EDITORIAL
Voraz bestia de mil cabezas sigue creciendo
El endeudamiento malutilizado es una criatura elefantiásica de mil cabezas que devora el futuro.
Cada Ejecutivo y cada camada legislativa han ido cavando un agujero más grande para tratar de cerrar otro: o al menos eso dicen que intentan. En realidad, son las distorsiones clientelistas, el pago de favores, la falta de proyectos prioritarios y las inercias politiqueras las que en cada período y en cada presupuesto han ido aumentando la deuda pública, a veces diciendo que con un préstamo blando van a pagar otro o que se requieren tantos millardos para financiar cierta obra. En las campañas electoreras se dedican a montar sainetes mitineros para reclamar al oficialismo de turno por el gasto excesivo y el aumento del endeudamiento, pero una vez en la poltrona repiten el ciclo de adquirir más préstamos para financiar funcionamiento, plazas y desperdicios. Eso incluye al actual gobierno, que por años despotricó contra los presupuestos inflados.
Hace una década, la deuda pública —es decir, interna y externa— rondaba los Q125 mil millones. Los dictámenes de la Junta Monetaria era que estaba en niveles “seguros”. Hace un lustro andaba ya por Q204 mil millones. Y con cada nuevo presupuesto venía el combo de créditos para ajustar el gasto desmedido. Al entrar el actual gobierno, en 2024, ya eran Q231 mil millones, y en este momento subió a Q253 mil millones. Pero las obras no se ven, las planillas de burócratas siguen creciendo sin evaluación de desempeño. Cada año, la mayoría de préstamos no va a inversión, sino a gasto común.
El endeudamiento alcanza un 26% del producto interno bruto y hasta podría parecer, otra vez, “seguro”, pero es ilusorio, porque ese “crecimiento” y esa “estabilidad” depende de un recurso que ha ido al alza pero no depende del Estado mismo, sino de las remesas migrantes, que pasan como consumo pero no son un producto interno en el sentido estricto.
El flujo de remesas, que en 2025 superó los US$25,500 millones anuales, opera como un soporte artificial para este modelo. Técnicamente, las remesas sostienen el consumo privado, lo que a su vez garantiza la recaudación del impuesto al valor agregado. Este ingreso tributario es el que permite al Gobierno una recaudación que puede sonar fuerte y hasta próspera. Aun así, a pesar del cumplimiento de metas de recaudación, en lugar de hacer eficientes los procesos y cabales las cuentas, lo que hacen los gobiernos es incrementar el techo presupuestario y seguir apostando por empréstitos.
Que quede claro, el problema de fondo no es el endeudamiento en sí mismo, sino su destino. Si el país se endeuda para pagar planillas plagadas de allegados y hasta de fantasmas, en lugar de construir infraestructura logística o mejorar el sistema de salud, la deuda se convierte en una necedad babélica. Pero esto deviene de la indolencia de los diputados, que le suman cada vez más a los presupuestos, se inventan entidades biensonantes pero que cuestan dinero del Pueblo y sirven para más plazas para adláteres.
Nadie valora lo que no le cuesta, y por eso en cada campaña se repite la cantaleta de la eficiencia, pero sin consecuencias. ¿Qué pasaría si existiera una sanción para las autoridades que elevan el techo de deuda o de montos solicitados sin cumplir con las metas de desarrollo propuestas? Los funcionarios deben rendir cuentas técnicas sobre la eficiencia del gasto, pero en lugar de eso crean bolsones clientelares de arrastre, como el de los Codedes, que se convierten en incentivo para el amaño. El endeudamiento malutilizado es una criatura elefantiásica de mil cabezas que devora el futuro, su costo recae sobre los más vulnerables, sobre los niños que están naciendo, sobre los pacientes que siguen muriendo.