Guatemala, 21 de enero de 2008

CATALEJONotas sobre la primera semanaPor Mario Antonio Sandoval

ECLIPSEControversia legalPor Ileana Alamilla

ARCA DE ESPEJOSMensajes íntimos (II)Por Aquiles Pinto Flores

TASSOLILOQUIOSUn polifacético creador de larga duración: L. Díaz (y II)Por Tasso Hadjidodou

COLABORACIÓNAl nuevo presidentePor Leonel Guerra Saravia

EL QUINTO PATIOEl mandato popularPor Carolina Vásquez Araya
Es notable lo fácil que les resulta a los gobernantes presumir de logros durante su administración. Todos lo han hecho y gracias a la actitud benevolente de muchos medios de comunicación, no les es difícil conseguir cierto crédito y salir del paso con una imagen más o menos pulida.
Por eso es importante leer entre líneas y aprehender la información de manera integral para ligar correctamente causa y efecto, acciones y reacciones, omisiones y consecuencias. De ahí se puede partir hacia un análisis más acertado de la realidad circundante y no caer en la trampa fácil de excusar a quienes han tenido la total responsabilidad por el rumbo del Estado.
Es fundamental comprender que los puestos no vienen con una agenda en blanco y quienes los ocupan conocen perfectamente cuáles son sus obligaciones al asumirlos. Por lo tanto, debería prohibirse del todo a los funcionarios públicos —comenzando por el presidente de la República— hacer campañas mediáticas para construir imagen personal a partir del cumplimiento de su deber.
Un país como Guatemala tiene inmensas debilidades, pero también posee enormes fortalezas. Una de éstas es su gente trabajadora y honesta, capaz de resistir con estoicismo toda clase de abusos y lo suficientemente generosa como para ofrecer nuevas oportunidades a quienes los engañan una y otra vez.
Aunque sólo fuera por eso, se merece un mejor trato y el profundo respeto de quienes, gracias a su voto, hoy tienen el privilegio de ser sus autoridades. Sin embargo, es curiosa la seguridad con la cual ministros, diputados, gobernadores y alcaldes, entre otros burócratas, exigen a la ciudadanía acatar sus disposiciones y someterse a sus decisiones de manera dócil e incondicional, callar sus críticas y soportar su prepotencia.
La realidad es distinta, o debería serlo. Para poner un ejemplo muy ilustrativo, ahí está el cuerpo de policía, institución que en cualquier país del mundo representa a la autoridad por antonomasia, dada su vocación de servicio a la comunidad y su misión de velar por la seguridad y el respeto a la ley.
Aquí no. Cada día se descubren elementos policíacos dedicados de lleno a extorsionar, secuestrar, violar, asesinar, robar y participar en cuanto hecho delictivo esté al alcance de su poder y de su bien garantizada impunidad, sin que en más de 20 años de gobiernos democráticos haya habido uno solo capaz de ponerles un alto y detener sus fechorías.
Guatemala necesita con urgencia un remedio a sus males y no es tiempo de hacer alarde de los planes, sino de ponerlos en práctica. Para ello se necesita una actitud menos propagandística, más asertiva y cumplir de una vez por todas con el mandato popular.
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