De mis notas

Reflexiones dominicales

Alfred Kaltschmittalfredkalt@gmail.com

“Dos momentos:  El primero cuando los rayos del sol se cuelan entre las ramas altas de los árboles, regalándole la sombra a los cafetales de esta hermosa hacienda antigüeña por donde camino temprano en la mañana.  Olor a tierra mojada y hojas haciéndose abono para obsequiarle sus nutrientes a las matas de café, cuyas hojas se encienden y se apagan con los rayos solares mañaneros.

Me acompañan algunas ardillas y el coro de pájaros va en aumento conforme me adentro en la espesura de la plantación. Siento el peso de la soledad agradeciéndome el momento solo. Libre de la cacofonía humana, me es fácil unirme al bosque como si fuésemos uno. Respiro aire fresco y por momentos mis ojos se topan con alguna mariposa volando a sus anchas como pluma al viento.

Y ahora estoy en otro momento. Mi nieta Natalia, de doce años, maneja por primera vez un auto. Está al timón y yo del otro lado sosteniendo en mi regazo a su prima Stefania. Conducimos por la misma vereda que caminé hace un rato. Lo hace perfectamente bien. Y a pesar de estar concentrada en conducir, la cautiva también la penumbra del sendero de la tupida y espesa arboleda. Como si entrásemos por unos segundos a un bosque encantado, ajeno a todo lo que no fuese el presente.

Estas niñas a quienes vi nacer. Mañana madres, pasado abuelas. Conduciendo. Me pregunto ¿qué les espera a mis nietas en esta Guatemala de contrastes, bregando todavía hoy por conciliar sus sombras y sus luces? Por la ventana veo un bosque en el que cohabitan árboles altos y fuertes junto a árboles delgados y pequeños. Ese será el desafío pienso. Ser un bosque incluyente, solidario, conviviendo en armonía con los 30 millones de habitantes que habrá cuando tengan 25 años de edad. Para entonces quizás algunos de nuestra generación ya no estaremos para verlos.

Desearíamos ser un país ofreciendo a la juventud y la niñez acceso pleno a la educación, fruto de una desregularización que brinda atención en los niveles de pre-primaria y primaria a comunidades rurales que tradicionalmente no han recibido el servicio educativo y una variedad de carreras técnicas demandadas por la pujante economía, consecuencia de sanas políticas fiscales y un gasto eficiente y honesto. Un país donde nadie se muere por falta de atención médica porque habría burócratas profesionales fruto de la ley de servicio civil y normas de compras y contrataciones, dentro de un sistema en el cual se derrama la riqueza sobre todos sus habitantes porque hay inversión masiva y generación de empleo debido a la gobernabilidad y estabilidad política.

Soñamos que para entonces Guatemala es un país seguro y sin violencia. Se vive bajo el imperio de la ley dentro de un estado de Derecho. El tráfico de drogas está controlado porque la descriminalización de la demanda es un hecho y los carteles ya no capitalizan el incentivo perverso de la prohibición por medio de la cual corrompían la economía, la política y la justicia.

Hay una nueva generación de políticos respetuosos de la ley. Ya no hay impunidad politiquera clientelar. Los corruptos son juzgados y llevados a prisión. El mensaje recibido permanentemente por la ciudadanía es que el crimen no paga y priva el imperio de la ley.

Y habría paz firme y duradera, producto de habernos perdonado. Los unos por haberla iniciado y los otros por haberla combatido. De ambos lados se dignificó a las víctimas de esa época, aceptando que, como dijo Ghandi, “no hay camino para la paz, la paz “es” el camino.” Fin de la columna/abril /2013

Han pasado cuatro años y medio desde esta columna. Juzgue usted, estimado lector, en dónde nos encontramos hoy.

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