Catalejo

Ríos Montt, tema al extremo difícil

Mario Antonio Sandoval

Poca sorpresa causó, realmente, la noticia del óbito de Efraín Ríos Montt, ocurrida el domingo, porque ya se sabía de su desfalleciente estado de salud desde hace mucho tiempo. Escribir acerca de su vida, su participación política y sus acciones como militar, resulta especialmente difícil porque aún despierta, y de seguro lo hará por muchos años, sentimientos encontrados con igual fuerza, ya sea de odio o de admiración. No se puede negar su paso por la historia de Guatemala, ni tampoco la necesidad de estudiarlo en forma serena, tarea imposible en los momentos actuales.  La Hermana Muerte abrazará tarde o temprano a todos y cuando eso ocurre, al convertir a quien escogió en parte del pasado —en este caso nacional— debe cambiar la forma de analizarlo.

La tarea ahora no es de jueces, porque ya no tienen a quien juzgar. Pero sí puede ser de historiadores, de analistas, de críticos y de alabadores, cada uno actuando según sus convicciones o sus experiencias personales. Quienes se interesan en conocer las extrañas e insondables características del ser humano, pueden hacerlo desde la perspectiva psicológica, de la realidad del país o del mundo. Es una tarea complicada, no por el tema en sí mismo, sino porque se debe tratar de mantener una posición aristotélica, es decir, de equilibrio. Ello no significa colocarse en la posición de no señalar los graves errores, o de considerar a la persona participante en la historia como si fuera angelical. Ese error es común y hasta cierto punto explicable.

En los últimos tres días, las redes sociales se han encargado de regar toda clase de mensajes, algunos con insultos y otros con defensas. Ambos tienen el problema del anonimato en la mayoría de los casos, y por ello solo tienen validez aquellos firmados, también llegados a los guatemaltecos por esa misma vía. Sin embargo, es imposible justificar la ausencia del señalamiento de los principales hechos políticos de su tiempo, como la política de tierra arrasada, las patrullas de autodefensa civil, los tribunales de fuero especial, los jueces encapuchados para condenar a muerte a acusados, el grave riesgo de una confrontación armada interna por motivos religiosos, y posteriormente cómo se comportó cuando se convirtió en un político.

Como figura pública, igual a todos los politiqueros de la historia nacional. Permitió la corrupción, no detuvo el florecimiento de sectas pentecostales como la propia de él cuando abandonó el catolicismo, por cierto practicada con igual fanatismo dentro de los cuarteles donde fue asignado. De su familia, fue su hija Zury quien personificó su defensa abierta y sin ambages, lo cual era de esperarse por la similitud de personalidades de ambos. Por tratarse de una figura tan controversial, es muy fácil lanzar andanadas, llenas de razón, para satanizarlo o, al contrario, para justificar todas sus acciones, pero no se debe olvidar la enorme carga de emotividad en todos y cada uno de quienes lo juzgan o defienden. Esto es una plena realidad.

Ríos Montt, también, desperdició la oportunidad dada por su popularidad al llegar al poder por un golpe de Estado apoyado popularmente porque era contra Romeo Lucas. Su llegada al poder lo cegó, sobre todo al creerse un enviado de Dios. Hablé con él dos o tres veces, muy superficialmente, hace muchos años, y una vez lo encontré de casualidad caminando con su esposa, María Teresa, en una playa solitaria de Izabal. A mi juicio, su más grave error fue mezclar religión y política, además, de manera fanática. Ahora queda dejar pasar un tiempo para poder hacer un relato medianamente balanceado de su paso por la historia del país. Los guatemaltecos posteriores a 1982 y las otras fechas relacionadas con él, sin duda se interesarán por saber quién fue y qué hizo.