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Guatemala, miércoles 15 de agosto de 2007

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Cultura

Horrores idiomáticos y algo más...: La letra con sangre entra
Por: María del Rosario Molina

El refrán español que lleva por título este artículo se aplicó, y lamentablemente aún se aplica en los lugares recónditos de algunos países, en su forma literal.

Su significado es que nada se aprende sin esfuerzo, y es tan antiguo que en el capítulo XXXVI de la segunda parte de Don Quijote, Cervantes lo pone en boca de la duquesa cuando le dice a Sancho que debe azotarse, no con la mano, porque eso es darse palmadas, sino con algo que le duela más.

En esa época (la segunda parte de Don Quijote se imprimió en 1615) los dómines golpeaban y castigaban a los alumnos con gran rigor, por más tesón que pusiesen al emprender cualquier estudio.

Pues bien, acabo de conocer el caso de una joven que estudiaba en la escuela de una aldea situada en un departamento alejado de la capital, a la que directora le tenía ojeriza y según palabras textuales de la persona que me lo contó: “la ‘coscorroneaba’ por cualquier motivo y le sacaba ‘chinchones’ ”. (El coscorrón castizo es un sustantivo que equivale a dar un golpe que no sangra en la cabeza y el verbo “coscorronear” no existe, excepto en nuestras latitudes, como tampoco hay “chinchones”, sino “chichones”).

La víctima –me relató dicha persona- recibía además “cachimbazos” (golpes) que la dejaban “moreteada” (con cardenales o hematomas) y por eso dejó de estudiar. En buen cristiano, tal hecho se llama salvajada, estupidez y algunos peyorativos más, que me abstengo de mencionar aquí por respeto a mis lectores.

En la capital no ocurren tales abusos e incluso en muchos colegios tienen psicólogos que trabajan con los maestros, analizando el rendimiento de los alumnos y aconsejando a los padres: que el niño tiene algún tipo de dislexia, lo que no lo hace menos inteligente que sus compañeros, pues es corregible, que está flojo en matemáticas, etc. Eso implica un refuerzo en la materia en que falla con un maestro que lo ayude.

Hay, sin embargo, en los planteles escolares un problema de difícil detección: el acoso por parte de los compañeros. Yo fui víctima de esas agresiones, ya porque me destruyeran mis libros, ya porque me endilgaran un apodo nada grato o me “macaquearan” (robaran) la refacción.

En esas circunstancias, la letra entra también con sangre, pues el esfuerzo que hace el niño para concentrarse y estudiar es doblemente arduo. Actualmente, gracias a los psicólogos y maestros ya esos casos, que siguen existiendo, se resuelven.

Tuve complejo de patito feo desde que en uno de los colegios en que estudié me apodaron “la pingüino”. Me empezaron a respetar en el último establecimiento escolar al que ingresé, y del que me gradué, cuando “me agarré a los catos” (liarse a golpes) con la hija del entonces presidente de la república, y ella, aburrida de algunas sobalevas (aduladoras), se hizo mi buena amiga.

Me libré del complejo cuando fui finalista en el Miss Universo, mas nunca olvidé que la letra con sangre entra.

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