Ideas

La Casa de la Libertad

Jorge Jacobs Fb/jjliber

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La Casa de la Libertad está en Guatemala, se llama Universidad Francisco Marroquín (UFM), y ayer cumplió sus primeros 50 años. Aunque no tuve el gusto de pasar por sus aulas, desde hace 28 años mi vida ha estado íntimamente vinculada con esa que considero mi Alma Máter adoptiva. Como bien lo dijo Ramón Parellada en su columna de ayer, tenemos suerte de contar en Guatemala con esta institución. ¡Vaya si no! Y yo me considero todavía más afortunado.

El mérito principal de una institución que se ha destacado a nivel mundial por su misión de enseñar y difundir “los principios éticos, jurídicos y económicos de una sociedad de personas libres y responsables” recae en el Dr. Manuel Ayau, quien, junto con un grupo de amigos, primero se aclararon las ideas y luego buscaron la mejor manera de transmitir esos principios a la mayor cantidad de personas, con el fin de generar un cambio profundo en el país.

Hace 50 años, en medio de la guerra fría a nivel internacional, y del conflicto armado a nivel local, la aventura parecía un sueño imposible —aparte de peligroso—, pero nada desanimó al Dr. Ayau y sus amigos, quienes, a base de perseverancia, pasión y mucha persuasión, lograron finalmente el sueño de fundar una universidad que permitiera educar a muchas generaciones de estudiantes en los principios que hicieron grande a Occidente.

Pero el Dr. Ayau sabía que para que la universidad pudiera llevar a cabo su misión, primero debía ser exitosa académicamente, para atraer a los mejores estudiantes, quienes, en su mayoría, buscarían la universidad porque les podía dar una educación de excelencia, que les permitiera ser exitosos profesionalmente, no necesariamente por aprender los principios que allí se enseñan. De allí que desde el principio se esforzaron por imprimir una cultura de excelencia, empezando por algo tan sencillo como una estricta puntualidad en todas sus actividades, hasta tener a los mejores profesores, no solo locales, sino también internacionales.

Y el resto, como se dice, es historia. En sus primeros 50 años, la UFM se ha convertido en un referente a nivel global de quienes promueven y defienden la libertad. Se ha expandido internacionalmente, con un campus en Panamá y siendo la primera universidad latinoamericana en establecer un campus en Europa —en Madrid, para ser exactos—. La cultura de la excelencia y la innovación le ha llevado también a ser una de las instituciones educativas pioneras en la región, no solo en tecnología, sino también en nuevos métodos de enseñanza que se vayan adaptando a los tiempos.

Pero lo más importante es que su influencia, a través de tantas y tantas personas que, en mayor o menor medida, se han aclarado las ideas, la podemos sentir en muchos ámbitos de la vida en nuestro país —aunque la mayoría no se percate de ello—.

Y podría seguir enumerando los muchos éxitos que la UFM ha tenido a lo largo de estos primeros 50 años, pero quiero terminar con una reflexión más personal. La UFM ha sido para mí una verdadera Casa de Libertad que me ha permitido ampliar mis conocimientos, pero también mis horizontes. Me ha llevado a apreciar la importancia que las ideas tienen en el mundo. Me ha permitido no solo defender esas ideas, sino dedicar mi vida a su promoción.

La UFM me ha permitido conocer a tantas personas extraordinarias, de todos los ámbitos de la vida, como difícilmente podría haberlo hecho, de no ser por esa relación. En la UFM, sus directivos, sus fiduciarios, sus profesores y su personal, he encontrado una comunidad única, de personas comprometidas con una visión que compartimos. He encontrado una familia y muchos buenos amigos. ¡Feliz aniversario a la UFM y a toda su comunidad!