EDITORIAL

Brazo de la justicia llega a otro político

Manuel Baldizón es otra de las más agrias expresiones de la vieja política, aunque su participación en el terreno parlamentario y partidario es más reciente que las de otros opacos personajes que han echado raíces, convirtiendo el andamiaje público en feudos de rancio poder, desde donde han buscado arrasar con todo vestigio de institucionalidad.

Era cuestión de tiempo para que su detención se produjera, pues el resultado de las últimas elecciones en que participó solo fue el reflejo de una generalizada percepción ciudadana de que se trataba de uno de los políticos más inmorales que había hecho del poder una fuente de manipuleo total, desde su inicio en la Unidad Nacional de la Esperanza.

De hecho su derrota y su rápida desaparición del escenario nacional auguraban un temor a permanecer al alcance de la justicia, porque era muy evidente el tipo de negocios políticos, partidarios y empresariales establecidos en contubernio con personajes como Alejandro Sinibaldi, con quien formó una perversa alianza cuando se había separado de la UNE y creó su hoy extinto “partido” político Líder.

Con su detención, el pasado sábado, al intentar ingresar a Estados Unidos y enfrentar una orden internacional de captura, aflora información sobre uno de los casos más paradigmáticos de corrupción en Latinoamérica, como es el Odebrecht, firma que solo en Guatemala habría repartido casi 20 millones de dólares en sobornos para que funcionarios y diputados impulsaran un proyecto amañado. Por ello es absurdo que esa empresa exija el pago de tal contrato.

El proyecto, aprobado por una inmoral legislatura, dominada por Líder, le habría permitido a Baldizón quedarse con por lo menos tres millones de dólares en sobornos, según el Ministerio Público, y una suma superior habría quedado en manos de Alejandro Sinibaldi, otro prófugo por este y otros casos y quien como ministro de Comunicaciones de Otto Pérez Molina impulsó y trató de justificar dicha obra.

Baldizón seguramente agotará todos los recursos a su alcance, incluso ilícitos, para evitar su extradición, que está ahora en manos de la justicia de Estados Unidos, cuya diplomacia ha insistido en ocasiones que ese país apoya la lucha de Guatemala contra la corrupción y la impunidad.

Estas nuevas capturas representan otro revés hacia las vergonzosas expresiones de la política guatemalteca, que cada vez pone más en evidencia que el acceso al poder ha sido una fuente de inmoral y oprobioso enriquecimiento ilícito, pero también cómo este ha sido una vía de manipulación e inutilización de otros órganos del poder, hasta llevar a la atrofia a buena parte de las instituciones, con enorme daño para millones de guatemaltecos.

El caso Odebrecht es a la vez una vergonzosa muestra de lo nefasto que resulta para cualquier democracia el sometimiento de dignatarios y funcionarios a una clase política perversa, capaz de arrasar con los recursos públicos y con la dignidad de quienes integran otros poderes del Estado, en los cuales se perciben complicidad, venalidad y estulticia para poner al servicio de la inmoralidad a importantes instituciones guatemaltecas.