EDITORIAL
Literalmente, un mar de basura
La motivación para actuar debe nacer al ver el rostro de los hijos y nietos que están recibiendo esta nefasta herencia de desecho.
Dantesco, lamentable, grotesco, terrorífico… ¿Qué adjetivo alcanza para describir las oleadas de basura que se acumulan esta semana frente a las playas de Ocós, San Marcos, por la crecida del río Naranjo, que arrastró toneladas de desechos? Una informe masa ondeante, producto de la infausta costumbre de tirar basura en calles, caminos, predios baldíos, desde ventanillas de vehículos y autobuses, que exhibe la incapacidad y la falta de voluntad de las alcaldías para manejar los residuos sólidos.
Pero este fenómeno antinatural no ocurrió solo en esa playa: en las proximidades de desembocaduras de ríos en costas de Retalhuleu, Escuintla y Santa Rosa se han reportado similares monstruos de irresponsabilidad, de indolencia, de inacción edil elaborada con populismos y miopías. No es la primera vez que sucede, pero sí de una manera tan extensa que solo refleja la dimensión colosal de un problema que se viene señalando desde hace al menos dos décadas. Sin embargo, casi todas las autoridades se lavan las manos: dicen que son exageraciones, que no tienen recursos económicos o que hay otros temas más importantes que atender.
En redes sociales no faltaron los comentarios que dedicaron las oleadas de basura al presidente de la Asociación Nacional de Municipalidades (Anam), Sebastián Siero, alcalde de Santa Catarina Pinula, quien, en nombre de esa entidad, se opuso y presentó recursos legales contra el Reglamento para el Tratamiento de Desechos Sólidos, el cual fue derogado por la Corte de Constitucionalidad, por atentar contra la autonomía de las comunas. El jefe edil adujo que se había presentado una ley de Fondo Verde para financiar proyectos ambientales municipales, la cual no logró avanzar en el Legislativo.
En efecto, el reglamento derogado no era la medida idónea, pero sí la única de su tipo, emitida en 2021 para que las comunas, los barrios y los hogares emprendieran una clasificación básica de basura. Hasta ahora no hay acciones ediles que no sean alimentar rellenos sanitarios o encontrar otros terrenos para ese fin. Algunas municipalidades q han implementado plantas de clasificación y reciclaje, pero son la excepción, y no la regla. Tampoco se escuchan propuestas de alcaldables que ya empiezan a pulular con manidas peroratas populistas, incluyendo las de regalar “bolsas” de víveres.
Pareciera que el síndrome de basura del río Motagua se ha contagiado a otros afluentes, pero en realidad, la mayoría de ríos del país son enfermos crónicos que ahora están llegando a un estado crítico que los hace escupir al mar toda la hez que reciben a su paso, incluyendo desagües y descargas industriales, que son otras prácticas sin regulación.
La basura no se irá sola a ninguna parte, así como no llegó sola a los barrancos, las zanjas, las orillas de carreteras. Y son las propias comunidades las que pagan los síntomas, al carecer de suficientes fuentes de aprovisionamiento de agua para el consumo: sí, esa misma que ofrecen los ávidos aspirantes a alcaldías o diputaciones. En el 2020 se presentó la iniciativa 5830, Ley Marco para la Gestión Integral de Residuos y Desechos Sólidos, y es obvio que se quedó engavetada, pero es el tiempo y el momento de acelerar su paso. Sin embargo, dada la parsimonia, incapacidad o irresponsabilidad de autoridades edilicias o legislativas, los propios ciudadanos están llamados a frenar la siguiente ola de residuos a través de acciones sencillas pero eficaces. La motivación para actuar debe nacer al ver el rostro de los hijos y nietos que están recibiendo esta nefasta herencia de desecho.