EDITORIAL

Siete muertes diarias no son tragedia ajena

Grupos de traileros ya se organizan para armar bloqueos, pero no hacen nada para incentivar la velocidad prudente o las prácticas seguras.

Hasta el domingo 22 de febrero iban 375 guatemaltecos menos circulando en calles y carreteras: un promedio de siete fallecidos en incidentes viales durante los primeros 53 días del año. Y en esta semana se han registrado más. Pero, a pesar del alto impacto, se siguen observando prácticas temerarias, negligentes, riesgosas e incluso necias que tarde o temprano conducirán a otra estadística. Y quizá en parte ese pueda ser el problema: las tragedias viales son a menudo vistas como noticia viral y como una sumatoria de cifras, pero ver el acumulado de decesos, de heridos y de hogares enlutados debería mover a la acción en favor de la seguridad y de la vida, propia y ajena.

Hace décadas se difundía en radio una frase referente a la prisa de conductores en un tráfico que no alcanzaba los niveles de congestión actual: “Más vale perder un minuto en la vida que la vida en un minuto”. También existían variantes, como: “Más vale una hora tarde que un minuto de silencio”. Pero, además de la premura existen otros detonantes de los sucesos, que no siempre son “accidentes”, sobre todo, cuando existen causas claramente identificables, prevenibles y sujetas a reducción:  respeto a leyes y señales, actitud de prudencia y cortesía, planificación de recorridos, mantenimiento de los vehículos, cansancio físico y salud emocional.

Las prisas en el tráfico apenas ganan unos cuantos minutos de anticipación de llegada, en el mejor de los casos: el resto es una ilusión psicótica y, por ende, las conductas viales de riesgo deberían ser mejor monitoreadas y sancionadas.  Conducir un vehículo no es solo un derecho de locomoción; es una responsabilidad y un privilegio que se debe valorar mediante prácticas seguras, empáticas y responsables con la vida.

Cierto, hay sucesos viales con víctimas inocentes, tal como ocurrió con el absurdo derrape de una motocicleta en Sumpango, hace casi tres semanas, que mató a un niño y dejó a otras personas heridas. No se supo si se identificó al energúmeno que lo protagonizó o al cómplice que le prestó otra moto para escapar.  La impunidad también forma parte de la tragedia.  En la autopista Palín-Escuintla bajan tráileres cargados a toda velocidad, rebasando con imprudencia. El uso de tal vía debería estar condicionado a estándares de seguridad, pues el transporte pesado, a pesar de tener menor porcentaje del parque vehicular, suele tener una mayor proporción de siniestros, sobre todo en este tramo, mas no solo allí.

Las motocicletas, que abarcan más de la mitad de vehículos en circulación, tienen también la mayor proporción de caídas, colisiones, derrapes y embestidas de peatones. Se pasan en rojo con una especie de incontinencia al alto más bien propia de salvajes que de ciudadanos. Otros revisan el celular en pleno avance y no utilizan casco. Transportan a tres, cuatro y cinco personas sobre dos ruedas, incluidos niños, como si fuera un circo, y ninguno lleva casco. Si les apercibe alguna autoridad, se tornan agresivos, y si se les multa, peor.

De nuevo, la impunidad acarrea conductas lesivas y potencialmente mortíferas. La Ley de Tránsito debe aplicarse, pero no solo para cobrar multas en El Trébol, sino para reducir los índices de siniestralidad y las prácticas temerarias de todo tipo de conductores. Grupos de traileros ya se organizan para armar bloqueos, pero no hacen nada para incentivar la velocidad prudente o las prácticas seguras, y las dirigencias buscan aplazar los reductores de velocidad sin proponer alternativas viables.

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