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Revelaciones
“Lea poesía”: Una consigna terrorista
Por:
Margarita Carrera
Dentro del VIII Festival Internacional de Cultura Paiz, se dio -el domingo 6 de febrero, en el Salón Mayor del Museo de Arte Colonial- una lectura de poesía, en el que participamos Carmen Matute, Javier Payeras, Luis Aceituno (como moderador) y mi persona.
Para tal ocasión consideré propicio lanzar una consigna terrorista nacida durante el I Congreso Internacional de Escritores de Lengua Española, realizado en Las Palmas de Gran Canaria en junio de 1979.
Representando a escritores guatemaltecos -al lado de Monterroso y Monteforte Toledo- llegué al Congreso con todos los ímpetus propios de la juventud, dispuesta a presentar querella contra escritores y casas editoras que niegan sus espacios a la poesía.
Estando en esas, de pronto me encontré con que -en todas las aulas de Santa Brígida, antiguo monasterio en donde tenían lugar las sesiones- había grandes letreros rojos que decían de manera provocativa y violenta: LEA POESÍA.
Gratamente impresionada, pensé que se trataba de una consigna ideada por los organizadores del Congreso y que su objeto sería incitar a la lectura de poesía a todos los asistentes.
Ese mismo día conocí al poeta terrorista que portaba como arma terrible un sello que imprimía en la mano de todo aquel que conocía. Mi mano se vio adornada con el letrero: LEA POESÍA.
Encantada, le pregunté si tal arma estaba a la venta en algún lugar en especial, pues yo también quería hacer uso de ella.
Me confesó, entonces, que los organizadores del Congreso jamás habían pensado darle espacio a la poesía y que cualquier lectura poética, podría tener lugar de manera informal, siempre y que no perjudicara las sesiones de trabajo.
Era, entonces, el joven poeta quien había ideado tal consigna que él llamaba terrorista y que tenía como fin salvar el mundo.
De inmediato le congratulé por semejante cruzada y me declaré su cómplice. Hubo, esa noche, una confabulación de poetas.
Se nos encargaron como dos mil programas de las sesiones que se repartirían al día siguiente.
En todas sus páginas imprimimos el flamante sello: LEA POESÍA. Si no salvábamos al mundo, al menos podríamos salvar a los organizadores del Congreso y convencerlos -a ellos, a los escritores y a los editores- de la importancia de la poesía.
Luego, de regreso a la patria, trataríamos de divulgar la consigna. En vez de TOME COCA COLA, se leería LEA POESÍA. El mundo cambiaría.
Tarde o temprano, todos empezarían a consumir poesía. Lo cual equivaldría a que aprenderían a llorar, a reír, a amar, a odiar cariñosamente, a envidiar con dulzura, a besar y hasta a dar azotes benignos y redentores.
La consigna era necesariamente terrorista, pues si divulgábamos nuestros nombres corríamos el riesgo de ser perseguidos y consignados como peligrosos.
Porque, ¿quién no le teme en este mundo a la poesía? Sin embargo, el terrorismo poético había prendido fuego en muchos corazones.
No sería extraño que todavía algún loco ande suelto por el mundo escribiendo en las paredes LEA POESÍA, con riesgo de ser condenado por Bush.
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