EDITORIAL

Poder guatemalteco

La descripción que del guatemalteco hiciera en el siglo XIX el escritor José Milla tiene aspectos muy vigentes: “Es hospitalario, servicial, piadoso, inteligente… Es sufrido y no le falta valor en los peligros”, una definición que viene a cuenta con la actitud decidida, generosa y solidaria que miles de ciudadanos adoptaron en áreas afectadas por la tormenta Eta: unos consiguieron lanchas para evacuar a familias atrapadas, otros empezaron la recaudación de víveres y algunos más se pusieron al servicio de vecinos damnificados, ya sea preparando comida en los albergues o colaborando con limpiar el cieno remanente en habitaciones de viviendas anegadas. Allí donde la autoridad fue incapaz de actuar con celeridad se manifestó de inmediato el poder guatemalteco de ayudar.

Las excusas abundan y las malas respuestas pululan. Decir “dígame qué comunidad está incomunicada para ir” no es la respuesta de un presidente que está bien informado por sus subalternos sobre la gravedad del desastre. Esas escenas de personas transportándose sobre balsas hechizas en la carretera de Chisec o el pedido desesperado de auxilio de la aldea Mixlaj, asolada por una crecida en Chiantla, Huehuetenango, pero sin apoyo gubernamental, no reflejan un funcionamiento eficiente del sistema de reducción de desastres.

“Pasadas las primeras impresiones; su buen juicio natural analiza y discute, y si encuentra, como sucede con frecuencia, que rindió el homenaje de su fácil admiración a un objeto poco digno, le vuelve la espalda sin ceremonia”, prosigue Milla en su descripción del guatemalteco de a pie, aquel que desde el primer momento empezó a actuar en favor de sus connacionales, dentro o fuera de las fronteras. Grupos de migrantes también emprendieron actividades de recaudación destinadas a comunidades específicas.

Es en esta celeridad para actuar en favor de los demás que radica el gran poder del ciudadano guatemalteco, sin autobombos ni exhibicionismos. Esto es lo que pone en evidencia a los politiqueros que dramatizan viajes de supuesta solidaridad con fines propagandísticos: un patrón de falsedad que hace simbiosis con el clientelismo, y de allí a la corrupción solo hay un paso.

Apenas ayer, la Fiscalía Anticorrupción ponía bajo resguardo mil sacos de arroz almacenados en una sede del partido Vamos, en San Juan Cotzal, Quiché. El presidente de un Cocode y excandidato perdedor a la alcaldía por el partido oficial fue quien solicitó el 10 de octubre dichos alimentos al Ministerio de Desarrollo, supuestamente para familias afectadas por la pandemia. Se presentó ayer al lugar del operativo del Ministerio Público para decir que por “error” se había almacenado el arroz allí.

Es tiempo de que los guatemaltecos descubran su poder de analizar críticamente a los políticos que votan. Es tiempo de que valoren su poder de exigir acciones coherentes y sistemáticas, no improvisaciones. Al mismo tiempo, se debe recordar a los funcionarios, incluso a los más iracundos, que fueron ellos los que se postularon, los que ofrecieron y se comprometieron a no repetir los errores de sus antecesores, a quienes el pueblo —como dice Milla— les dio la espalda sin ceremonia.

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