La buena noticia

Un cristiano practicante

Mario Alberto Molina mariomolinapalma@gmail.com

Cuando queremos identificar a una persona como particularmente religiosa, utilizamos el participio “practicante”. Si decimos que Juan es un católico practicante, entendemos que asiste regularmente a la iglesia. En la opinión más extendida, la práctica de la religión consiste en la asistencia a la iglesia y al culto. De hecho, cuando los sociólogos de la religión buscan un parámetro para medir la religiosidad de la población eligen como criterio objetivo la asistencia a la iglesia.

Sin embargo, para Jesús el criterio es otro. En cierta ocasión, un hombre estudioso de la Biblia, un escriba, le preguntó su opinión acerca de cuál de los numerosos preceptos allí contenidos sería el principal. La intención del escriba era conocer el parecer de Jesús acerca de lo que en realidad Dios quiere y espera de los hombres. El mandamiento principal de la Biblia sería aquel cuyo cumplimiento daría satisfacción adecuada a los deberes del hombre para con Dios y lo identificaría como “practicante”.

Para responder a la pregunta, Jesús recitó el shemá, el verso de Deuteronomio 6,4-5, que los judíos ya recitaban en su tiempo como oración en la mañana y en la tarde: “Escucha, Israel. El Señor nuestro Dios es el único Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas”. La declaración proclama en primer lugar la singularidad de Dios. Es una profesión de fe de que Dios es uno y único. Las distintas manifestaciones y diversos nombres de Dios en la historia de Israel se refieren al mismo y único Dios. Además, todas las divinidades de los pueblos son ficciones, pues el Dios de Israel es el único que hay. A la singularidad de Dios corresponde un amor íntegro y total de parte de los hombres. El creyente no tiene que dividir su amor y su lealtad entre una pluralidad de divinidades, sino que como hay una sola, a ella corresponde entregarle la totalidad del amor, del servicio y de la fidelidad.

Pero, sorprendentemente, Jesús añade otro mandamiento, esta vez tomado de Levítico 19, 18, y dice que forma uno solo con el anterior: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. El amor al Dios invisible encuentra su expresión adecuada en el servicio al prójimo necesitado. En la tradición espiritual católica esto se ha entendido en el sentido de que la expresión propia del amor a Dios es el servicio al prójimo. El amor al prójimo se expresa en las acciones concretas que lo benefician, tales como enseñarle el camino de la salvación, socorrerlo en su necesidad corporal o perdonarlo cuando uno ha sufrido agravio de su parte. El escriba que interrogaba a Jesús aprobó su respuesta señalando que cumplir ese mandamiento valía más que la realización de holocaustos y sacrificios en el templo, más que el culto.

Jesús, por supuesto, fue practicante, tanto en el sentido de que asistía asiduamente los sábados a la sinagoga como en el sentido de que amó y obedeció a Dios y al prójimo con todo su ser hasta entregar su vida en la cruz. La primacía que tiene la obediencia al precepto del amor sobre el culto como expresión principal de la religión tiene su explicación. Es el carácter eminentemente antropológico y salvífico del cristianismo. Dios quiere que seamos personas cabales, santas y eso se logra por medio de acciones moralmente buenas y rectas. En la salvación del hombre se realiza la gloria de Dios. Las celebraciones litúrgicas y la asistencia a la iglesia son necesarias para reconocer y dar honra a Dios y recibir de él la gracia para cumplir sus mandamientos. Pero el culto principal debido a Dios y la expresión fundamental de ser un cristiano practicante es el cumplimiento del precepto del amor a Dios y al prójimo.

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