Siendo madre en un mundo recientemente silencioso

Una madre sorda que usa lenguaje de señas ve una ventaja expresiva en el silencio que ha caído sobre nosotros.

Una madre sorda que usa lenguaje de señas ve una ventaja expresiva en el silencio que ha caído sobre nosotros. (Brian Rea/The New York Times)
Una madre sorda que usa lenguaje de señas ve una ventaja expresiva en el silencio que ha caído sobre nosotros. (Brian Rea/The New York Times)

Se necesitó de una pandemia para que finalmente viera mi lenguaje en todas partes. Durante cualquier desastre, generalmente verás a un intérprete de lenguaje de señas al lado de los funcionarios de gobierno. Sin embargo, puesto que este desastre es nacional y al parecer interminable, también lo es la presencia de los intérpretes de lenguaje de señas. Veo cómo sus manos crean imágenes que fluyen directamente hasta mi cerebro, de manera tan natural como respirar.

Soy una persona sorda de una familia sorda multigeneracional. Mi madre conoció a mi padre en una convención de liderazgo para jóvenes sordos cuando estaban en el bachillerato. Cada vez que mi padre cuenta su historia, no hace señas cuando describe el momento en que vio a mi madre por primera vez. En cambio, usa su rostro. Sus ojos se iluminan y su boca queda abierta con una sonrisa incrédula. Sin palabras, vemos cómo se enamora de ella otra vez.

Soy su segunda hija. La primera palabra que expresé fue “perro”, dando palmadas en mi pierna. No pronuncié la palabra hablada, como lo haría ahora, sino que lancé besos, porque eso es lo que hacían mis padres cuando la llamaban.

Estaba imitando algo lingüísticamente único en el lenguaje de señas llamado “morfemas de boca”: mover la lengua rápidamente para hablar de distancia o inflar las mejillas para hablar de tamaño. De hecho, es un matiz sofísticado que solo las personas que usan el lenguaje de señas de manera más fluida saben aplicar. Gracias a eso, los morfemas de boca son algo que muchas veces debo explicar.

Cuando lo hago, pienso en Mikey, mi amigo del bachillerato, quien contaba las mejores anécdotas. Su profundo entendimiento de nuestro lenguaje las volvía hipnóticas. Una se trataba de un cohete que salía de la Tierra envuelto en una enorme bola de fuego, mientras el vasto paisaje verde desaparecía para dar lugar al espacio conforme el cohete se alejaba de la atmósfera, y ese caos se reflejaba en su rostro, sobre todo en los labios, que hacían sonidos como ppp-pam-bum, tan entrecortados como los disparos de un arma, seguidos de un espacio repentino de silencio mientras su rostro se relajaba y sus labios se fruncían para formar una sonrisa tranquila.

Durante el verano que pasó entre el primer y segundo año del bachillerato, Mikey decidió dejar atrás el mundo, como lo había hecho el cohete, e hizo estallar nuestra burbuja cómodamente protegida con la noticia de su muerte. No pude evitar preguntarme si parte de su aislamiento y desesperación se debían a que vivía solo con padres que habían decidido no aprender lenguaje de señas.

Se supone que nuestra familia es una extensión de nosotros mismos. Se supone que debemos vernos reflejados en nuestros hijos. Pero nueve de cada diez niños sordos como Mikey nacen de padres que pueden escuchar. Son tan distintos de sus padres que parecen frutos extraños de sus genes. Quizá con el fin de que esos frutos les resulten más familiares, casi el 80 por ciento de esos padres jamás aprenden el lenguaje de señas.

La comunicación es lo que nos vuelve humanos. Esa es la razón por la que el castigo más severo en prisión es aislar a la gente, someterla al confinamiento solitario, una separación que tiene el poder suficiente para destruir la idea del tiempo. Las semanas pueden parecer años.

Ahora me pregunto si la situación de Mikey podría reflejar lo que les está ocurriendo durante este periodo de aislamiento a muchas personas sordas, sobre todo a los jóvenes que no tienen acceso al lenguaje y, como resultado, a la información. Me pregunto si en algún nivel nos está ocurriendo a todos nosotros.

En mi caso, he necesitado de esta pausa en el mundo para poder ver que quizá soy ese fruto extraño. Por primera vez en mi vida, soy la única persona sorda en mi familia.

Cuando conocí a mi futuro esposo en un bar, sus primeras palabras fueron señas; me preguntó si era sorda.

“¿Por qué?”, hice señas para responder. “¿Tú lo eres?”.

No lo era, aunque sus padres sí. Pero ya lo sabía, de la misma manera en que las especies reconocen a los suyos. Esa se convirtió en la experiencia de mi hija también. Aunque el lenguaje de señas es la primera lengua de mi esposo y mi hija, uno que invisiblemente nos une, su relación con él es distinta de la mía.

Cuando a finales del año pasado estuve lejos de casa durante siete semanas debido al trabajo, la única conexión que tenía con mi hija era a través de FaceTime. Sin poder estar con ella a diario, vi cómo el lenguaje de señas pasó a ser su lenguaje secundario tras haber sido el primario.

Una noche, durante una preciada visita, nos acostamos juntas mientras le leía un libro usando lenguaje de señas. Pero esta vez me dijo: “Mami, por favor, usa tu voz. Necesito escucharla”.

Su petición casi me destrozó, pero entendí. Los personajes que interpreto a menudo hablan en la televisión y en la escuela mi hija se había acostumbrado a que los profesores y los bibliotecarios le leyeran libros en voz alta. Cuando solo éramos ella y yo solas en el mundo antes de comenzar la escuela, mi lenguaje era el suyo. Pero ya sabía que eso no duraría.

El cerebro de mi hija, como el de la mayoría, procesa el ruido para convertirlo en sonido, su canal principal para entender el mundo. Con cerebros como el mío, el ruido jamás se convierte en sonido. Sigue siendo una cacofonía en su mayor parte estática y sin sentido.

Sin embargo, en esa circunstancia, ocurre algo increíble. El cerebro naturalmente compensa con la visión y la convierte en el canal por el que procesa información. El lenguaje hablado es para el cerebro auditivo lo que el lenguaje de señas es para el visual. Aunque el cerebro visual no está expuesto a las señas de inmediato, sí reconoce los gestos más simples como un lenguaje.

Una noche varias semanas después de refugiarnos en casa, mi hija dijo: “Mamá, por favor cuéntame el cuento en el que tú…”. Después infló sus mejillas como un pez, presionó sus labios para formar un beso y me enseñó los dientes, algo que me recordó al sonido que hacía Mikey: pppp-pam-bum.

En esas pequeñas contorsiones, reconocí la historia de “Ricitos de Oro y los tres osos” que se ha convertido en su favorita desde que regresamos, durante esta pandemia, a nuestra soledad. La forma y el movimiento de mis manos siempre son los mismos cuando describo los tres tazones, las tres sillas, las tres camas y a los tres osos. Represento la variación de tamaño con mi boca, lo que mi hija estaba imitando.

Pero más allá de ser solo una imitación, veo que su rostro se ha convertido, una vez más, en su voz.

No me había dado cuenta de que había dejado de contarle esos cuentos en voz alta, y ella había olvidado que necesitaba escucharlos. En este periodo de silencio, sin saberlo habíamos regresado a nuestras raíces silenciosas, pasando por la sonrisa de mi padre cuando se enamoró de mi madre a primera vista. En esta pausa, quizá nos estamos permitiendo, al igual que nuestro planeta, regresar a nuestro estado natural.

Solo necesité esos simples pppp-pau-bums de los labios de mi hija para que mi mundo alguna vez cacofónico se encogiera hasta que no hubiera más que el calor que recorre mis venas. Estaba demasiado ocupada para dejar que el mundo se encogiera antes de todo esto. Siempre iba a alguna parte, siempre había un correo electrónico que responder, un mensaje de texto que contestar, una oferta en línea que no podía perderme: todo ese ruido, la estática, el sonido sin procesar.

Pero ahora, durante esta pausa que ha cubierto mi mundo, mi hija me dice que puede escuchar las aves. Y, por arraigada que sea, puedo sentir el suspiro de alivio que esta situación le ha ofrecido al mundo y a nosotros.

No sabía que se necesita el silencio para escuchar de verdad.

A veces ese silencio puede ser tranquilo y, a veces, como con Mikey, puede ser brutal. A menudo me pregunto si ver su propio lenguaje en televisión habría sido suficiente para salvar a Mikey en ese entonces, si es suficiente para salvar a otros Mikeys ahora, cada uno una isla en medio de un océano de privación. Después de todo, fue Helen Keller quien dijo que, aunque la ceguera te separa de las cosas, la sordera te separa de la gente.

Pero según mi manera de ver las cosas, jamás creí que tuviera razón. La gente separa a la gente. Y la mayoría de las veces es por elección. No aprender el lenguaje de alguien es una elección. No proporcionar intérpretes de lenguaje de señas es una elección. Si no puedes ni siquiera reconocer el peso de esas decisiones, ese lastre se convierte en la diferencia entre la soledad y el aislamiento, que a veces puede ser la diferencia entre la vida y la muerte.

Quizá en medio de este silencio, todos nos hemos vueltos los mismos. Antes de esto, cuando mi esposo estaba al teléfono, su rostro era brusco y sus ojos se enfocaban en la distancia. Ahora, como muchas otras personas que escuchan, se comunica con la gente por FaceTime y Zoom, como siempre lo he hecho yo, y hay una nueva gentileza en su mirada. Quizá, divorciadas de los rostros, es más probable que nuestras voces se reduzcan a ruido.

Así que nos ponemos frente a la pantalla para ver los rostros de nuestros seres queridos, para poder vernos de nuevo reflejados en alguien más. Para entender y ser entendidos. Para comunicarnos de la manera más pura posible, algo tan natural como respirar.