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CARA PARENS Al tin marín
Guatemala. Cuánto duele verla triste con sus tierras de luz y de penumbra.
Por:
Anabella Giracca
Recuerdo que había un piano solitario que reposaba su gran barriga en el tope lejano de un corredor. El piso todo blanco con olor a cloro recién trapeado parecía intacto, como nunca antes caminado.
Vea usted, era una casa vieja de centro, de esas que adaptaron a nuevas circunstancias. De la dirección, no muy me acuerdo, pero sé que todavía sigue ahí cumpliendo su destino. El corazón se le resume a uno en un latido prolongado cuando se recorren los pasillos silenciosos que se abren a los cuartos habitados por enfermos.
Hay un patio central, al menos eso creo, con macetones de cemento y algún geranio haciendo lo posible por sobrevivir. Móviles de pájaros de papel recién pintados bailaban simplemente con el viento.
En el norte, una pequeña sala funeraria, lista para empacar al próximo en su viaje. Una virgen custodiaba un solo cuerpo que ocupaba su turno solitario, sin parientes ni visitas enlutadas. “Lo que más nos cuesta es conseguir dinero para las cajas”, me dijo una mujer acostumbrada al dolor cotidiano que se diluía en la penumbra.
Pronto me condujo como en laberinto a lo que más temía: camillas ordenadas con sábanas bien limpias escondiendo las miradas agachadas, desahuciadas. En la primera habitación, había una fila de personas, jóvenes, casi niños, casi niñas, esperando en consulta externa su remedio.
Pero lo más terrible que pasaba en ese doblez del mundo es que el medicamento no alcanzaba para todos, así que tenían que escoger a quién darle la vida. “Eso es lo que más duele”, dijo la mujer, mientras saludaba a los pacientes con una entrega serena; “a quién sí y a quién no, como al tin marín”.
“Fíjese que los abandonan los parientes, ya sabe, por eso de la vergüenza mal fundada”, continuó; “sólo oyen la palabra sida y los dejan desamparados, aunque sean casi niños”.
Acá, país de luz y de penumbra, se escoge quién alcanza medicina y quién va a morir mañana acurrucado en la sombra de una zanja, boca abajo y sin garganta, porque su voz se la tragó el viento de la noche.
Según datos recientemente publicados, nuestra economía vive su mejor momento. Los edificios se levantan para competir con el cielo interminable, dicen que vivimos la mayor tasa de crecimiento de los últimos lustros.
Pero tal noticia sólo alcanza a unos cuantos, porque hoy, seis de cada 10 guatemaltecos son pobres. Ser pobre es no tener el mismo estudio, es vivir la violencia más aguda en los poros cotidianos, es no tener remedio para sobrellevar la enfermedad, en pocas palabras, es morir antes y vivir peor. Aumenta la desigualdad, hay más pobreza cuando estamos viviendo nuestro mayor crecimiento económico. ¿No le parece una parodia?
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