Escenario

Pacheco celebra el Cervantes con mil jóvenes y “Las batallas en el desierto” 

Flamante con el Cervantes recién concedido, el poeta mexicano José Emilio Pacheco se infló ayer de alegría en compañía de un millar de adolescentes, a los que desveló todos los secretos de su libro Las batallas en el desierto.

El texto, una novela corta escrita en 1981 y que se ha consolidado como una de sus obras más populares, está protagonizado por un adolescente, de nombre Carlitos, que vive un amor trágico e imposible y que Pacheco desmintió que fuese él mismo.

“No me molesta que la gente me pregunte si es mi autobiografía, porque eso significa que logré cierta autenticidad”, explicó a los jóvenes en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL), la mayor cita editorial hispana, donde el autor es homenajeado.

Esta actividad es una de las clásicas de la feria: otros autores, como el también Premio Cervantes Carlos Fuentes o el ganador del premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, el poeta venezolano Rafael Cadenas, se han sometido sin remilgos a las preguntas del público.

“Yo a usted no lo conocía antes, para qué le voy a decir otra cosa”, le reveló un chico al divertido Pacheco.

Ni tiempo le dio a enarcar la ceja al escritor, pues el joven inmediatamente explicó lo mucho que le había gustado la novela. Tanto que habían hecho una adaptación teatral en clase.

“Me gustaría verla, no lo tienes grabado en vídeo?”, se interesó el poeta, rejuvenecido y entusiasmado por las inquietudes de los adolescentes, sinceras, directas.

“¡Me gusta porque es una historia que sucede en mi México, no en un país muy lejano de cuyo nombre…”, exclamó alborozada una chica que perdió la última parte de su frase entre la risa general.

“Cuando escribo pasa una nebulosa por mi mente, y a medida que escribo, eso se va concretando”, contestó Pacheco a la cuestión de cómo elaboraba su arte, poco después, a otro efusivo adolescente.

Y contó más: por ejemplo, cómo empezó a escribir antes de escribir. De tierno infante, no se le ocurrió otra cosa que dictar su propia versión de “Quo Vadis” a sus abuelos, inspirado tras tomar contacto con una versión para niños de la famosa novela.

En su visión del clásico que acontece en la Roma de Nerón, los cristianos también salían de las catacumbas, pero luego se subían a unos camiones.

“No hay edad para empezar a escribir”, silbó el poeta. Eso sí, como de lo que se come se cría, para poder escribir hay que leer antes. Pero por placer, no por deber, enfatizó.

También se acordó de sus amigos de juventud, de la foto que se sacó con casi veinte años junto a los escritores Sergio Pitol (otro Premio Cervantes) y Carlos Monsiváis, con el que se iba al cine todos los días.

Cincuenta años después, los tres han vuelto a coincidir, en la FIL.

Por si alguien se pregunta qué acaba de leer Pacheco, es el último libro del español Antonio Muñoz Molina, La noche de los tiempos, que se compró en el aeropuerto de Madrid cuando volvía de recoger el Reina Sofía de Poesía. “Me gustó y me aterrorizó”, contó.

A su lado, un compañero de profesión ejercía de moderador ante las manos alzadas: Xavier Velasco, autor de Diablo guardián.

Y Pacheco respondía como otro adolescente más a todo lo que le preguntaban.

“No sé lo que siento si no lo escribo”, le decía a una chica que le pedía una definición ipso facto, parece, del amor.

En general, se confesó, le gustan más los poemas de los otros que los suyos propios; y es que con ellos, curiosamente, puede identificarse.

Y por si acaso había entre el público escritores potenciales, les dio un consejo: escribir siempre para satisfacerse primero a sí mismos y, en suma, no vender el alma al tentador “best-seller”, ni subestimar al lector.

Lógicamente, aclaró, que lo que el escritor quiere comunicar a ese lector que imagina en su mente llegue a buen puerto no está garantizado: “Es como una botella lanzada por el náufrago”.

EFE