Con otra mirada

Sobre la conservación de bienes culturales

José María Magaña Juárez jmmaganajuarez@gmail.com

La admiración por la obra edificada es tan vieja como la propia cultura, pues le es inherente. Quizás el antecedente más popular sean aquellos símbolos sobre las 7 Maravillas del Mundo antiguo: la Gran Pirámide de Guiza, los Jardines Colgantes de Babilonia, el Mausoleo de Halicarnaso, la Estatua de Zeus, el Coloso de Rodas, el Faro de Alejandría y el Templo de Artemisa.

El Urbanismo, al igual que la obra edificada, lo he dicho antes, son las más contundentes expresiones de la capacidad creativa del ser humano, pues ahí están expuestas a la vista de todos, lo que no implica necesariamente que notemos su presencia ni entendamos lo que expresan, pues para eso se requiere un mínimo de sensibilidad. Las ciudades son producto de la solución práctica a necesidades básicas del ser humano y sus actividades, como la vivienda, comercio, administración, religión, salud, educación, ocio y muy importante, transporte, entre otras. Por su parte, la Arquitectura crea de manera armónica los espacios necesarios para que tengan lugar.

En su proceso histórico, ambas disciplinas han ofrecido soluciones concordantes con su ubicación geográfica y realidad topográfica, climática y demás características del lugar, de las que se deriva lo que hoy denominamos patrimonio cultural edificado. Algunas sociedades conscientes de esa herencia, hicieron levantamiento de sus más característicos e importantes edificios, generando registros que ante catástrofes que los han afectado, permitió su reparación o hasta reconstrucción, cuando fue imperativo.

El primer intento internacional de protección fue la Carta del Restauro surgida durante la 1ª Conferencia internacional de Arquitectos y Técnicos de Monumentos Históricos celebrada en Atenas (1931), que no fue posible implantar debido al inicio de la II Guerra Mundial que causo grandes destrozos en varias ciudades europeas. Algunas de ellas, gracias a esos registros patrimoniales, pudieron reparar y reconstruir emblemáticos edificios, recuperando así la imagen monumental que admiramos. La creación de Unesco fue fundamental para prever que tal barbaridad no se repita.

El siguiente paso fue La Carta de Venecia (1964), como consecuencia del Segundo Congreso Internacional de Arquitectos y Técnicos de Monumentos Históricos celebrado en aquella ciudad lacustre. Su difusión fue inmediata, lo mismo que su adopción internacional.

Para entonces Guatemala contaba con un sustancial aporte de la Revolución de octubre de 1944: el Instituto de Antropología e Historia, entre cuyos objetivos está la conservación de los bienes culturales de la Nación.

La creación de la primera Facultad de Arquitectura (1958) propició el fluido intercambio de opinión con otros centros culturales: Facultad de Humanidades, Bellas Artes, Escuela de Artes Plásticas y Academia de Geografía e Historia, al tiempo que La Antigua Guatemala manifestaba signos de deterioro, esencialmente derivado del descontrolado comercio y tránsito vehicular. La Carta de Venecia sirvió de apoyo para crear la Ley Protectora de La Antigua Guatemala (1969) como un hito histórico que propició el inicio de su conservación; más adelante se sometió a Unesco su candidatura como patrimonio mundial, la que se alcanzó en 1979.

Ante ese propósito por conservar un bien cultural, hay un principio esencial que nos habla que para lograrlo es indispensable apreciar lo que deseamos conservar, pero primero hay que conocerlo.

Sin embargo, conociéndolo, hoy día los intereses económicos surgidos en torno a esa figura –la de patrimonio mundial-, se contraponen a ese espíritu, pues les mueve su sola explotación.

En este momento esa es la tarea más difícil a enfrentar y resolver a fin de garantizar la subsistencia de aquella importante fuente de identidad cultural.

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