Los barriletes de Sumpango volarán de una manera distinta en 2020

El 1 de noviembre se elevarán los barriletes de Sumpango en modo presencial y virtual, incluidas 50 cometas blancas que conmemorarán a las víctimas de la pandemia.

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Representantes del  
Festival de Barriletes Gigantes de Sumpango, que tiene 42 años de existencia. (Foto Prensa Libre: Miriam Figueroa)
Representantes del Festival de Barriletes Gigantes de Sumpango, que tiene 42 años de existencia. (Foto Prensa Libre: Miriam Figueroa)

Recónditos, pacientes y con gran entusiasmo, tres hombres se reúnen cada semana, desde febrero de este año -es decir, antes de la emergencia por la pandemia- en la 5ª calle de la zona 3 de Sumpango, Sacatepéquéz, con el fin de mantener viva la tradición anual del y 2 de noviembre, cuando se elevan y exhiben barriletes gigantes.

Los hombres llegan cada ocho días a una pequeña sala donde guardan varas de bambú, una pequeña librera plástica con resmas de papel de china, botellas de pegamento blanco y más útiles. Sobre la mesa que ocupa gran parte del espacio figuran algunos trifoliares y recortes de papel. Los días en este taller se pasan rápido.

Desde febrero, Julio Asturias, Rigoberto Gallina, Abraham Acual y muchos más que transitan el espacio se han volcado a la organización del reconocido Festival de Barriletes Gigantes de Sumpango, emblema del municipio y a la vez, Patrimonio cultural de Guatemala, el cual, eesde su primera edición en 1978, el festival es uno de los mayores atractivos del área occidental del país.

Su visita se ha hecho tradición tanto para nacionales como para extranjeros.

En 2017, el evento congregó alrededor de 130 mil personas, según cuenta Asturias, presidente del Comité permanente de barriletes de Sumpango. “Ha sido de mucha trascendencia para todo el país porque muestra otra cara. Se ha volcado a algo multicultural”, expresa.

El vuelo en la nueva normalidad

Este año, así como los anteriores, se anticiparon los preparativos desde febrero. No obstante, los planes se tambalearon hacia la segunda semana de marzo por la llegada del covid-19 al país y su amenaza de contagios.

Aun con las malas noticias, los integrantes del comité no se retractarían. “Estábamos seguros de que debíamos hacer algo como parte de la obligación social que tenemos”, agrega Asturias.

Julio cuenta que ante la crisis sanitaria surgieron nuevas salidas que terminaron por moldear una nueva especie de celebración.

Por primera vez, el Festival de Barriletes Gigantes de Sumpango será llevado a cabo en dos modalidades: una virtual y otra presencial, pero reducida.

La propuesta surgió desde la incertidumbre de los mismos participantes, pues la mayoría tenía sus diseños avanzados hacia inicios de año.

Rigoberto Gallina, vicepresidente del Comité permanente de barriletes de Sumpango, muestra una de las piezas que se alzarán el próximo 1 de noviembre como homenaje a las víctimas por el covid-19. (Foto Prensa Libre: Miriam Figueroa)

Dado que el festival implica una aglomeración de personas en el campo de fútbol de la comunidad, los organizadores definieron que este año la actividad se llevará a cabo en el parque central del municipio, espacio que cuenta con 2,500 metros cuadrados.

Al sitio podrán acceder únicamente tres miembros por cada uno de los 35 grupos que presentarán barriletes, así como autoridades y representantes de medios de comunicación que deberán acatar medidas para la prevención de contagios.

Esta nueva directriz implica otro giro igual de sorprendente para muchos amantes de la festividad, pues no habrá acceso al público. En palabras del presidente del Comité, “el covid-19 ha dado la pauta de cómo hemos reaccionado”.

Con amor y sin color

En cuestión de 10 minutos, Julio, Rigoberto y Abraham ya han preparado algunos barriletes blancos que en una semana volarán por los cielos de Sumpango.

Con estas piezas, que serán de color blanco, se pretende conmemorar la partida de las víctimas de la pandemia en el país. El Comité contempla volar 50 de estos barriletes, con la ayuda de personas que trabajan en primera línea contra el covid como médicos, enfermeros, bomberos, policías y otros.

Asturias expresa que no se trata solo de barriletes, sino de darle un significado aún más profundo al evento.

Otro de los cambios que suscitó esta nueva normalidad se relaciona con las categorías de los barriletes participantes en el festival. Hasta el año pasado, en la categoría A figuraban piezas de entre 11 y 22 metros de diámetro; en la B, de 4 a 6, y en la infantil, de 1 a 2.

En 2020, la medida será general y rondará entre 2.5 y 3 metros de diámetro.

Además de estos cambios, la modalidad virtual del festival es un augurio hacia la transición. Durante el evento se harán transmisiones en redes sociales y se mostrará el proceso creativo de los grupos participantes.

Los organizadores dicen que antes de la remontada de barriletes se celebrará una ceremonia de la espiritualidad maya que busca fusionar la actividad con la tradición de la cual surgió el festejo anual.

De acuerdo con los vecinos de Sumpango, la tradición de los barriletes nace para conmemorar a los fallecidos el 1 de noviembre. Se dice que el 2 de noviembre, el Ser Supremo permitía a las almas bajar a la Tierra y buscar a sus familiares en sueños.

Pero con ellos también descendían los malos espíritus hasta los cementerios. Por esa razón, los abuelos establecieron que se debía decorar las tumbas con flecos. Así, cuando el viento los soplara, el ruido ahuyentaría a los espíritus.

En ese contexto, los barriletes han jugado un papel importante ya que, dentro de la tradición, al confeccionarlos y elevarlos por los aires se establecía una comunicación entre los seres vivos y las almas que los rondan.

Rigoberto Gallina (vicepresidente), Julio Asturias (presidente) y Abraham Acual (secretario), del Comité permanente de Barriletes de Sumpango. (Foto Prensa Libre: Miriam Figueroa)

Luego de bajar los barriletes, estos debían quemarse para asegurar que no trajeran los malos espíritus después del contacto.

Sumpango ha sido el epicentro de esa herencia por más de cuatro décadas. Antiguamente los barriletes eran volados en el cementerio de la comunidad hasta 1976, cuando sucedió el terremoto que sacudió gran parte del país. Desde aquel entonces, la festividad se desarrolla en el campo de fútbol.

La trascendencia de este evento es indiscutible.

“Nos ha marcado”, dice Abraham Acual. “Es un ícono. Antes del terremoto, nadie sabía dónde quedaba Sumpango. Cuando me preguntan << ¿De dónde sos? >> y digo que de acá, todos responden << ¡De donde son los barriletes! >>”, cuenta el secretario del comité organizador.

Hasta la fecha, los miles de barriletes que se han elevado por los cielos de Sumpango han cambiado la historia de la comunidad. Su reconocimiento internacional es prueba de ello.

En varias ocasiones las piezas policromas de papel han sido llevadas a otros festivales de cometas en Singapur, Malasia, China, Isla de Borneo, Australia, Colombia, Cuba y México, entre otros, para ser expuestos.

“La satisfacción ha sido ver que todo lo que hemos hecho ha salido al extranjero. El trabajo no es del comité, ni del presidente o del grupo de barrileteros; es de toda la comunidad”, expone Asturias con convicción.

Hermanados por el arte

Luego de una breve explicación de cómo elaborar los barriletes más sencillos, Rigoberto Gallina comenta que después de varias décadas envuelto en el quehacer artístico de las cometas, se siente contento de haber conocido nuevos horizontes, ya que la vida es un aprendizaje guiado por el desconocimiento, pero también por la astucia.

La creación de barriletes a lo largo de varias décadas terminó por convertir a los amigos y compañeros de Rigoberto en verdaderos familiares.

La historia del vicepresidente del comité ha sido como la de muchos que crecen amando el arte de las cometas en Sumpango y que, en consecuencia, tienen la necesidad de hermanarse con otros seguidores de la tradición.

Rigoberto ingresó al grupo de barrileteros Happy Boys —el más antiguo de la comunidad— en 1983, y desde aquel entonces no se detuvo.

Así como él, Julio Asturias también ha pertenecido a Happy Boys. Su llegada se dio en 1994 cuando Rigoberto ya tenía varios años acumulados ahí. Asturias llegaría a representar la segunda generación del grupo que en la actualidad es dirigido por un joven. “Uno va cediendo el espacio; es una tradición muy arraigada”, manifiesta Julio.

Los requisitos para ser barriletero en cualquiera de los más de 90 grupos existentes en Sumpango son pocos: se deben amar las distintas expresiones artísticas, conocer las tradiciones y apreciarlas y, en especial, tener una mente abierta a las situaciones culturales, sociales y políticas.

Estas premisas funcionan a la hora de plasmar las temáticas.

Jóvenes miembros de Happy Boys, una de las primeras agrupaciones de barrileteros en Sumpango. (Foto Prensa Libre: Miriam Figueroa)

Entre papeles tipo china de múltiples colores y formas se han plasmado temas que van desde la preservación de la naturaleza, el respeto a las personas y mensajes de paz, hasta propuestas que han hablado del aborto. “Esas cosas que afectan a todo el mundo se aplican aquí”, explica Julio Asturias.

A unas cuadras de la sede del Comité permanente de barriletes de Sumpango, en una casa donde destaca el color naranja, Román Anona da fe de cómo las temáticas tienen un gran significado para los habitantes del municipio.

Anona es uno de los integrantes más veteranos del grupo Gorrión Chupaflor, iniciativa que nació en 1986 a partir de la astucia. La exploración del papel y una incursión en el realismo fueron las bases que sustentaron desde el inicio a este grupo.

En cuanto a las temáticas que abordan, Ramón dice se trata de situaciones apegadas a la realidad nacional. En 1986 el grupo elaboró un barrilete cuyo lema giraba en torno a la protesta política.

Transcurría el conflicto armado interno y desde el papel policromo los integrantes de Gorrión Chupaflor “tomaron el riesgo” de exigir por la paz en Guatemala.

Nueva generación

Más de tres después de integrar la iniciativa artística junto a otra decena de personas, Anona cuenta que esta ha sido una escuela en la que no solo ha aprendido del trabajo del papel y los barriletes, sino también de las distintas épocas del país.

Juan Carlos Cubur tiene 20 años y lleva más de 10 formando parte de la nueva generación de Gorrión Chupaflor. Nació ligado al colectivo, pues sus padres fueron de los primeros miembros. “Desde que tengo memoria recuerdo ver trazos, recortes y colores”, narra el joven.

Cubur explica que el lenguaje de los barriletes va más allá de lo que se ve. Estos se componen de toda una trama de ideas y sentimientos. Para este año la propuesta de Gorrión Chupaflor sigue una línea que abordará la crisis sanitaria y política que atraviesa Guatemala.

De la mano de la tradición técnica, las reivindicaciones temáticas también son legadas de generación en generación dentro de los barrileteros de Sumpango.

La nueva generación de Gorrión Chupaflor se integra de jóvenes que rondan los 20 años. (Foto Prensa Libre: Miriam Figueroa)

En ese sentido, y a unas calles de la sede de Gorrión Chupaflor, los jóvenes que integran la actual generación de Happy Boys cortan, pegan y dibujan el barrilete que les representará este año.

Edy Gallina, Dalcy y Glendi Rucal están reunidos sobre un barrilete que tiene el doble de su tamaño. Los compañeros llevan trabajando una semana toda la noche, porque durante el día se dedican a actividades educativas y laborales. A ellos se unen otras 27 personas que forman parte de Happy Boys.

El grupo es dirigido actualmente por Edy Gallina, quien se sumó a la iniciativa artística hace 20 años. Relata que llegó motivado por sus hermanos, quienes habían participado del colectivo, y por su tío, que lo fundó en 1983. El relevo ha sido generacional. Actualmente el joven hace participes a sus sobrinos.

Por otro lado, dentro del mismo espacio, Dalcy Rucal, de 23 años, explica que el barrilete que presentarán este año llevará una tonalidad de luto en referencia a los fallecidos por el covid-19, así como por otras enfermedades. No obstante, la paleta se conforma de un aproximado de 50 colores.

Anualmente, el Festival de barriletes gigantes es representado por una embajadora. (Foto Prensa Libre: Miriam Figueroa)

A decir de Dalcy, el pertenecer a un grupo de barrileteros se relaciona con la manera en que se plasman los sentimientos y las ideas. Su llegada a Happy Boys se dio luego de que otros integrantes invitaran a su hermana a participar.

Esta, a su vez, pidió a Dalcy que la acompañara. Cuenta que desde ese momento no dejó de asistir a las reuniones.

Rucal es tejedora, por lo que considera que ese arte va de la mano a la hora de elaborar barriletes. “Tenemos el sentir y la comprensión de lo especial que es tejer, así como podemos hacerlo sobre un barrilete”, asegura.

Hoy, una semana antes del gran día, las emociones de Dalcy y sus compañeros —y el de los otros 34 grupos que participarán en el festival de este año— corren igual de rápido que el tiempo. Esta tradición familiar y comunitaria irradiará color y movimiento en el municipio el 1 de noviembre.