Migrantes continúan travesía por Guatemala en busca de su sueño

Una suave brisa caía la mañana de este martes en Esquipulas, Chiquimula, el lugar donde cientos de migrantes hondureños pasaron la noche luego de cruzar la frontera de Agua Caliente el pasado lunes, en su anhelo de llegar a Estados Unidos. A eso del mediodía arribaron a la cabecera de Chiquimula y otros llegaron a Zacapa, donde pernoctarán.

Hombres, mujeres y niños; adultos y ancianos, incluso, personas con algún impedimento físico son parte de los migrantes cuyo común denominador es que quieren y confían en que llegarán a Estados Unidos.
 


Durante el trayecto no les han faltado las muestras de solidaridad, decenas de guatemaltecos han salido a la carretera o llegado a los albergues para ofrecerles alimentación, bebida y hasta ropa. 

En el improvisado albergue del colegio San Benito de Esquipulas, la noche del lunes para amanecer martes fue corta para muchos, aquellos que pudieron dormir. Pero para otros fue larga, sobre todo para aquellos que viajan con niños y cuyo llanto trataban de calmar con algún dulce o entreteniéndolos con los celulares que ya casi no tenían carga.
 
Algunos intentan convertirse en líderes de la caravana y dirigen a los migrantes. “No se adelanten, van niños y se van a quemar -cansar muy rápido-”, dice Edgar Elías, uno de los hombres que marcha al frente de la caravana.

Por si no lo vio: Guatemaltecos lloran al enterarse que están en EE. UU.

Se calcula que unos dos mil hondureños conforman la caravana, entre ellos decenas, tal vez cientos de menores de edad. Algunos migrantes aseguran que van de 500 a 600 niños. De Cortez, Choluteca, Yoro, Francisco Morazán, Santa Bárbara, San Pedro Sula, Tegucigalpa, pareciera que hay personas de todos los departamentos de Honduras.

Retoman travesía

Los migrantes hondureños, que el lunes irrumpieron en la frontera guatemalteca ante la negativa de la Dirección General de Migración de Guatemala de registrarlos, desde muy temprano ya habían alistado sus maletas para partir.
 
La Basílica de Esquipulas lucía impecable, algunos migrantes se acercaban y se persignaban al pasar frente a ella. Unos decían que se quedarían un día más en Esquipulas para descansar, pero la mayoría manifestaba que el tiempo “es oro” y que había que aprovecharlo.

Fue así como a eso de las 7 horas la caravana partió de un costado de la iglesia que alberga al Cristo Negro de Esquipulas. Hombres con sus hijos en la espalda o en los hombros, mujeres con enormes mochilas, jóvenes de todas las edades, se encaminan con la idea firme de llegar a la ciudad de Guatemala y luego dirigirse hasta México.
 
“Jefe regáleme algo, lo que sea”, dice un adolescente de unos 15 años. Al conversar con él indica que decidió unirse a la caravana cuando se enteró que miles de hondureños iban en ella.
 
“Hablé con mi papá y me dijo que lo hiciera”, asegura Jhonatan, quien dice temer por su vida puesto que en San Pedro Sula lo quería reclutar una pandilla. Es por ese motivo que no permite que lo fotografíen y que opta por no proporcionar su apellido.
 
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“A un mi amigo que crecimos desde chiquitos se lo llevó la mara y después él era el que me estaba obligando a que me uniera con ellos”, asegura el joven, quien dice que cursó segundo básico y que ahora espera continuar con sus estudios cuando llegue a Estados Unidos.

Aunque desde Esquipulas el grupo de migrantes se veía nutrido, conforme fueron caminando algunos kilómetros comenzó a disgregarse y los caminantes trataban de aprovechar el “jalón” que muchos automovilistas les daban sobre la carretera.

En vehículos particulares, buses, microbuses, camiones e incluso plataformas jaladas por tráileres, los indocumentados se subían para avanzar lo más que pudieran. En Quezaltepeque, una familia preguntaba en una línea de buses cuánto costaba el pasaje hasta ciudad de Guatemala.

“La falta de empleo, la inseguridad y falta de medicamentos en los hospitales nos obliga a migrar”, afirmó Tomás Torres, quien dejó a dos de sus hijos en Honduras de 2 y 4 años.

“Allá, en Estados Unidos, me conformo con un permiso de trabajo, porque no somos delincuentes solo buscamos una mejor vida”, añadió.

Tania Rodríguez es originaria de La Ceiba, viaja con Ruth Saraí Rodríguez, 7. “Gracias a Dios mi niña ha estado bien, no nos ha faltado nada, vamos bien y seguiremos bien hasta donde lleguemos”, afirmó Rodríguez.

Se vino de Honduras por la inseguridad que se vive en San Pedro Sula, donde residía. “Yo me ponía a llorar cuando mis hijos que iban a la escuela me pedían dinero para ir a la escuela”, dice Rodríguez a la vez que reclama al gobierno de su país porque nunca ayuda a los más pobres.

Lorena Chavarría tiene 19 años y ya es madre de Daniel un niño de 2 años. Cuando se le pregunta por qué migra a Estados Unidos suspira y dice: “Hay Dios, por tantas cosas, no podemos vivir, no hay derecho a nada, no hay hospitales, todo está caro, la luz, la canasta básica…”.

Ayuda en el camino

Los migrantes han encontrado apoyo en cientos de guatemaltecos. En Quezaltepeque, por ejemplo, vecinos del lugar colocaron una carpa para que descansaran en lo que comían un pan con frijol, galletas y agua pura.

En Chiquimula, estudiantes del Centro Universitario de Oriente (Cunori) desde que se enteraron de que la caravana de hondureños ingresaría a Guatemala comenzaron a recolectar víveres para proporcionar a los viajantes.

Edvin Rivera, coordinador del Cunori, explicó que la iniciativa fue 100 por ciento de los estudiantes y las autoridades universitarias la respaldaron. Contó que desde las 9 de la mañana comenzaron a arribar los migrantes a quienes les ofrecieron alimentación.

Indicó que atendieron a unas dos mil personas, pero muchas llegaron tarde y ya no pudieron darles alimentos.

“Sabíamos que venían bastante gente, pero no creíamos que fuera tan masivo, hubo un momento en que se superaron nuestras capacidades, indicó Rivera.

Precisó que los estudiantes universitarios de Medicina atendieron a decenas de hondureños que venían enfermos, entre ellos varios niños que tenían múltiples ampollas en los pies.

Rivera lamentó que las autoridades guatemaltecas, tanto gubernamentales como municipales, “brillaron por su ausencia” y no atendieron esta “tragedia humana” de la migración forzada.

A un mismo paso

“Somos hondureños vamos migrando y vamos adelante, y solo Dios nos va a detener y hemos creído en nuestras oraciones que Él va con nosotros, como una columna de fuego en el desierto”, exclamó Edgar Mejía, quien con una bandera hondureña trataba de animar a sus compatriotas a seguir adelante.

Los impedimentos físicos no son obstáculo para muchos de los migrantes, quienes avanzan, algunos en muletas y otros, como es el caso de Sergio Cáceres, en silla de ruedas, ya que cuenta “sufrí un golpe”.

“En Honduras el gobierno no le da apoyo a uno, yo allá trabajaba, pero cuando tuve el accidente en mis piernas no me quedó otra que pedir dinero. En Estados Unidos sé que de lo que sea pero voy a trabajar, tengo mis manos, mis ojos, para salir adelante”, asegura Cáceres.

El migrante de 52 años afirma que es originario de Cortez y que decidió unirse a la caravana cuando se enteró por las noticias de que un grupo grande de migrantes tratarían de llegar a México.

En la terminal de San Pedro Sula conoció a César Rodas, quien no pudo dejarlo solo y desde entonces no se apartó de él y le empuja a silla de ruedas. “Mi papá me enseñó a ser así, a ayudar a aquel que lo necesita y no podía dejarlo solo por su cuenta”, agrega.

Rodas dice que es la segunda vez que intenta llegar a Estados Unidos, la primera en 2008 fue secuestrado en Tamaulipas por un grupo de narcotraficantes y pensó que iba a morir.  “

Solidaridad

Si algo no le ha faltado a quienes conforman la caravana es la solidaridad de muchos guatemaltecos, quienes en su primer día en el país les proporcionaron alimento, agua pura, y en algunos casos, como en la Casa del Migrante de Esquipulas, alojamiento.

Los vehículos se detienen y les dan agua, frituras o pan.

Tres mujeres del grupo Corazones Bondadosos decidieron preparar una olla de frijol y cocieron una gran cantidad de huevos para repartir a los migrantes.

“Nosotros nos unimos anoche parea ayudar a los migrantes y Dios proveyó y ahora es una bendición muchas personas se han acercado a nosotros a donarnos pan, frijol y huevos”, dice Norma Lemus, una de las integrantes de Corazones Bondadosos, mientras entrega panes a los migrantes que se retiran con un “Dios la bendiga”.

Lemus no deja de mostrar indignación por cómo la pobreza ha obligado a los indocumentados a buscar mejores oportunidades de vida lejos de su tierra y han acarreado con toda su familia.

“Esto  nos consterna, es indignante lo que hacen los gobernantes, robar y empobrecer a sus pueblos y cómo esta gente tiene que salir y dejarlo todo y viajar con sus niños, esto es lo que nos deja sin palabras”, expuso Lemus.

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Ana Alvarado, otra colaboradora, manifestó que las personas se han acercado a colaborar porque los “esquipultecos somos muy lindos y colaboradores”.

Al igual que Lemus, muestra cierta cólera al pensar que “las personas tienen que salir de sus países tan lindos y arriesgar sus vidas y las de sus hijos por buscar lo que en su patria no encontraron”.

Se espera que los migrantes lleguen este mismo día a Zacapa. Nadie sabe si se quedarán ahí, en realidad nadie está a cargo de la caravana ni tiene información que pueda considerarse como oficial.

Lo que sucede con la caravana lo resume muy bien Elías Baltazar, un migrante de Santa Bárbara, al decir: “Aquí vamos hasta donde Dios nos permita”.

Muchos de los migrantes decidieron quedarse en el Centro de Animación Pastoral (CAP) de Chiquimula, ahí la Iglesia Católica les tiene preparada más asistencia. Otros optaron por trasladarse hasta Zacapa donde también un grupo de pobladores les ofrecerá servicios y alimentos.

A eso de las 16.30 horas comenzó a llover fuerte, ya no iban migrantes en ruta, todos se habían logrado instalar en Chiquimula o Zacapa, descansan. Este miércoles continuarán la travesía, no les importan las advertencias que el presidente de EE. UU. Donald Trump, hizo.

“Total, no podemos estar peor que como estábamos en Honduras”, dice una migrante mientras se seca la lluvia en el CAP de Chiquimula.

Nota en desarrollo

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