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50 años de Gato Viejo
“Marco Augusto Quiroa” es el nombre que ostentará una sala de arte en Casa Santo Domingo, en honor al maestro
Por:
Ingrid Roldán
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| En aquellos tiempos las exposiciones eran una actividad cultural 100% artístico, en que no estaba mezclada ni la propaganda ni el comercio. Todos lo veíamos así”. |
Una retrospectiva de la obra de Marco Augusto Quiroa, compuesta por más de 100 piezas, será inaugurada el 17 de julio en una sala que será bautizada con su nombre, en Casa Santo Domingo.
En su casa, a la orilla del lago de Amatitlán, el maestro nos habla un poco acerca de su carrera.
Aquel abril de 1958...
La primera exposición de Quiroa surgió a raíz de que ganó un premio centroamericano. Por entonces, era contador.
“Mi primera exposición la hice en abril de 1958 -nos cuenta- porque gané el Certamen de Septiembre en Bellas Artes. El licenciado Alvarado Rubio era el director.
Yo trabajaba de contador, pero no contador de cuentos ni de chistes sino de números.
El licenciado Alvarado Rubio me dijo un día después de ese premio, '¿en qué trabaja usted?', 'en contabilidad', '¿y cuánto gana?', 'pues tanto'... Ganaba como Q125. En aquellos tiempos así eran los sueldos.
“Mire -me dijo-, yo le voy a pagar la mitad del sueldo para que sólo trabaje medio tiempo durante 10 ó 12 meses.
El compromiso que tiene es que al final de ese periodo usted presenta una exposición en Artes Plásticas”. Eso fue en el 56, yo tenía 19 años. Cuando terminé la beca hice mi primera exposición, esa fue la de abril de 1958 en Artes Plásticas cuando estaba en la 8ª. avenida”.
El regalo de Garavito
En aquella exposición, Quiroa vendió su primer cuadro que le compró un arquitecto norteamericano, en Q75.
“Allí tuve la oportunidad -cuenta- de conocer a don Humberto Garavito, que llegó a ver la exposición. Me dijo: “Vos sabés que a mí no me gusta la pintura moderna”, porque don Humberto había estado en París y era amigo de Tamayo y pintores de ese calibre - “pero tu pintura sí; llegame a ver a la casa”. El vivía por Ciudad Vieja (zona 10).
Llegué a verlo, me atendió con mucha deferencia. A la salida, después de pláticas me dio una cajita muy bien empacada, con un cordelito muy fino. Me dijo: “tomá esta cajita y ahí la usás bien”.
En la primera acera que encontré me senté, vi la cajita y tenía una colección de tubos de óleo, que para mí eran prohibitivos en ese tiempo.
“Un tubo de óleos de esos que me regaló don Humberto costaban Q8 ó Q10, era algo que no podía comprar. Q8 ó Q10 cuando una botella de güisqui en la abarrotería costaba Q3 ó Q4.
Era carísimo. Es un regalo que yo he apreciado toda mi vida. De allí nació la amistad con él.
Después lo iba a visitar con cierta frecuencia hasta que se murió en 1970, recuerdo que estábamos en Vértebra. De allí para acá ya no tengo memoria. He hecho tantas exposiciones”.
La magia de la primera vez
Hizo otras exposiciones en Artes Plásticas. “Después -continúa diciendo- se vuelve como una rutina. Uno pinta y pinta y cuando reúne una cantidad de cuadros hace una exposición.
Se profesionaliza la actividad, pierde esa magia de la primera, en que no sabe qué corbata ponerse y cómo va a estar, y si la gente va a llegar. Además, el ambiente de los años 50 ó 60 no era como ahora.
Hoy hay galerías, la pintura tiene su aspecto comercial de mercadeo, hay coleccionistas.
En aquellos tiempos las exposiciones eran una actividad cultural 100% artístico, en que no estaba mezclada ni la propaganda ni el comercio. Todos lo veíamos así”.
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