La trayectoria de la doctora Asturias se ha construido en un punto de encuentro poco habitual: el rigor científico, la innovación tecnológica y una vocación persistente por reducir desigualdades en el acceso a la salud. Desde plataformas digitales que democratizan la información médica hasta procesos de acompañamiento técnico a instituciones públicas, su trabajo ha buscado responder a problemas estructurales con soluciones sostenibles y centradas en las personas.
Asturias, doctora y neurocientífica formada en Estados Unidos, es conocida en Guatemala por ser una de las creadoras de ALMA junto a otros profesionales, un asistente virtual de salud que surgió durante la pandemia de covid-19 y que se convirtió en una herramienta clave para millones de personas. Ese proyecto marcó un punto de inflexión: demostró que la tecnología podía ser aliada del sistema de salud público y llegar, incluso, a comunidades históricamente excluidas.
Hoy, su mirada está puesta en otro desafío complejo y urgente: la salud mental, un tema que —según explicó en entrevista— debe entenderse como parte inseparable de la salud general y no como un asunto secundario o de lujo.
Tecnología y servicio
El proyecto ALMA (Asistente de Logística Médica Automatizada) surgió en 2020, en medio de la incertidumbre generada por la pandemia. En un contexto de información fragmentada, miedo y saturación de servicios, la plataforma ofreció orientación clara, validada científicamente y disponible de forma gratuita.
ALMA fue diseñada para responder preguntas sobre síntomas, prevención, vacunación y rutas de atención. Con el tiempo, evolucionó para convertirse en una herramienta de educación en salud y de conexión con servicios médicos, accesible a través de teléfonos móviles y redes sociales.
Uno de los rasgos distintivos del proyecto ha sido su enfoque inclusivo. El asistente se desarrolló en el 2020 para funcionar en español y en varios idiomas mayas durante ese año, reconociendo que las barreras lingüísticas también son barreras de acceso a la salud.
“ALMA demostró que, cuando se diseña pensando en la realidad del país, la tecnología puede salvar tiempo, recursos y, sobre todo, vidas”, ha señalado Asturias en distintas ocasiones.

El impacto de esta iniciativa fue uno de los factores que llevó a que, en 2025, Gabriela Asturias recibiera el Premio Princesa de Girona Internacional, un reconocimiento que valoró no solo la innovación tecnológica, sino su aplicación práctica y su impacto social. Atrás de este plan hay un equipo médico, ingenieros y otros profesionales que hicieron posible que fuera realidad la herramienta de uso comunitario para acceder a la salud en tiempos complejos que propuso la pandemia.

Trayectoria destacada
El Premio Princesa de Girona no llegó de forma aislada. La distinción destacó una carrera marcada por la investigación aplicada, la colaboración interdisciplinaria y el compromiso con la salud pública.
Asturias ha sido reconocida también por instituciones académicas y científicas internacionales, y su trabajo ha sido citado como ejemplo de cómo la ciencia puede salir del laboratorio y convertirse en política pública, herramientas comunitarias y procesos de acompañamiento institucional.
En entrevista, explicó que estos reconocimientos no representan un punto de llegada, sino una responsabilidad mayor. “Los premios sirven si ayudan a abrir puertas, a generar confianza y a facilitar procesos que beneficien a más personas”, afirmó.
Salud integral
Asturias ha dedicado buena parte de su tiempo a trabajar en torno a la salud mental, un tema que considera impostergable para Guatemala.
“Para mí, la salud mental es parte de la salud. No es algo aparte, no es un lujo, no es opcional”, explicó. Desde su experiencia clínica y académica, subrayó que los trastornos de salud mental atraviesan todas las etapas de la vida y se relacionan con violencia, pobreza, exclusión y enfermedad física.
Asturias señaló que Guatemala enfrenta retos profundos en esta materia, pero también destacó que el país se encuentra en un momento particular, en el que existe apertura y voluntad para abordar el tema de forma estructural.
Sin entrar en anuncios formales, explicó que actualmente existe un esfuerzo interinstitucional en el que participan diferentes instancias del Estado, con el acompañamiento técnico de universidades y expertos internacionales. En ese proceso, indicó, ella y la Universidad de Stanford mantienen un compromiso activo de asesoría y acompañamiento.
Asturias fue enfática en que se trata de un proceso en desarrollo, que requiere prudencia y precisión en su comunicación. “No es algo que se resuelva en semanas o meses. Es un trabajo que va a tomar años”, afirmó.
Lo que sí destacó fue su percepción de que existe un punto de inflexión histórico, con interés y apoyo desde distintos niveles institucionales para fortalecer el acceso a servicios de salud mental en el país.
Ese proceso, explicó, implica desde capacitación técnica y elaboración de lineamientos hasta la revisión de marcos legales y el fortalecimiento de servicios comunitarios. Todo ello, dijo, debe hacerse con cuidado, respeto a los derechos humanos y comprensión de la complejidad del tema. Asturias no está sola, en este plan le apoyan los doctores Daryn Reicherter, Rebecca Walker, de la Universidad de Stanford; Lisa Brown, Franco Mascayano de la Universidad de Hopkins y Aurora López de Guatemala.
Reconocimiento
Uno de los énfasis más fuertes de Asturias durante la entrevista fue el reconocimiento al personal de salud mental que trabaja actualmente en el sistema público. Luego de cuatro semanas de visitas en el 2025 a hospitales y centros de salud —incluidos el Hospital Federico Mora, el Roosevelt, el San Juan de Dios, el Hospital Regional de Santa Rosa y servicios de consulta externa—, aseguró haber encontrado equipos comprometidos con su vocación.
“Las personas que trabajan en salud mental en Guatemala son héroes”, afirmó. Psiquiatras, psicólogos, enfermeras, trabajadores sociales y médicos generales que, en muchos casos, van más allá de sus funciones formales para atender a pacientes en situaciones críticas.
Relató que ha visto profesionales contratados por pocas horas atender más pacientes de los esperados, dar seguimiento fuera de horario y coordinar con médicos comunitarios para garantizar continuidad en la atención. Ese esfuerzo, dijo, suele pasar desapercibido y, en ocasiones, es objeto de críticas injustas. “Han hecho lo que pueden con lo que tienen, y eso merece ser reconocido”, señaló.
Dilemas y desafíos
Asturias también subrayó que los desafíos en salud mental no son exclusivos de Guatemala. Incluso en países con mayores recursos, explicó, el tema plantea dilemas éticos, legales y clínicos complejos.
Definir cuándo una persona necesita atención involuntaria, cómo garantizar derechos, cómo integrar la salud mental en la atención primaria y cómo combatir el estigma son debates presentes en sistemas de salud de todo el mundo. “Esto es complejo en cualquier país. La diferencia es que ahora en Guatemala hay una disposición a enfrentarlo”, afirmó.
Plan futuro
Sin adelantar detalles ni compromisos específicos, Asturias expresó que observa con esperanza el momento actual. Desde su perspectiva, existe una convergencia poco común de interés técnico, institucional y político para avanzar en la construcción de un sistema de salud mental más sólido. Reiteró que su rol, así como el de las instituciones académicas que acompañan el proceso, es asesorar, acompañar y aportar evidencia, sin sustituir a las autoridades nacionales.
“Estamos comprometidos a acompañar al país en este camino”, dijo, y recalcó que cualquier avance deberá comunicarse cuando existan las condiciones y consensos necesarios. Al cerrar la entrevista, Gabriela Asturias insistió en que la salud mental debe dejar de ser vista como un tema marginal. Integrarla al sistema de salud, dignificar a quienes trabajan en el área y garantizar atención oportuna es, a su juicio, una tarea impostergable.
“Lo que veo hoy es compromiso y vocación. Eso no siempre se reconoce, pero es real”, concluyó. Más allá de los proyectos específicos, su mensaje apunta a una idea central: la salud mental es parte del bienestar colectivo, y atenderla requiere ciencia, humanidad y constancia. En ese camino, Guatemala parece estar dando pasos que, aunque aún incipientes, abren una posibilidad de transformación sostenida.



