CATALEJO

Portillo, esclavo de sus palabras

Mario Antonio Sandoval

UN VIEJO ADAGIO ÁRABE reza: cada quien es amo de su silencio y esclavo de sus palabras. Lo recordé al escuchar y ver a Alfonso Portillo el miércoles pasado a su regreso de la cárcel estadounidense, al lado de su exesposa Evelyn Morataya, su hija y su hermana Edna Friné Portillo. Fue sorprendente el tono y la manera de su discurso, alejado de la voz enérgica propia de los dirigentes políticos populistas. Se le vio como un hombre con el reflejo en su rostro del peso de las experiencias duras. En resumen, los temas mencionados en sus palabras reflejan el criterio de muchos comentaristas de prensa, analistas de la sociedad actual, y de un porcentaje mayoritario de la población. Pero fue imposible evitar un pensamiento de quién los pronunciaba.

LA ESCLAVITUD ORAL de Portillo se encuentra en su afirmación, es decir de su promesa, de no participar en ningún cargo de elección popular. Si luego lo hace, simplemente confirmará entre los sectores medios y altos de la población su capacidad de olvidar sus palabras, por no decir de engañar a la gente. La tarea de hacer un llamado a crear un grupo multidisciplinario se ha realizado muchas veces en Guatemala e incluso se ha llegado al punto de redactar acuerdos de los sectores con los partidos. Nada ha ocurrido y los esfuerzos de muchas personas han ido a parar a algún archivo olvidado hasta de las propias entidades redactoras, convencidas de no ser parte de su papel darle continuidad a la segunda parte: insistir porque todo se haga.

DE LO EXPRESADO por Portillo, me preocupa fundamentalmente un tema sobre el cual hay una pertinaz insistencia: la reforma a la Constitución. Muchas son las razones: primero, a la actual Carta Magna no se le ha permitido funcionar en su totalidad; segundo, con cambiarla no se arregla nada. Tercero, con cambiarla se llegará, estoy seguro, a una Constitución hecha a los intereses de los políticos actuales. Si hablamos en serio, no podemos comparar a los integrantes de la Constituyente de 1984 con el Congreso actual y el nuevo. La razón es simple: la calidad de las personas es menor, dicho con todo respeto, pero convencido de eso ante la lamentable realidad de hechos como la actual evidente alianza entre los patriotistas y los lideristas.

LA IDEA PORTILLANA DE crear ese gran frente para formar una fuerza política, es imposible debido —sobre todo— al “supermercado de partidos”, a la vez derivado de las facilidades otorgadas por la Ley Electoral y de Partidos Políticos, necesitada de ser la primera en reformarse. Se debe evitar la creación de más minitribus políticas y también de universidades de garage, con una sola facultad de Derecho para poder tener representación en el voto para integrar comisiones. Portillo se autopropone como ese unificador. Debe ahora esperar la consecuencia de esa idea en cuanto a los criterios de los sectores sociales: académicos, partidistas, religiosos, etcétera, pero sobre todo de la capacidad de convencimiento en el mayoritario sector de la juventud.

EL TIEMPO ES INEXORABLE. Cuando Portillo salió de la presidencia, quienes votarán por primera vez tenían 12 años de edad, mientras quienes voten por segunda vez llegaban a 16. Los intereses de estos votantes nuevos son muy diferentes a los de otros sectores sociales. El apoyo de los sectores populares también es inútil si no tienen documentos legales y por ello no puedan votar. Obviamente Portillo es un político nato, con capacidad para influir en el desarrollo del proceso electoral y de los comicios. En este momento, debe haber cierta preocupación en los uneístas y los lideristas, pues su hábitat político es donde el expresidente puede influir. Ahora, procede sentarse y ver si Portillo decide liberarse de la esclavitud de sus palabras.