Economía para todos

Reputación, el riesgo de los riesgos

José Molina Calderón josemolina@live.com
Con motivo del bicentenario de la Independencia de Guatemala 1821-2021, se examina la experiencia de la transparencia en la lucha contra la corrupción.
 

La Lección Inaugural 2018 en la Universidad del Istmo de Guatemala, por la Dra. Reyes Calderón Cuadrado lleva por título La Experiencia de la Transparencia. El Rol de las Empresas y la Industria en la Lucha contra la Corrupción. Seguidamente un extracto de la misma.

Los cambios en la lucha contra la corrupción se están profundizando, en primer lugar, por la desconfianza de ciudadanos y consumidores en el mundo económico y político, que deriva de la cascada de escándalos post Enron, y de la reciente crisis financiera y económica.

La necesidad de restañar y recuperar cuando antes la confianza perdida ha elevado la presión sobre las compañías y su comportamiento público. Esa presión ha abierto un agujero, que crece de modo exponencial, a los llamados productos éticos y al comercio justo, pero sobre todo ha puesto al gobierno corporativo en el punto de mira.

Las grandes gestoras de fondos y los inversores institucionales, los activistas institucionales, la prensa, monitorizan la actuación de las empresas que se hallan en su campo de actuación con el fin de evitar riesgos éticos, sociales y medioambientales. Y no solo eso: también elaboran listas negras de inversión y listas blancas de “empresas auténticas” (Croft, 2005). Todos estos actores han hecho de la corrupción una de sus banderas, como lo evidencia el índice Dow Jones de Sostenibilidad.

En un clima de desconfianza y grandes asimetrías de información como el actual, una buena reputación no es un elemento estratégico valioso o una excelente herramienta de márquetin o una buena fórmula para retener talento. Es un elemento necesario, una exigencia de accionistas e inversores. The Economist Intelligence Unit, que lo denomina “el riesgo de los riesgos” (2005:2), sitúa a los riesgos reputacionales en la cabeza de las prioridades de los gestores de riesgos corporativos, muy por encima del riesgo regulatorio y de capital humano.

Y a todo esto hay que sumar un factor que quizás aún no lleguemos a calibrar adecuadamente pero que, en mi opinión, va a resultar esencial. Hablo de la cuarta revolución industrial, como se conoce a la transformación digital aplicada al mundo empresarial, que lleva asociada cambios de conducta y cognitivos que están afectando a muchos de los pilares de nuestra sociedad, entre ellos, la velocidad de movimiento y procesamiento de la información.

Estoy convencida de que, a estas alturas de siglo, todos estamos de acuerdo en que el mundo cambia mucho y muy deprisa y, lo que se antoja más relevante, va a continuar haciéndolo. No parece que estemos ante una marea viva, ni siquiera ante un tsunami que, si bien desplaza grandes masas de agua, finalmente vuelve a origen. Esta revolución ha llegado para quedarse, y de nada sirve permanecer en alto y sentarse a esperar que escampe. A su debido tiempo, pero, sin duda, pronto nos alcanzará.

Hemos vivido otras evoluciones y otras revoluciones, pero ésta es sin duda peculiar, y no sólo porque su velocidad de crucero es espectacular, también por su profundidad. Porque en el actual escenario las innovaciones no anulan como antaño lo anterior, como ocurría cuando enterrábamos la máquina de escribir al dar a luz al ordenador, sino que hoy una innovación refuerza la anterior y esta, la anterior, de modo que cada dos años su capacidad se duplica y los costes se dividen por la mitad, extendiéndose por todas partes.