Sábados para ver caricaturas

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Luis Eduardo Rivera, escritor nacional
Luis Eduardo Rivera, escritor nacional

Tendría yo ocho años y con mi primo hermano  (a quien yo llamaba Chirtio, y en la casa le llamaban Carolo, aunque su verdadero nombre era  Carlos) íbamos todos los sábados a las matinés  del cine Fox.

Para quienes crean que el cine Fox fue siempre una iglesia protestante, les recordaré que, en mi infancia, y aún bastante más tarde, el Fox fue uno de los cines más importantes y frecuentados de la capital,  en donde se veían los estrenos de las mejores películas que llegaban a Guatemala.

Pero las matinés sabatinas  del Fox eran algo especial, sobre todo porque no eran funciones para adultos dos o adultos tres, o lo que fuera. Todo lo contrario, eran funciones dedicadas exclusivamente a los niños. Sólo duraban unos 45 minutos, pero ésos eran los 45 minutos más jubilosos que un niño podría experimentar.  Y les diré por qué.

En esa época los niños podían salir solos de sus casas, jugaban el la calle luego del volver del colegio o de la escuela. Tomaban la refacción, hacían sus deberes  y de nuevo salía a la calle a encontrarse con sus amigos para seguir jugando hasta la hora de cenar. Yo fui muy amiguero en mi niñez, pero no recuerdo que Chirtio lo haya sido; fue un niño más bien taciturno y de pocos amigos, pero tampoco podría decirse que fuera un niño asocial, simplemente le gustaba estar solo y observar a los demás. Chirtio  tenía once años, es decir, tres más que yo, razón por la que mis amigos no le interesaban demasiado. Pero a esas memorables  funciones del cine Fox no recuerdo haber ido con nadie más que con él. Era nuestro ritual.Era mi compañero de juegos preferido, hasta que la vida nos fue separando a medida que crecíamos.

Los sábados, religiosamente, mi madre nos daba a cada quien vente centavos, que era el valor de la entrada, e inmediatamente Chirtio y yo salíamos despetacados hacia el cine. Cada uno corría en una acera distinta, paralela,  hasta llegar a la taquilla del Fox. El recorrido era de unas una siete u ocho cuadras, y el que llegaba de último tenía que pagarle un helado al otro, a la salida del cine.  Por ser el más pequeño, la mayor parte del tiempo era yo el que perdía, aunque no siempre. Llegábamos a las dos menos cinco, y a las dos en punto comenzaba la función. Sentados en nuestras respectivas butacas, y con los ojos bien abiertos, nos ofrecíamos un banquete visual admirando los dibujos animados más famosos de aquel tiempo: Popeye el marino, Donald y Mickey, Druppy, el conejo Bugs y compañía, Mister Magoo,Chip y Dale,  la Pequeña Lulú, Súper Ratón, Tom y Jerry, etc. A la salida, volvíamos a casa, degustando satisfechos nuestra bola de helado, todavía con las imágenes bailando en nuestras cabezas.

Hoy, a mis sesenta y siete años, este es el primer recuerdo que se me viene a la mente si alguien me preguntara sobre los veinticuatro que viví en Guatemala. Todavía me veo corriendo por la acera izquierda de la avenida Bolívar, y veo a Chirtio adelantándoseme en la otra acera, mi querido Chirtio, mi recordado Carolo, fray Carlos Morales, mártir y víctima de nuestra violenta historia. Que en paz descanse.