Opinión

La buena noticia

Curas escriben a los laicos

Los presbíteros de la Iglesia en Guatemala se reunieron recientemente y, por haber estado los laicos tan presentes en sus deliberaciones, dado el tema que trataron —“Los presbíteros en la transformación misionera de la Iglesia, concretada en el cambio misionero de la parroquia”—  sintieron  la necesidad de compartir sus reflexiones en una carta que se está difundiendo en el país.  Son conscientes de que sin laicos y laicas no habría parroquia, pues son la mayoría del Pueblo de Dios. Les agradecen la entrega que muestran en el servicio del Evangelio a las comunidades cristianas en Guatemala.

Les recuerdan que se realiza, especialmente con los Consejos Pastorales Parroquiales, un proceso de renovación parroquial llamado: “Parroquia misionera, comunidad de comunidades al servicio del Reino”, que concluirá el año próximo, cuando la Iglesia Latinoamericana conmemorará los 50 años de Medellín, que fue una recepción creativa y esperanzada del Vaticano II; y la Iglesia en Guatemala se reunirá en Huehuetenango para celebrar el V Congreso Misionero. Además, ya pasaron 10 años de la quinta Conferencia de obispos celebrada en Aparecida, Brasil.

Aparecida se ha convertido en una “profecía” de lo que estamos viviendo con el pontificado de Francisco, quien está llevando a la Iglesia a “recomenzar desde Cristo”. Por eso, a la luz de su enseñanza, decisiones y gestos, los presbíteros reconocen que les ha faltado creatividad y audacia para encarnar, codo a codo con los laicos, los caminos pastorales de Aparecida. Es además un inmenso caudal del que los presbíteros deben beber con suficientes ganas, y han de conducir a la gente a beber de esa fuente de inspiración discipular, pastoral y misionera. Urge que todos escuchen el llamado a la conversión personal y pastoral que hace Aparecida. Los curas no deben seguir con esquemas teológico-pastorales ya superados en el Vaticano II; ni quedarse en una mundanidad propia de la “cultura de la apariencia” de la sociedad contemporánea. Deben ahondar en su identidad de discípulos misioneros de Jesús Buen Pastor, y renovar su compromiso por impulsar la transformación misionera de la parroquia. Ante la nueva situación cultural y ante la invitación de Aparecida, no vale ya el criterio: “siempre se ha hecho así”.

Reconocen que es importante desarrollar la ministerialidad de la comunidad, evitando el clericalismo que tanto daño ha hecho a la iglesia, convirtiendo a muchos laicos en unos simples “mandaderos”, al punto de llegar a pensar, renunciando a su propia dignidad, que su participación en la vida de la Iglesia es un privilegio que los sacerdotes les regalan, de suerte que, por una mal entendida fidelidad hacia los curas, los laicos se han clericalizado, y por eso no han crecido ni madurado en un discipulado misionero al servicio de la vida.

Los presbíteros son animadores de comunidades de discípulos misioneros; constructores de vida digna para todos, preferencialmente de los más empobrecidos, porque la opción por los pobres inspirada en la experiencia de Dios, al estilo de Jesús, es la mejor forma de anunciar el Evangelio a todos. Así la gente los percibirá cercanos y comprometidos con sus legítimas demandas, preocupados por sus sufrimientos y dolores, solidarios en sus luchas por la justicia, coadyuvando en sus esfuerzos por un desarrollo humano y social, y empeñados en ganar la batalla contra la corrupción y la impunidad.

La opción por los pobres brota de la experiencia de Dios, responde a la conducta de Jesús, y ha sido clave permanente en el magisterio de los obispos latinoamericanos; es la clave también para evangelizar a todos; si faltara esa opción, el cristianismo sería una “religión burguesa” o aburguesada.

pvictorr@hotmail.com