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Guatemala, miércoles 15 de agosto de 2007

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Opinión

EDITORIAL
Tragedias que deben evitarse

Nadie puede impedir conmoverse hasta los tuétanos al conocer de las dantescas tragedias ocurridas durante los últimos días a causa de las lluvias. La primera sucedió el jueves recién pasado en una aldea de Santa Catarina Pinula, y la segunda, el lunes, en otra comunidad de Cobán, Alta Verapaz, donde avalanchas de lodo sepultaron precarias casas de habitación y causaron dolor y luto, pues al menos 10 personas perdieron la vida en ambos sucesos.

Pero lo más triste de todo es que pudo haberse evitado, y preocupa que ocurran otros casos, a menos que se tomen las medidas necesarias para evitar esas muertes absurdas.

Dos elementos distintos se complementaron para desencadenar la catástrofe, que como suele ocurrir, llega agazapada en la oscuridad de noches lluviosas: la deforestación de las laderas de los cerros, y la construcción de casas en esos terrenos inseguros.

En el caso de la capital, los barrancos que la rodean están literalmente llenos de casas localizadas en pendientes, y muchas veces la probabilidad de una desventura similar aumenta porque la construcción es de materiales sólidos, como los bloques de concreto. Es dolorosamente equivocado creer que van a resistir un alud de lodo, los efectos de un temblor fuerte o los de un terremoto.

Los números no dejan lugar a la equivocación. Según datos oficiales, unas 300 mil personas se encuentran hacinadas en 800 asentamientos localizados en la periferia de la urbe. Y por aparte queda comprobado que el mayor riesgo contra la vida de los habitantes de este país, ocasionado por fenómenos naturales, lo constituyen los aguaceros -debido a que ocurren todos los años- y no los terremotos fuertes, cuya periodicidad es de uno en varias décadas, aunque todo guatemalteco vivirá al menos uno durante su vida.

La proliferación de estos asentamientos es consecuencia de varios factores, encabezados por la falta de oportunidades de trabajo en los departamentos, lo que origina no solamente la emigración hacia la metrópoli, sino que evita que los capitalinos consideren la posibilidad de mudarse hacia el interior del país.

Es un problema que tiene sus raíces en la macrocefalia de la capital, que con sus luces atrae a quienes no ven en sus lugares de origen una oportunidad de tener una vida satisfactoria y, sobre todo, digna.

La solución del problema es, entonces, sumamente complicada, porque no se puede reducir al simple impedimento de emigrar o de obligarlos a regresar a los lugares de donde vienen.

Estamos hablando de crear fuentes de trabajo o de darles a estos ciudadanos facilidades, a fin de que no se vean obligados a irse a una ciudad que muy pronto se convierte en una jungla inhóspita y, por muchas razones, muy peligrosa para sus vidas, en un fenómeno que se repite a todo lo largo del territorio latinoamericano.

Todo esto es un buen ejemplo de lo que debe arreglarse con la aplicación de políticas de Estado, no nada más de gobierno. Para hacerlo se necesita de estadistas, y la lamentable falta de éstos en un tiempo cercano es la razón para pensar que muy pronto serán más que comunes las tragedias de este tipo, que ahora nos conmueven a todos.

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