EDITORIAL

La politiquería siempre sale mucho más cara

El famoso efecto cohete y pluma: rápido para el ascenso hasta la Luna y lento para volver a los precios anteriores.

Los diputados de Guatemala viven entre nubes, con sueldos exorbitantes y beneficios a costa del erario; pero los actuales, con ingresos lesivamente autoaumentados. Cada día gozan de una caja chica sin fondo a cuenta de la cual cargan desayunos, almuerzos y cenas, también pago de combustibles, cuesten lo que cuesten. Por eso mismo no tienen prisa ni lógica, excepto la usual demagogia —que no tiene tautología, sino falacia— para abordar los problemas ciudadanos.

Sin duda alguna, en estos días uno de los grandes agobios es el descomunal incremento en el costo de las gasolinas y el diésel, que los ciudadanos sufragan a diario, junto con otros gastos para la sobrevivencia, a los cuales se suman los pesados defectos de un presupuesto inflado, deficitario, mal distribuido. El mundo entra en la sexta semana de carestía del petróleo y sus derivados: el alza en los carburantes —detonada por la acción militar, justificada o no, eficaz o no, imprevisible, por supuesto que sí, de Estados Unidos e Israel contra Irán— impacta a todos, también a la potencia misma, donde los precios rondan entre US$4 y US$5 por galón.

 “Mal de muchos, consuelo de tontos”, reza el viejo refrán, pero es innegable que, en Centroamérica, Guatemala tiene los precios promedio más altos. Se suman costos internacionales de producción, más los de importación, operación y transporte: una cadena prácticamente ineludible. A esto se agrega el impuesto fijo: Q4.70 por galón de gasolina súper, Q4.60 por regular y Q1.30 por diésel, más el impuesto al valor agregado, del 12%. Pero no hay decisiones. Eximir temporalmente estos tributos quizá podría proveer un alivio a miles de usuarios, aunque tendría menor impacto sobre el carburante más usado por el transporte de mercancías, pasajeros y de los propios combustibles: el diésel.

Una baja en la recaudación de este impuesto crearía un faltante presupuestario que debería readecuar el Congreso. Dicho tributo está destinado a las carreteras, y de todos modos son una calamidad. ¿Qué diferencia hace un mes o dos? Otra opción, propuesta por el Ejecutivo y algunos bloques legislativos, es un subsidio, el cual implica un problema logístico, de difícil auditoría y de alcance limitado.

Además, el mayor defecto de todo subsidio es que implica una desigualdad, porque todos lo pagan, pero beneficia solo a quienes poseen vehículo, mientras que para transporte colectivo —y la historia ha dado muestras de ello— existe toda una serie de filtros que ponen en duda el beneficio para el pasajero, sobre todo por los descontroles en tarifas. Todos querrían subsidio, hasta los taxistas piratas, que no reportan ganancias. Eso por no mencionar la práctica de robo de diésel que persiste en todo el país, y la mejor prueba de ello son las decenas de ventas clandestinas en carreteras.

Pero la reyerta en el Congreso no es por buscar mecanismos técnicos o el mayor bien común, sino por una lucha de réditos electoreros. Los actuales opositores temen darle un beneficio político al oficialismo y aliados. La disputa también abarca la fuente de recursos para el hipotético plan. Se ha planteado restarle recursos al bolsón de los Codedes, que tienen fondos arrastrados sin ejecutar de 2025 y 2024: un jugoso botín destinado a explotar las elecciones del 2027. Mientras tanto, se anuncia que el petróleo bajó 16% tras el anuncio de una tregua “de dos semanas” entre Estados Unidos e Irán. Ante la volatilidad no hay escenario confiable ni baja inmediata, pues los costos de refinación tardan más en asentarse. El famoso efecto cohete y pluma: rápido para el ascenso hasta la Luna y lento para volver a los precios anteriores.

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