Ventana

Desnutrición crónica, tragedia que no termina

Rita María Roesch clarinerormr@hotmail.com

“En caso de hambre rompa el vidrio”, indica el rótulo colocado sobre el vidrio de  una caja roja semejante  a las cajas de emergencia en caso de  incendio. En  la caja se ve una botella de leche, una docena de huevos,  un paquete de salchichas, jamón, galletas,  carne y un buen trozo de  queso.  La imagen de esa caja de “emergencia contra el hambre” fue parte de una  campaña de publicidad   que fue utilizada en  España  en el año  2006.  Con esa imagen en mente    reflexiono  sobre la vergonzosa realidad  del  hambre que golpea lo mejor de nosotros, lo más tierno, lo más  frágil, la semilla del futuro: nuestra niñez. La  desnutrición crónica que padecen los niños y niñas de Guatemala es una tragedia que no termina porque en lugar de  disminuir aumenta.  Lo  peor es que el  Estado  tiene claro  que  el  46.6 por ciento de la niñez guatemalteca  padece este flagelo. Son más  de un  millón y medio de niños que posiblemente  verán  afectada su vida para siempre porque la desnutrición crónica impide el desarrollo de su potencial genético.

Duele ser el país con la tasa de desnutrición más alta en América Latina, “casi el doble que Bolivia”. ¿Cómo es posible que este problema grave no sea una prioridad, no sea un compromiso de Estado? ¿Qué futuro nos espera? Fritjof Capra en su libro La red de la vida lo expresa muy bien así: “No cabe duda que nuestros líderes no sólo son incapaces de percibir la interconexión de los distintos problemas, sino que además se niegan a reconocer hasta qué punto lo que ellos llaman sus soluciones, comprometen el futuro de generaciones venideras. Desde la perspectiva sistémica las únicas soluciones viables son aquellas que resulten sostenibles. Una sociedad sostenible es aquella capaz de satisfacer sus necesidades sin disminuir las oportunidades de generaciones futuras”. “Construir comunidades sostenibles que propicien el desarrollo de niños y niñas sanas es nuestro mayor desafío de país”, recordó el Clarinero.

El lunes 3 de diciembre, en los medios de prensa, Homa-Zahra Fotouhi, representante del Banco Mundial (BM) para Guatemala, América Latina y el Caribe, manifestó su preocupación sobre el plan “Crecer Sano. Proyecto de Nutrición y Salud en Guatemala. Este plan se financiaría con un préstamo de hasta US$100 millones; sin embargo, no fue aprobado en el Congreso antes de que terminara el segundo período de sesiones ordinarias de este año 2018. La representante del BM teme que si no se agilizan los acuerdos políticos el préstamo se pierda. Este plan fue aprobado por el Banco Mundial desde marzo del 2017. Han pasado casi dos años y el Legislativo todavía tiene pendiente aprobarlo en tercera lectura para convertirla en ley. Si el plan se aprueba en el Congreso en esta primera quincena de diciembre aún daría tiempo para completar los trámites antes del vencimiento. Si fuese aprobado después no quedará tiempo y los fondos se perderán. Si el préstamo y la donación se pierden, los legisladores estarían condenando de por vida a 400 mil niños. Sus madres dejarían de recibir una guía de cuidados primarios, de salud, de nutrición, de saneamiento, acceso a agua entubada. Espero que los diputados cumplan con la enorme responsabilidad de responder a esta emergencia del hambre focalizada en siete departamentos: Alta Verapaz, Chiquimula, Huehuetenango, Quiché, Totonicapán, San Marcos y Sololá. Nos toca encarar esta cruda realidad con coraje y unidad. Es fundamental transformar la visión de incapacidad y de resignación que sienten las familias hacia la posibilidad y la autoconfianza con proyectos que las empoderen. Acciones paliativas, como los comedores solidarios no resuelven el problema. Es como si las familias rompieran el vidrio de la caja de emergencia pero una vez terminados los víveres el problema regresa.