Ademar Barilli y Mauro Verzeletti, Personajes del Año 2018 de Prensa Libre

Desde hace 24 años, la Casa del Migrante es un oasis en el viaje de miles de centroamericanos que, en busca de mejores oportunidades de vida, lo dejan todo. Es dirigida por dos sacerdotes de la Congregación de Misioneros de San Carlos Borromeo —más conocida como scalabrinianos—: Mauro Verzeletti y Ademar Barilli. Por eso Prensa Libre los reconoce como personajes del Año 2018.

Padres Ademar Barilli y Mauro Verzeletti, personajes del Año de Prensa Libre. (Foto Prensa Libre: Esbin García)
Padres Ademar Barilli y Mauro Verzeletti, personajes del Año de Prensa Libre. (Foto Prensa Libre: Esbin García)

Ambos brasileños, encontraron en su fe un camino de servicio y se han convertido, acaso, en las personas más autorizadas para hablar del fenómeno migratorio, que en 2018 tuvo un punto crítico a partir de la caravana de hondureños en camino a EE. UU., que los llevó a coordinar la provisión de alimentación, atención médica y alojamiento a más de 14 mil personas en 10 días, para lo cual contaron con apoyo de otros religiosos y donativos de particulares.

Verzeletti y Barilli son reconocidos como Personajes del Año 2018 de Prensa Libre debido al impacto de sus acciones en esta coyuntura, las cuales son coherentes con su trabajo de dos décadas, en el cual dan testimonio de su fe, ejemplo de caridad y una lección de servicio generoso.   

Hay que reconocer que, aunque este año la migración de centroamericanos mostró su lado más dramático, la Casa del Migrante lleva 24 años de atender a miles de viajeros indocumentados, que pese a tener derechos  no los conocen o no quieren exigirlos, y quedan a merced  de tratantes de personas, agresiones policiales y redes delictivas que los despojan de su dinero, su dignidad y, a veces, hasta la vida.   


Para el padre Ademar Barilli “todos los días hay caravanas”, pero no van en grupos”, dice, mientras explica cómo la ciudad de Tecún Umán, donde trabaja desde hace 24 años, alberga a cientos de extranjeros que intentan pasar inadvertidos y evitar ser extorsionados o captados por redes de traficantes.

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Por su lado, Mauro Verzeletti resalta: “Esta huida masiva es un grito de los pobres y los excluidos que ya no soportan la violencia y la pobreza”.

La rutina en las casas del Migrante es muy parecida. Cada día se organizan las tareas de cocina y limpieza, y a las 6 de la mañana comienza la jornada: unos barren, otros lavan. A las 7, el desayuno se sirve en un comedor general y luego cada persona tiene derecho de salir, si así lo desea, aunque muchos de los viajeros optan por quedarse varios días en las instalaciones, porque es más seguro y hay tres tiempos de comida garantizados.

Hay restricciones en la atención, por supuesto. Nadie puede entrar a la Casa si ha ingerido alcohol; tampoco pueden llegar más allá de las 4 de la tarde y deben mostrar una conducta pacífica.

El tiempo que cada migrante permanece en la Casa depende de las circunstancias. Todos los admitidos deben someterse a una evaluación socioeconómica para determinar el grado de vulnerabilidad y qué servicios precisan.

Algunos van de paso; otros están esperando que se les otorgue asilo o refugio. En esos casos, se les acoge hasta por tres meses.

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La llegada

Fue el 10 de marzo de 1995 que a la ciudad de Tecún Umán llegó el padre Ademar Barilli y consiguió un terreno y el dinero para construir la primera de dos casas que funcionan en la actualidad. Son dos inmuebles a los que a diario acuden personas que van o vienen de México, algunas con más ganas de regresar; otras, derrotadas y resignadas a volver a la realidad de sus países.

Desastres naturales como la tormenta Stan, en el 2005, han sido detonantes que elevan la necesidad de migrar a un país que les dé una oportunidad. Ese año, según  Barilli, se atendió a unas 18 mil personas que viajaban a Estados Unidos.   

En julio de 2018, la caravana de migrantes fue coyuntural. Un parteaguas de las migraciones centroamericanas. Muchos citadinos, incluso, se sorprendieron al ver por las calles de Guatemala a  familias enteras o madres solas con sus hijos.


La caravana cambió la forma de migrar hacia EE. UU., se alejaron de la clandestinidad de los grupos que dirigen los traficantes de humanos o coyotes, como se designa a quienes venden un sueño de vida que muchas veces acaba en muerte.
Miles de personas en caminata embistieron de frente las divisiones fronterizas.    

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Años de compromiso

Verzeletti y Barilli conocen muy bien la migración centroamericana, la han vivido y atestiguado las últimas dos décadas, pero también conocen la migración desde su propia familia. Vienen de familias italianas que llegaron a Brasil después de la Segunda Guerra Mundial y se establecieron en una campiña que todavía les provee todo lo que necesitan para vivir. Sin lujos, pero sin carencias.  

Ambos sacerdotes tienen una personalidad que pareciera estar alejada de la tradicional vida religiosa. Su imagen se acerca más a dos apóstoles con una causa  común: los migrantes.

En las casas que dirigen, una en la zona 1 y otra en Ciudad Tecún Umán,  Ayutla, San Marcos, no hay capillas.

Sí existe algún cuadro de San Carlos Scalabrini y, en  la oficina del padre Verzeletti, una fotografía de San Óscar Arnulfo Romero y otra en la que saluda, sonriente, al papa Francisco, durante una visita al Vaticano en 2016.

Aunque las Casas están separadas por  300 kilómetros, ambos coinciden en que no se trata de  albergues, sino de espacios donde se ofrece atención integral a los migrantes, sin importar religión, si van o vienen, incluso si los problemas son de salud y psicológicos, ya que se cuenta con atención en ambas áreas.

“Nosotros hemos denunciado, hemos escrito una revista, programas de radio. Aquí ha venido el Parlacén —Parlamento Centroamericano— y ya no los quiero ver, porque no hacen nada. La Comisión del Migrante del Congreso si viene aquí es a pasear y no podemos esperar mucho”, dice el padre Barilli mientras explica cuántas gestiones deben hacer todo el año para que se pueda garantizar la atención que por más de dos décadas han brindado.

Una vida, una causa

El carisma de la congregación de los misioneros scalabrinianos es la atención a los migrantes. Eso lo sabían ambos sacerdotes cuando decidieron entrar al seminario.

Al explicar cada detalle del trabajo de las casas que dirigen sonríen, muestra inequívoca de que la decisión fue correcta: hacen lo que les gusta por amor.

Aunque el diccionario define la migración como “el movimiento de población que consiste en dejar el lugar de residencia para establecerse en otro”, para el padre Verzeletti es algo más.  

“Es, primero, un ser humano. Un ser humano que amerita respeto, atención, protección, y es una persona que tiene sueños y deseos. No es ningún delincuente, ningún criminal, son personas que sueñan con tener un futuro mejor, una vida más humana, más digna”, dice Verzeletti.


Para el padre Barilli,  trabajar con los migrantes es una decisión personal. Aunque la misión scalabriniana tome por bandera esta causa, no siempre es sencillo.

“Estoy haciendo lo que escogí, tienen derecho a regañarme si no lo hiciera; pero, lamentablemente, dentro de la misma orden hay quienes no quieren trabajar con migrantes”, reconoce Barilli.

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Creciendo juntos

Desde 1995, cuando comenzó a funcionar la primera Casa del Migrante, el flujo migratorio a EE. UU. ha crecido y la razón, según juzga el padre Barilli, es la política de ese país, por no permitir el ingreso.

Es decir, cada vez que endurece sus controles migratorios, pareciera darle un impulso a quienes quieren ingresar de manera ilegal. Además, los riesgos de conseguir el sueño americano se incrementan.

El padre Barilli, al menos, piensa que la política del presidente Donald Trump no acabará con la migración. Tampoco lo harán los programas del Plan Alianza para la Prosperidad, simplemente porque no llegan a la raíz del problema. La Casa del Migrante tampoco, dice. Ellos solo trabajan con las víctimas, pero no tendrían suficientes recursos para combatir pobreza, falta de empleo o inseguridad, razones que hacen que la gente se vaya a  EE. UU.

“No han cambiado las situaciones de Guatemala; por el contrario, son tres años que la violencia, extorsiones, amenazas, las maras, es un problema no resuelto. Se está invirtiendo en la seguridad, pero no la social, solo para algunos, pero no para el pueblo, porque la migración está subiendo cada año  y no vemos que tenga interés”, dice Barilli.

Solo de enero a noviembre de este año, el Instituto General de Migración (IGM) reporta 87 mil 699 guatemaltecos deportados de EE. UU. y México.

En el año 2017 fueron 67 mil 334 los guatemaltecos deportados de ambos países, por vía aérea y terrestre, lo que demuestra que el interés por llegar a EE. UU. es más grande que los peligros a los que se enfrentan los migrantes,  debido a que por la exclusión ya no tienen nada qué perder.

El padre Barilli va más allá en su visión de combate al tráfico humano, y es que  en lugar de endurecer los controles se eliminaran.

Agrega: “Cuando la frontera estaba abierta, el migrante no necesitaba coyote, y cada vez que se van levantando los muros, el precio va a ser más alto, va a empobrecer más a la gente, porque pierden dinero, la tierra (…) eso deben entender“, abren las fronteras y se acaba el tráfico humano y también va ligado porque los grupos organizados extorsionan, los involucran al narcotráfico como condición para ser llevados, aparte son explotados en Estados Unidos”.  

Poco dinero, mucha fe

La misión de los scalabrinianos era ayudar al migrante; sin embargo, desde su llegada han enfrentado un problema igual de grande que la migración: la política.

En 1998 llega el padre Verzeletti y se topa con una Ley de Migración que, a su  juicio, era una normativa “muy estricta” y contemplaba hasta cinco años de cárcel para las personas indocumentadas, las criminalizaba.

Esa barrera tuvo que superarse con roces políticos, recuerda el padre Verzeletti, lo que le valió, en ese momento, algunos conflictos con personajes políticos.

“Desde que se publicó la Ley —de Migración— trabajamos para cambiarla. Hoy el Código es mucho más humano, más cercano al deseo de las personas como el derecho a migrar, un derecho humano, y este es un paso significativo para la historia de Guatemala”, dice Verzeletti al recordar los logros más importantes en su trabajo en el país.

Ese roce político también ha significado, en algunos momentos, más ayuda gubernamental, y en otros casos, como ahora, un recorte financiero para el 2019 en la asignación presupuestaria.

Era el Ministerio de Salud el que ofrecía alrededor de Q1.5 millones para el trabajo de las casas del Migrante, recursos que permiten hasta ahora ofrecer atención médica y psicológica a los migrantes; algunos, incluso, obtienen servicios de laboratorio sin ningún costo.


El presupuesto de la Casa del Migrante de Ciudad Tecún Umán es de alrededor de US$300 mil —unos Q2.3 millones—, recursos que este 2019 se verán reducidos, algo que los directores de las casas lo toman como una venganza, por la crítica directa a la gestión política.

Sobre el recorte financiero del Estado para el próximo año, el padre Verzeletti reconoce que no le sorprende porque la fricción política en medio de la crisis de migración ha sido alta. “Piensan que me están haciendo daño a mí, pero no. El daño es para los miles de migrantes que podrían no ser atendidos, pero algo vamos a hacer”, dice el padre Verzeletti, a modo de consuelo.

“Algo vamos a tener que hacer, porque al médico, al abogado, le vamos a tener que pagar”, responde el padre Barilli sobre el mismo tema.

Agrega: “Aquí hay que pelear al Congreso por unas migajas. Yo soy brasileño, pero me siento chapín y vine a hacer el trabajo por amor a la camisa. Pero, ¿cuál es la institución: Conamigua? ¿Por qué la preocupación por los migrantes en Estados Unidos? Deben preocuparse por los que están en Guatemala”.  

Otras instituciones como la Comisión Nacional de Atención al Migrante en Guatemala (Conamigua), tampoco trabajan con la Casa del Migrante, aunque sea esta misión scalabriniana la única en el país que tiene un modelo, demostrado, para atender a los centroamericanos que van  a EE. UU.

“Hay una omisión muy grande, si hablamos de Conamigua. Han abierto ventanillas en Huehuetenango, pero no hacen nada. Dejar una computadora es muy fácil, pero no hacen el trabajo. Nos siguen buscando a nosotros —los migrantes—, la gente sabe que les resolvemos los problemas. Conamigua tenía una oficina en San Marcos ¿y qué hizo?”, cuestiona el padre Barilli.

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