Guatemala, 15 de mayo de 2008
Mensajes Íntimos
Rina.montalvo@gmail.com
Leí su columna del Jueves 24 de Abril y créame que me dio tanta tristeza el caso de la abuelita y lo peor es que por la actual situación de violencia, hay tantos casos como éste, o aún peores.
Debo decirle que yo no tengo mayores recursos para ayudar a la abuelita de este caso, pero se me ocurrió, que tal vez, la señora buscara el apoyo de una beca de estudios para su nieta, en algún colegio religioso. Por ejemplo, la Casa central, donde las hermanas son de muy buen corazón y sirven a los pobres con amor.
Convendría que esta buena señora se dirigiera a la directora de dicho centro, en el área que corresponda a su nieta, ya sea primaria, básicos o en diversificado donde solamente existe la carrera de magisterio, y le expusiera su difícil situación, ya que son de muy buen corazón y estoy segura que de alguna manera estarían dispuestas a ayudar a su nietecita.
Quiero contarle también que hace muchos años estudié en la Casa Central y me dí cuenta que las hermanas atendían a niñas de muy escasos recursos. Además, la formación académica y espiritual es lo mejor.
Como la abuelita del artículo en mención no dio sus datos, ni ningún medio de comunicación, tal vez, de alguna manera usted le puede dar esta sugerencia y que primero Dios de frutos para que esta niña siga estudiando. Porque está expuesta a situaciones peligrosas y delicadas, como la están tantas adolescentes más que crecen sin el apoyo de una familia integrada.
Cuando se publicó el caso de esta infortunada madre, que tuvo que vender su máquina de coser para los gastos funerarios de su único hijo, un piloto de autobús víctima de las maras, impactó grandemente a los lectores, y desde luego, a mi me desagarró el alma… ¡como puede ocurrir tanta desgracia a nuestro alrededor!
Fue tanta mi preocupación por esta madre, que me adelanté a publicar su caso, sin contar con sus datos personales, ni teléfono, ni dirección. Información que ella se reservó por temor a las amenazas de las maras y de tantos delincuentes que impunemente se pasean por su barrio. Por buena suerte, el mismo día de su publicación recibimos su llamado identificándose plenamente. Al mismo tiempo, recibíamos una lluvia de llamadas de personas generosas ofreciendo cuanto uno pueda imaginar.
Lo primero que deseaba, era que un lector ofreciera una máquina de coser, para reponer la que ella había tenido que vender, y era su medio de subsistencia. Pero en lugar de una máquina ofrecieron 10, aunque desde luego, solo aceptamos una. Pero además, se volcó sobre ella la solidaridad de toda clase de ayuda. ¡Tanta gente buena!
Ahora, lo que más deseamos, es que aquel oscuro panorama de esa abuela y su nieta, se convierta en luz y esperanza y que Dios llene de bendiciones a todos aquellos lectores, que con tanto amor, se volcaron a ayudar. La sugerencia que hoy recibimos de nuestra amable comunicante de hoy, la tomaremos muy en cuenta, porque la Casa Central es una institución que por tantos años ha dado prestigio a la educación de nuestro país y ha cobijado a tantos jóvenes sin recursos económicos.
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