Cuando las drogas golpean y las familias buscan ayuda
Detrás de cada adicción hay historias que rara vez se cuentan: familias que resisten, jóvenes que caen y un sistema que intenta responder a una crisis silenciosa. Aunque todo parezca irreversible, hay opciones para la rehabilitación y sin costo.
Una madre conversa con la trabajadora social de la Seccatid —de naranja, a la derecha— antes de llevar a su hijo a tratamiento de rehabilitación. (Foto Prensa Libre: Valeria Bethancourt)
Gilda* tiene seis meses buscando ayuda para su hijo de 16 años atrapado en el consumo de drogas. En ese tiempo ha tocado puertas en hospitales y centros de rehabilitación, pero en el camino se ha encontrado con un obstáculo constante: el dinero para pagar el tratamiento.
Durante semanas preguntó en distintos lugares sin encontrar una alternativa que pudiera costear. En enero decidió acudir al Hospital Roosevelt en busca de orientación. Allí le indicaron que en la zona 12 capitalina funciona un centro público que brinda tratamiento para personas con adicciones. Esta semana llegó a ese lugar, con la esperanza de encontrar apoyo para su hijo.
La situación de Gilda* se repite en muchas familias que intentan sacar a un ser querido del consumo de drogas. Para algunas, la principal dificultad es que los tratamientos suelen ser costosos y requieren procesos prolongados. En su caso, la alternativa apareció en el Centro de Tratamiento Ambulatorio de la Secretaría Ejecutiva de la Comisión Contra las Adicciones y el Tráfico Ilícito de Drogas (Seccatid), ubicado en la 23 calle 18-08, zona 12.
“Espero poder algún día sacar a mi hijo del vicio de las drogas. Es el más pequeño y es adicto desde hace como dos años. Él estudiaba, y en el instituto tuvo amigos que lo llevaron a este camino de las drogas y ahora no puede dejarlo. Por eso vine, y espero que podamos curarlo. Acá me dijeron que no cobran, y eso es ayuda para mí. Uno a veces no tiene ni para comer, y menos para curar la droga”, lamentó Gilda.
La directora del centro, María Antonieta Solórzano de Mejicanos, explica que muchas personas llegan después de haber sido atendidas en hospitales públicos. “Los hospitales realizan la desintoxicación, pero después el paciente necesita un proceso de tratamiento y rehabilitación”, comenta.
El tratamiento
El centro funciona desde hace cerca de tres décadas y es el único servicio público especializado en tratamiento de adicciones en el país. Los hospitales, al atender a un paciente por intoxicación de drogas, lo envían al centro de rehabilitación de Seccatid.
“Este centro tiene aproximadamente 28 años de existir. Para nosotros fue trascendental el 2025 porque se pudieron habilitar dos centros más”, señala Solórzano.
En la actualidad funcionan dos centros de rehabilitación más: uno en Santa Lucía Cotzumalguapa, Escuintla, y otro en Esquipulas, Chiquimula. El programa se basa en considerar la adicción como una enfermedad que debe tratarse desde el enfoque de salud pública.
“Nosotros somos una institución con un enfoque de salud pública. Este es el único centro público donde todos nuestros servicios son gratuitos”, afirma. La atención incluye evaluación psicológica, trabajo social y atención psiquiátrica.
“Cuando viene un paciente por primera vez es visto por psicología, trabajo social y psiquiatría. Hacemos un abordaje integral para elaborar un diagnóstico”, refiere. El proceso incluye terapia individual y grupal, así como acompañamiento a las familias.
“Contamos con terapia individual, terapia grupal, terapia familiar y atención psiquiátrica, con un equipo multidisciplinario”, detalla.

Consumo y cuentas
Solórzano señala que el impacto de las drogas va más allá del daño inmediato que producen las sustancias.
“El consumo definitivamente no solo afecta ese momento, sino también el libre desarrollo. La persona pierde el trabajo, deja los estudios, abandona la familia. La droga repercute en todos los ámbitos que tiene”, indica.
Las referencias de pacientes provienen de distintas instituciones. “Tenemos derivación de hospitales, del Organismo Judicial, de la Secretaría de Bienestar Social, de centros educativos y de la Procuraduría General de la Nación”, detalla.
Esto permite atender a personas de distintas edades. “Por ser el único centro público, atendemos niños, niñas, adolescentes y adultos”, precisa.
El inicio de la adicción
Para muchas personas, el consumo comienza en ambientes sociales. Hamilton,* de 32 años, asegura que su historia con las drogas empezó hace una década en reuniones con amigos.
Actualmente trabaja en un centro de llamadas en la zona 10 capitalina, pero reconoce que su vida cambió radicalmente debido al consumo.
“Salir de una adicción no es fácil. Yo no he salido, pero trato de mejorar cada día. No sé si volveré a caer. Llevo ocho meses limpio, pero esto lo he vivido en varias ocasiones y a veces vuelvo al abismo”, admite.

Comienzo con alcohol
“Todo empezó en fiestas en las que bebía dos o tres cervezas. Los ambientes se volvieron cada vez más liberales y una noche, cuando estaba ebrio, un amigo me ofreció marihuana”, recuerda Hamilton.
En ese momento no percibió el riesgo. “Esto puede escucharse a excusa o gastado, pero una cosa lleva a otra”, dice.
El consumo pasó de ser ocasional a convertirse en parte de su rutina. “Al principio era solo en fiestas porque trabajaba de lunes a viernes, y los fines de semana los dedicaba a probar de todo”.
Con el tiempo, la marihuana dejó de ser algo ocasional. “Llegó un momento en que miré normal fumar marihuana a diario, y como es relativamente barata, entonces es sostenible cuando trabajas y fumas”, relata.
Ese cambio también afectó su carácter. “Mi carácter fue cambiando. Si bien tengo una manera de ser directa y exigente, con esta droga se potencializó, y en la calle tuve discusiones con personas solo porque se atravesaban en mi camino”, señala.
“Llegó un momento en que miré normal fumar marihuana a diario, y como es relativamente barata, entonces es sostenible cuando trabajas y fumas”
Adicción y familia
Las consecuencias del consumo también se reflejan en los hogares.
Lisbeth* ha vivido el deterioro causado por la adicción de uno de sus familiares. “El problema no aparece de un día para otro. Empiezan a mentir para salir. Ya no van a trabajar por andar en eso, dejan de trabajar y comienzan con las mentiras”, comenta.
Con el tiempo, el consumo afectó incluso la estabilidad económica de la familia. “Después empiezan a robarse las cosas, hasta que llega el momento de la desesperación”, cuenta.
Según su testimonio, el familiar llegó a vender pertenencias del hogar. “Se llevó todo. Lo único que no sacó fueron las cosas grandes. Se llevó zapatos, ropa, cadenas, pulseras, aretes, anillos… todo”, recuerda.
También comenzaron a notar señales físicas del consumo. “Hay cositas, cambios que te dan a entender que hay problemas. Uno es el olor. Es diferente, no es como el cigarro. Se penetra en la ropa”, dice.
El impacto emocional también ha sido fuerte. “Nos ha dejado mal. En mí hay decepción. No es que le tenga rencor, pero sí afecta a los niños, sobre todo a los que ya se dan cuenta”, narra.
Adolescentes
En el centro de tratamiento también atienden a jóvenes cada vez más pequeños. “En el 2025 nuestra mínima edad fue de 13 años”, señala Solórzano.
Las sustancias más comunes en los tratamientos coinciden con las drogas más accesibles. “Según nuestra estadística, las sustancias predominantes son alcohol —la droga de entrada—, marihuana y cocaína”, precisa.
También se han detectado otras sustancias combinadas. “Hay consumo de tramadol y metanfetaminas, incluso metanfetamina inyectada, lo que implica riesgos adicionales como contagios, por el uso de agujas”, comenta Solórzano.
Además, la base de datos de Seccatid determina que la mayor prevalencia de drogodependencia se registra entre los 13 y 35 años. Los menores de 13 a 17 años son particularmente vulnerables a las adicciones, lo cual preocupa a las autoridades.
Más pacientes
Las cifras muestran que cada vez más personas buscan tratamiento. En los últimos nueve años, siete mil 180 personas buscaron ayuda en las clínicas de Seccatid y se brindaron 75 mil 644 consultas.
Estos datos solo reflejan tratamientos registrados en la red pública de atención.
Además, cada año, en promedio, 500 nuevos pacientes se suman al programa. “Recibimos alrededor de seis pacientes de nuevo ingreso diariamente”, cuenta Solórzano.
Sin embargo, muchas personas con adicción no buscan ayuda. “El tratamiento no es fácil que una persona lo busque. A nivel mundial se ha analizado que las personas son reacias a llegar a tratamiento, porque lo primero que consideran es que no necesitan ayuda”, dice.

Línea de ayuda 1538
En la actualidad está habilitada una línea de asistencia a los adictos a las drogas que funciona desde hace dos años. El número telefónico es 1538 y opera las 24 horas.
Un psiquiatra atiende las consultas o crisis que puede presentar un adicto, aunque existe poca divulgación de esta opción que puede ayudar a muchas personas.
“Es una línea de ayuda donde los padres pueden consultar cuando observan cambios en sus hijos, como bajo rendimiento escolar o ausencias repentinas”, añade Solórzano.
El servicio es atendido por psicólogos que brindan orientación y pueden programar una cita.
“La línea deriva de inmediato al centro de tratamiento, se toman los datos y se programa la cita para que la familia pueda venir”, detalla.

Sin datos y medicinas
En la actualidad, Seccatid no tiene registros estadísticos que permitan determinar con precisión la población que consume drogas en el país. Los datos que obtiene provienen de las personas que acuden a sus programas de rehabilitación.
Las autoridades de Seccatid utilizan resultados de encuestas recogidas en el 2018 por el Ministerio de Gobernación, en las que se pregunta a vecinos si en su comunidad venden drogas o si conocen a alguien que las consuma. Esos datos forman parte de los registros de incidencia criminal que recoge la Policía Nacional Civil.
No es lo único que falta. Actualmente, los Centros de Tratamiento Ambulatorio, que atienden a personas con drogodependencia, no cuentan con todos los medicamentos necesarios para las terapias psiquiátricas.
Según Solórzano, por medio de donaciones o muestras médicas buscan las medicinas que faltan. Además, se gestionan otros aportes para garantizar medicinas a los pacientes, estas se entregan de forma gratuita.
La esperanza
Mientras tanto, Gilda espera que su hijo acepte iniciar el tratamiento.
Para muchas familias, dar ese primer paso es el inicio de un proceso largo y complejo.
“Muchas veces el consumo comienza por curiosidad o por experimentar, pero con el tiempo se vuelve recurrente”, advierte Solórzano. Buscar ayuda, recalca, puede marcar la diferencia antes de que el problema avance.
“La adicción es enfermedad”
La adicción suele juzgarse antes de comprenderse. Detrás del consumo hay procesos invisibles. El terapeuta familiar y especialista en adicciones. Juan Carlos Roque, explica lo que casi nadie entiende.
Muchas veces se etiqueta a las personas con adicciones. ¿Cómo debería entenderse realmente este problema?
Hay muchas etiquetas alrededor de la palabra adicción. Por ejemplo, la idea de que una persona es tonta porque vemos a un chara, como se le conoce en Guatemala, tirado en la calle. La gente fácilmente puede pensar: ‘Qué tonto’. Otros lo ven desde el punto de vista religioso y dicen que tiene un pecado o una maldición. Pero, afortunadamente, ahora contamos con evidencia científica para referirnos a la adicción como una enfermedad. Entonces, no es culpa de la persona tener la adicción. Como enfermedad, necesita tratamiento.
¿Cómo se puede explicar esta enfermedad para que la gente la comprenda mejor?
Yo siempre la comparo con la diabetes. Cuando un diabético tiene una crisis de azúcar, las personas se preocupan porque tuvo un problema con el azúcar. Pero cuando un adicto no puede permanecer sobrio, la gente se enoja. Eso produce mucho enojo y juicio. Por eso, el primer paso es entender que es una enfermedad.
¿Qué recomienda cuando en una familia hay una persona con adicciones?
Cuando trabajo con jóvenes o con personas que viven con su familia, lo primero que hago es tener una sesión con la familia y explicar qué es la adicción, qué funciona y qué no funciona. También hay que tomar en cuenta que todas las adicciones producen síndrome de abstinencia, pero hay dos sustancias que son especialmente peligrosas: los derivados del opio —como fentanilo, morfina y heroína— y el alcohol. Si una persona deja de consumir estas sustancias de golpe, se puede morir.
Entonces, ¿Cuál debería ser el primer paso del tratamiento?
Primero hay que evaluar cuánto tiempo tiene la persona consumiendo. Si el consumo es crónico, no se le puede quitar abruptamente. Mi primera sugerencia es una desintoxicación para que, farmacológicamente, se puedan tratar los síntomas del síndrome de abstinencia.
Muchas familias se sienten culpables. ¿Es correcto pensar así?
Es bien importante quitar esa idea. Los papás se preguntan qué hicieron mal para que su hijo se drogue o las esposas qué hicieron para que su esposo no pueda parar. Esto no es culpa de nadie.
¿Cuándo es necesario acudir a un centro de rehabilitación?
Después de la evaluación hay que ver si la persona necesita un centro de rehabilitación o si puede llevar un tratamiento ambulatorio. Como profesional solo puedo referir lugares cuyo sistema de trabajo conozco. En Guatemala puedo sugerir dos: Renacer, en Sumpango, y El Buen Pastor, en San Lucas. Los recomiendo porque conozco a los profesionales que trabajan allí y también a muchas personas que han salido sobrias de esos centros.
¿El tratamiento termina cuando la persona deja de consumir?
No. Los grupos de 12 pasos, como Alcohólicos Anónimos o Narcóticos Anónimos, dicen que el síntoma más visible de la enfermedad es el consumo de sustancias o ciertos comportamientos. Pero el tratamiento no solo busca que la persona deje de consumir, sino que adopte un nuevo estilo de vida. Después de la desintoxicación y la rehabilitación, hay que pensar qué va a pasar después y cómo se va a mantener la recuperación.
¿La adicción tiene cura?
La evidencia muestra que es una enfermedad que no tiene una cura conocida. He visto personas que han estado 30 años sobrias y recaen pensando que ya no tenían un problema. Por eso es importante tener una comunidad o un círculo social limpio, no los mismos amigos y lugares de consumo.
¿Por qué los grupos de 12 pasos son sugeridos?
No hay ninguna corriente psicoterapéutica que haya tenido mejores resultados estadísticos que los grupos de 12 pasos. La terapia es un adicto ayudando a otro adicto y no tiene ningún costo.
También menciona que la recuperación implica reconectarse con otros espacios, como comunidades o iglesias.
Sí. La adicción suele estar acompañada de mucha vergüenza. La persona llega a creer que es mala o un fracaso, y eso la aísla. Parte de la recuperación es reconectarse en un espacio donde la persona pueda sentirse digna y empezar a hacer cosas distintas en su vida.
¿Qué ocurre en el cerebro de una persona con adicción?
Muchos adictos son sobrevivientes de trauma. El alcohol, el sexo o las drogas se vuelven la forma en que el cerebro aprendió a lidiar con ese dolor. Cuando el alcohólico hace contacto con la sustancia, su cerebro libera tanta dopamina que la parte prefrontal —donde está la voluntad— se anula. Por eso ya no puede parar.
¿La terapia individual es suficiente?
No. Cuando veo que es muy difícil, les digo a mis pacientes que si no van a un grupo de apoyo no puedo seguir atendiéndolos. Una hora de terapia a la semana no alcanza. Tiene que ser algo más integral.
¿Qué papel juega la familia en la recuperación?
El involucramiento de la familia es importante, pero no para buscar culpables, sino soluciones. En muchas familias hay codependencia. El codependiente quiere rescatar o arreglar al adicto, pero también hay que definir qué le toca a cada uno.
¿Puede dar un ejemplo de ese apoyo familiar?
A veces sugiero que la familia evite el alcohol en casa para no exponer a la persona a estímulos que le generen recaídas.
Algunas personas dicen: “¿Por qué yo tengo que dejar de tomar si el borracho es él?”. Por eso es importante la psicoeducación.



