crecieron por todo el edificio durante tres décadas. En el verano de 2021, una empresa constructora de Kiev recibió permiso para remodelar gran parte del edificio y sustituirlo con un centro comercial y oficinas; la empresa comenzó por cortar las parras y destruir la fachada con cubos de excavadora. Esto supuso una conmoción para los ciudadanos de Kiev.

Decenas de kievitas salieron a las calles para proteger el edificio y, en poco tiempo, los manifestantes consiguieron detener su destrucción total. No obstante, la fachada rota del edificio, que se encuentra en pleno centro de la ciudad, nos siguió recordando con tristeza que el patrimonio cultural ucraniano es frágil.

El episodio de las Flores de Ucrania dejó una impresión deprimente. Al pasar por allí, a menudo pensaba que me recordaba a una casa destruida por la guerra, que he visto más de una vez en el Dombás y en Irak.

Cada espacio de Kiev está lleno de recuerdos que conforman una historia viva, transmitida de voz en voz a través de generaciones, y que es importante conservar y proteger. Antes de la guerra, en cuanto se supo que un edificio ucraniano de importancia histórica estaba bajo amenaza de destrucción, los ciudadanos de inmediato corrieron hacia él y se levantaron para defenderlo. Además, la lucha por cada edificio nos enseñó a luchar por nuestros hogares, ciudades y país.

Al ver las noticias sobre la destrucción de Mariúpol, Járkov y Kiev, escuchamos muchas voces y el mismo mantra: después de la guerra, lo reconstruiremos todo; recuperaremos nuestras ciudades y restauraremos lo que no se puede destruir: nuestra cultura.