Aleph

Asistimos a la caída de nuestros mitos

Carolina Escobar Sarti cescobarsarti@gmail.com

América no fue descubierta, fue inventada. Esto es lo que sugiere el historiador Edmundo O’Gorman. Inventada, porque en el momento en que fuimos invadidos Europa se sentía atrapada  en su propia prisión medieval, construida con las piedras de la escolástica y el geocentrismo, “dos visiones jerárquicas de un universo arquetípico, perfecto, incambiable aunque finito, porque era el lugar de la Caída”. (Carlos Fuentes, La gran novela latinoamericana).

Todo orden cae cuando se agotan sus mitos, sus relatos y correlatos, sus prácticas y modelos. Y esto no es un invento de la cocina criolla, sino una ley universal. Cada orden establecido tiene, en todas las sociedades, sus defensores, sus operadores, adversarios e íconos, no importando qué tan bueno o malo sea; de allí las fuertes resistencias de quienes le han dado forma en todos los niveles. La sobrevivencia de un orden tan perverso como el de Guatemala, por ejemplo, depende del sostenimiento de esos universos arquetípicos, fundados en sus particulares mitos.

En varios países de América Latina está transformándose el orden que llegó con las tres carabelas de Colón. Y Guatemala lo vive muy emblemáticamente. La Niña trajo el drama maquiavélico del poder; La Pinta el drama erasmiano del humanismo; y La Santa María, el drama utópico de Tomás Moro. Todos los dramas de aquella Europa aún medieval, con ansias y necesidad de espacio, llegaron de más allá del mar y aún hoy, cinco siglos más tarde, nos siguen definiendo. El Nuevo Mundo fue descubierto (perdón: inventado, imaginado, deseado, necesitado) en un momento de crisis europea donde servimos de espejo que confirmó y reflejó esa crisis. Para el cristianismo, la naturaleza es prueba del poder divino, pero también una tentación: nos seduce y aleja de nuestro destino ultraterreno; luego la tentación de la naturaleza consiste en repetir el pecado y el placer de la Caída. América fue la utopía de Europa, y a lo mejor por eso nos está costando tanto reinventarnos a nosotros mismos, cuestionando los mitos fundacionales que nos definieron.

Esto será un largo proceso, porque los mitos tienen funciones místicas, cosmológicas, sociológicas y pedagógicas que le dan forma a una sociedad como la nuestra. Y creo, como nuestro querido Juan Ramón Ruiz, que no somos los mismos que antes del 2015. Hay familias que no se ponen de acuerdo entre sí, empresarios que no se ponen de acuerdo entre sí, militares que no se ponen de acuerdo entre sí, gente de la religión que no se pone de acuerdo entre sí, gente de cualquier ideología que no se pone de acuerdo entre sí. Eso pasa cuando hay un terremoto y las placas tectónicas no logran ponerse de acuerdo, hasta que se acomodan y pasa el temblor. Guatemala está temblando, y muy fuerte.

Nos falta mucho tiempo, porque nosotros somos el tiempo y no somos eternos. Pasarán muchas generaciones antes de que botemos los mitos que nos están anclando a órdenes que no nos sirven más y nos atrevamos a nombrar nuestras propias embarcaciones. Un día no tendremos a un Maquiavelo por vigía, a un Tomás Moro conduciendo la embarcación y a ningún Erasmo de Rotterdam haciéndola de cartógrafo. Estaremos entretejiendo nuestras ideas con las de ellos, pero las bases de un nuevo orden estarán puestas.

Estamos asistiendo al momento de nuestra caída cuando pensamos que nada peor podría pasar, y pasa. Siempre hay un monstruo mayor que el anterior, una tormenta más destructiva, unas amenazas tan fuertes que nos torturan solo imaginándolas. Y en esa caída las elites políticas, económicas, académicas, religiosas y militares sentirán el vértigo de enfrentarse al vacío y perder los acostumbrados privilegios que los mitos les permitieron sostener. Sin prisa, pero sin pausa, se abre el camino a la democracia.

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