Catalejo

Pluricandidaturas y democracia electoral

Mario Antonio Sandoval

Cuando fue engendrada la Constitución actual por la Constituyente de 1984, el entusiasmo de quienes la redactaron los hizo cometer algunos errores. Quiero referirme ahora a uno: considerar a la proliferación de partidos políticos como una prueba de democracia. Surgieron entonces toda clase de partidos, la mayoría de ellos relacionados con ciudadanos a quienes algún ángel con humor negro los convenció de ser llamados por el Supremo Hacedor como salvadores del país, una especie de magos Merlines (o magas…) con su respectiva varita mágica. Los constituyentes venían de partidos ideológicos y nunca consideraron a esa decisión como la puerta abierta a grupúsculos clientelistas y a campañas políticas basadas en el regalo de camisetas y gorras con esa decisión.

Los números tienen la particularidad de ser fríos y claros. De 1984 a la fecha, la abrumadora mayoría de los grupos politiqueros no tuvieron base ideológica alguna y estaban basados en esos autonombrados líderes. Por ello murieron irremisiblemente y fueron sustituidos por otros igualmente amorfos y nebulosos. De los partidos creados desaparecieron prácticamente todos. En las elecciones del 85 participaron 8; en el 90, 14; en el 95, 19; en el 99, 11; en el 03, 11; en el 07, 14; en el 11, 10, y en el 15, 14. El total es de 104 “partidos”, cuyos liderazgos se esfumaron y los acólitos conformaron nuevas agrupaciones. Han sido candidatos presidenciales 77 ciudadanos distintos, aunque algunos participaron más de una vez. Del total, 30 obtuvieron menos del 1% y 64 lograron menos del 5%, cifra mínima para permanecer vivos (si no colocan al menos a un diputado).

La evidencia es clara: no por esa masiva participación de personas aspirantes a la presidencia se ha afianzado la democracia. Lejos de ello, la escasez de conocimiento, los nombres pintorescos, algunos solo con el fin de apropiarse de conceptos gracias a las siglas de los nombres, han contribuido al deterioro de la confianza y del respeto a la figura del partido político. Ejemplos de nombres pintorescos, uno por cada elección: Movimiento Emergente de Concordia (1985); Frente de Avanzada Nacional, 1990; Movimiento de los Descamisados, 1995; Alianza Reconciliadora Nacional, 1999; Desarrollo Integral Auténtico, 2003; Centro de Acción Social, 2007; Acción de Desarrollo Nacional, 2011; Pri, 2015. Estoy seguro: menos del medio del 1% de mis lectores los recuerda.

Los partidos participantes en las dos últimas elecciones no escapan. Nombres como Patriota, Libertad Democrática Renovada, FCN-Nación, Fuerza, Todos, Compromiso, Renovación y Orden, Partido Unionista, Cambio Nacional, Visión con Valores, Frente Amplio de Izquierda, Encuentro por Guatemala, por ejemplo, dicen nada. Y el terror ciudadano se enciende cuando se informa de la posible participación de unos 25 partidos, con lo cual el menor de los males es tener una papeleta electoral del tamaño de un pliego de cartulina. Mi preocupación mayor va dirigida a los jóvenes de entre 18 y 22 años, quienes serán invitados a votar por primera vez y no podrán recibir respuesta de los adultos al preguntar si en este relajo consiste la democracia.

Otro dato interesante es la participación de mujeres como candidatas. La primera fue Mariflor de Solís, quien obtuvo en total 0.5 de los votos en dos participaciones, 1995 y 1999. En esta última, Catalina Soberanis obtuvo el 1.28%. Rigoberta Menchú obtuvo el 3.06% en 2007 y el 3.22% en 2011, para un total de 243, 400 votos sumados. De allí en adelante, Sandra Torres obtuvo en el 2011 (1ª vuelta) 967 mil; Zury Ríos, 288 mil en el 2011, año en el cual Patricia de Arzú logró 97,870. Es posible estar en desacuerdo con las razones de esta participación, pero el hecho es el resultado. El motivo de este artículo es colocar en unas pocas líneas algunas de las características peculiares de un proceso político iniciado con entusiasmo en el lejano 1984, y ahora resquebrajado sobre todo por la total irresponsabilidad de los políticos y sus achichincles.