Haciendo un balance, de los 15 años que he tenido la casita, no habré ido a ella más que un mes o dos sumando todas las noches que ahí me he quedado a dormir. Además, si vienen visitas no hay tiendas de víveres a su alrededor y si traes todas la cosas no tienes a la cocinera, que ya no solo quiere los domingos libres sino también los sábados. El resultado es que si vienen visitas no hay sosiego, ni cocinera y hay que lavar platos, barrer y hacer la comida…
Con esto de la humedad dejó de funcionar la fuentecilla en medio de un pequeño patio con flores muy decorativas, pero… hay que regarlas. Con las lluvias el cernido de algunos cuartos se aflojó y el lindo dibujo colonial se borró. Además, en el camino a Antigua puede haber deslaves, derrumbes o lavinas que son peligrosos. Si llegas hay que volver a regresar temprano, puesto que por las tardes es cuando más llueve. Mis últimas visitas no conocían dónde queda mi casa en las afueras de Antigua, y les he dicho que le puedo esperar ante el monumento a Rafael Landívar en Antigua. ¿Y este quién es?, preguntó mi amiga, madre de cuatro hijos pequeños que venían con ella. Y como nunca ha oído hablar de Landívar me propuso esperarme mejor frente a Pollo Campero (a media cuadra del monumento). Naturalmente ella llegó una hora después y la Policía, mientras tanto, me invitó amablemente a mover mi auto, pues ahí era prohibido estacionar.
Hablé con mi amiga sobre la reconstrucción de la casa o de su eventual venta. Mientras hablábamos, los niños de ella se sumergieron en la piscina del condominio que estaba helada y luego, en el jacuzzi que no funcionaba por capricho de su maquinaria. Pronto empezó a llover excesivamente. Tras este interesante ensayo de pasar un plácido domingo no quedó más que un montón de platos sucios y hubo que regresar a la capital con un tanque casi vacío de gasolina, porque donde yo había comprado mi última gasolina la bomba marcaba Q50 antes de comenzar a llenar el tanque, discutí con el empleado, pero decidí irme por si acaso habrían tiros por parte del enfurecido y tramposo varón.
Luego, en mi casa metropolitana, que afortunadamente no había sido asaltada en el transcurso, todo estaba tranquilo, solo que ya no hubo modo de abrir la puerta de entrada de madera, que se había hinchado por la humedad y la cocinera había dejado abierta la ventana de la cocina por la que entró la lluvia. Lo peor era que ella no había apagado la estufa eléctrica. Recuerdo que una amiga me recomendó jamás adquirir una casa en Antigua si ésta no estaba junto a una panadería, una farmacia, a los bomberos y a una iglesia, además de un médico cerquita. Tenía toda la razón.