EDITORIAL
Urge erradicar amenaza contra la infancia
La misión es tan importante y a la vez tan sencilla: llevar a los niños a vacunar.
Cuando Guatemala padeció el terrible azote de la pandemia de covid-19 se registraron decenas de miles de contagios, monitoreados a diario, junto con los casos de decesos. Las medidas sanitarias llegaron a extremos inusitados, pero necesarios. Por eso mismo existía una gran expectativa e incluso ansiedad por una vacuna que pudiera proteger de los efectos del coronavirus. Cuando finalmente estuvo disponible, fue masiva la afluencia a los centros de administración de dosis, con lo cual sus efectos fueron amainando globalmente.
La vacuna contra el morbilivirus, causante del sarampión, fue descubierta en 1963 y mejorada en su efectividad por sucesivas investigaciones. Antes de ese hito científico, las complicaciones de dicha enfermedad causaron millones de muertes alrededor del mundo, sobre todo de niños menores de 5 años, aunque también en adultos, debido a que no existía una forma de reforzar las defensas. Neumonías, encefalopatías y deshidratación por diarreas eran —y siguen siendo— algunas de tales complicaciones.
Hace seis décadas comenzó una denodada batalla alrededor del mundo para inmunizar a la infancia, e incluso se llegaron a combinar vacunas para atajar otros males. Por ejemplo, la MMR: contra sarampión, paperas y rubeola, que aún existe, pero cuya aplicación fue bajando de nivel. Al igual que hace un lustro, también surgieron rumores conspiranoicos, temores infundados y bulos acerca de la inmunización, a menudo basados en datos incompletos y fundamentalismos ideológicos conjugados con una fuerte dosis de ignorancia o tozudez. Ciertamente hay algunos efectos leves, pero totalmente lógicos de una vacuna, como fiebre moderada, llanto o leve sarpullido, pero nada comparado con la infección sin protección.
Decenas de millones de vidas se han salvado gracias a las dosis que preparan al sistema inmunológico y le permiten defenderse. Por eso es una verdadera pena que a estas alturas de la historia el sarampión haya vuelto a generar miles de infecciones e incluso decesos alrededor del mundo, y también en Guatemala. Las principales víctimas han sido niños que no habían recibido ni una dosis. No hay ningún riesgo en recibir la vacuna, pero sí lo hay en los excesos de confianza, prejuicios y rumores reciclados, peor aún si son repetidos por personas que ejercen algún liderazgo, el cual debería emplearse para orientar a los padres y animarlos a cuidar de la salud de sus hijos.
Los casos fatales en Guatemala se registran sobre todo en menores de 1 año. Por ello, autoridades de salud han comenzado una campaña extensiva de aplicación de primeras dosis en bebés entre 6 y 11 meses, así como en todo infante que lo necesite. El sarampión solo puede infectar una vez en la vida a la persona; quien lo ha padecido ya adquiere una defensa natural. El problema es que no se sabe en qué casos puede llegar a generar síntomas graves que pongan la salud en estado crítico. No hace falta llegar a ese punto de incertidumbre.
Las estadísticas apuntan que ocho niños fallecen de cada mil que adquieren el sarampión, pero estamos totalmente seguros de que ningún padre o madre responsable querría apostar la vida de su hijo o hija.
La misión es tan importante y a la vez tan sencilla: llevar a los niños a vacunar, para estar en zona de seguridad y, de ser posible, aconsejar a más adultos a cumplir con ese deber. Del lado de las autoridades, la obligación radica en divulgar oportunamente los puntos de inmunización y llevarla a las áreas más recónditas.