EDITORIAL
Legendario legado
Es innegable que vivimos en un país de leyendas, en una tierra de sol y de montaña, como la llamó el poeta José Rodríguez Cerna, pero también en el mítico centro del universo maya evocado por el Popol Vuh; este es un territorio en el cual se fusionan culturas y se hermanan tradiciones, con realidades que superan la ficción y espíritus que pasan por ósmosis hasta la realidad. Es así como El Señor Presidente, de Miguel Ángel Asturias, llegó a retratar de cuerpo entero el estereotipo de todo gobernante con ínfulas despóticas y el Dinosaurio, de Augusto Monterroso, es el símil perfecto de los grandes problemas nacionales recurrentes de desnutrición, violencia y corrupción, entre otros.
A través de la tradición oral perduran incontables símbolos y personajes fantásticos, tragedias imaginarias, escapes inverosímiles que no suenan incompatibles con las contradicciones, los dramas y los avatares que viven los guatemaltecos. Aunque algunos parecen provenir de un contexto de calles empedradas, fuentes de piedra y antañonas casas del siglo XIX, vuelven a caminar por las vías asfaltadas, las calzadas y los puentes modernos gracias al trabajo quijotesco de quienes se dedicaron a recopilarlas, no solo con paciencia, sino con enfoque sistémico, conexión historicista y rigor académico.
En su momento fue el Nobel de Literatura guatemalteco quien compiló las Leyendas de Guatemala, de una forma literariamente ornamentada. Pero fue el antropólogo Celso Lara Figueroa, fallecido el jueves último, quien llevó las tradiciones, mitos e historias de espantos y aparecidos a un nivel de ciencia semiológica; es decir, de análisis de significados que contribuyó no solo a su preservación, sino a una explicación sobre su origen, evolución y trascendencia.
Prensa Libre tuvo el honor de haber efectuado entrevistas y reportajes con la participación del maestro Lara Figueroa, pero además de publicar series de lectura con la temática de las leyendas guatemaltecas, en el afán de exaltar la obra de un gran guatemalteco y fomentar el hábito de la lectura en las jóvenes generaciones, así como promover la conservación de estas legítimas manifestaciones del crisol cultural del país.
Lamentamos profundamente la partida de un gran valor de la Antropología y la historia del país. A diferencia de abundantes personajes públicos que alardean de supuestos logros y poses nacionalistas, Celso Lara Figueroa trabajó con dedicación y humildad para que se transmitiera a los cuatro vientos la tradición legendaria del país; hizo patria con sus libros recopilatorios de relatos fantásticos y consejos populares; enarboló una digna bandera a través de tanto conocimiento compartido a través de medios de comunicación, aulas universitarias y el Instituto de Estudios Folclóricos de la Universidad de San Carlos.
Un historiador de leyenda se ha ido y con ello nace el inmenso recuerdo de un gran guatemalteco que debería ser honrado no solo en discursos de autoridades, sino a través de la reedición de sus obras, en formatos para público adulto pero también para niños, puesto que el mejor homenaje para quien dio tanta vida a la memoria colectiva es hacerla llegar a las próximas generaciones.