Para almorzar, se recomiendan los sabrosos mariscos acompañados de una bebida bien fría. Y qué mejor que estar al lado de la pareja, la familia o los amigos. Incluso, muchos llegan por motivos empresariales. En el mar todo se ajusta. No hay prisa. Este es un sitio de descanso y para tomarse las cosas con calma. Así lo sugiere el placentero sonido de su oleaje.
Este paraíso está a solo nueve kilómetros de Monterrico —a 161 km de la capital—, con una carretera accesible para cualquier vehículo. Una vez ahí, hay una extensa oferta de hoteles para los diferentes presupuestos. Uno de ellos es Playa Plana, de estilo mediterráneo, que tiene disponibles 42 habitaciones con televisión por cable, frigobar, aire acondicionado, baño privado y caja de seguridad.
También cuenta con piscina, restaurante, bar, sillas plegables y un tortugario, en el cual los huéspedes pueden participar en las actividades de liberación de tortugas que se efectúan durante la temporada de lluvia.
Además es posible hacer paseos a caballo o cuatrimoto, surfear y, por qué no, conducir una moto acuática. Otro de sus atractivos es disfrutar del avistamiento de ballenas, las cuales recorren esas costas en el verano.
El canal
Otra opción es viajar en una lancha por el Canal de Chiquimulilla, lo cual es igual de relajante. En el trayecto se divisan manglares grises, negros, blancos y rojos —estos últimos son los que predominan—. De hecho, son de los pocos mangles que aún se conservan en Guatemala. A lo largo se llega a varias laguna, donde se hace inevitable sacar la cámara fotográfica para perpetuar el espectáculo de la naturaleza, el cual complementa una gran variedad de aves, como pulules y gavilanes. Entre la vegetación hay árboles de cedro, caoba, palo blanco o matilisguate.
La noche
Hawái no se caracteriza por la fiesta, como sucede en Monterrico. Este lugar es para estar en paz. Para contemplar el inmenso horizonte. Meterse en el mar y juguetear en la arena. Por la noche, hacer una fogata y recostarse para observar las estrellas. Dormir un momento. Sentir la brisa. Darse una ducha. Comer y, finalmente, ir a dormir. Eso sí que es relajarse.