EDITORIAL
Contagio viral en crucero motiva alerta
La nave había zarpado de Ushuaia, en la Patagonia argentina, el 1 de abril último.
Las autoridades sanitarias de varios países de origen de los pasajeros del crucero MV Hondius, en el cual se registraron casos de hantavirus —transmitido por saliva, heces u orina de roedores— encendieron alertas desde el 2 de mayo, cuando la Organización Mundial de la Salud confirmó que se trataba de ese patógeno, cuando el barco ya había tocado tierra en Sudáfrica. La nave había zarpado de Ushuaia, en la Patagonia argentina, el 1 de abril último. El 11 de ese mes ocurrió el primer deceso, un pasajero neerlandés, de 70 años, a causa de aparentes síntomas respiratorios. Aún no se sabía la causa. Hace una semana se confirmó que se trata de una cepa Andes, endémica de Sudamérica, precisamente por donde viajó el primer fallecido, pero aún se desconoce cómo y dónde se dio el contagio.
Varios países de origen de pasajeros del barco, algunos de los cuales lo abandonaron en Sudáfrica cuando aún no se tenía la alerta, activaron rastreos epidemiológicos para darles seguimiento. Hasta ahora, solo se reportan tres fallecidos y se espera que no haya más, aunque el período de incubación del virus puede ser hasta de un mes. Esta situación, aunque focalizada en el crucero en cuarentena, no deja de recordar los primeros casos de coronavirus, a finales de 2019. Funcionarios de la OMS descartan que el hantavirus pueda propagarse de forma tan acelerada. Sin embargo, es bien sabido que no existen vacunas ni fármacos contra este microbio.
Las advertencias se han enfocado en los visitantes del sur de Argentina y Chile, en donde dicho virus podría ser endémico y asintomático para locales, no así para turistas. De hecho, las recomendaciones constantes para campistas es evitar dormir a la intemperie, lavar todos los utensilios de comida y no dejar sobras que atraigan roedores.
La expectativa es que se controle pronto esta situación. Pero no hace falta una amenaza de tal dimensión para valorar la salud propia y del prójimo. De hecho, en Guatemala existen otras amenazas que, a pesar de ser prevenibles, se han dejado pulular. El descuido en la vacunación infantil, ya sea por dejadez o por creencias infundadas, ha detonado los casos de sarampión y tosferina, que pueden dejar graves secuelas o incluso ocasionar la muerte, sobre todo en menores de un año sin inmunidad. Ya existe una jornada de vacunación a escala nacional y no hay excusas para mantener a los niños en riesgo.
La prevención de esos y otros padecimientos es tarea de todos. Si bien las autoridades de Salud deben mantener abastecidos los hospitales y centros de salud, con los insumos de inmunización, son los adultos responsables quienes se encargan de llevar a sus hijos a recibir protección. No es reciente el descenso en los porcentajes de primeras vacunas y sucesivos refuerzos, pero ya no estamos en tiempos de excusas o de alegar ignorancia.
En este sentido, es clave el papel de líderes sociales, religiosos y comunitarios, no solo en cuanto a exhortar a los vecinos, sino en la verificación cordial de esta obligación cívica y humanitaria. Párrocos y pastores tienen una influencia positiva privilegiada para subrayar la importancia moral de proteger a los infantes contra enfermedades que ya deberían haberse superado. En manera alguna la inmunización atenta o contraviene creencias; por el contrario, puede ser vista como uno de los medios que Dios, en su misericordia, ha permitido que sean descubiertos y desarrollados para asegurar la salud. Así también, se acerca la época lluviosa, con sus cepas de influenza, para las cuales también existen inmunógenos que pueden ayudar a muchos adultos mayores.