EDITORIAL

Alma de montaña

“Y por todas partes, las montañas afilando aristas en el añil más puro del más intenso azul. A sus pies se oscurecen hondonadas o se apacientan valles anchurosos que se pierden en la lejanía”, escribió el gran bardo José Rodríguez Cerna en la inmortal prosa de su libro Tierra de sol y de montaña, a bordo del cual el lector puede sobrevolar por la belleza geográfica multiclimática de Guatemala, de la cual las montañas constituyen la gran razón de su ser.

Desde el 2003, se exalta a nivel global, cada 11 de diciembre, el Día Internacional de las Montañas,  como una invitación a valorar la riqueza hidrográfica, biológica y también humana de los territorios caracterizados por su orografía elevada. La primera propuesta de exaltar estos ecosistemas surgió hace tres décadas, y no ha sido fácil involucrar a los países en un abordaje de conservación. La deforestación inmoderada, a veces legalizada por dudosos permisos estatales o socialmente validada a falta de alternativas económicas, representa un riesgo inminente no solo para la naturaleza, sino para las propias comunidades.

Alrededor de una quinta parte de los continentes se encuentra en áreas montañosas y aproximadamente el 15% de la población vive en ellas, usualmente en comunidades rurales, aunque también hay zonas urbanas. La mitad de la reserva de biodiversidad biológica mundial está en cerros, montañas y laderas volcánicas.

La mitad de los suministros de agua dulce del planeta dependen de la preservación de los ecosistemas montañosos, ya sea por su efecto en la precipitación pluvial, la consecuente alimentación de mantos acuíferos y el mantenimiento del caudal de ríos, en un ciclo que permaneció estable por millones de años, pero que en el último siglo  se ha visto alterado a causa del cambio de uso de suelos forestales. No es que esté mal la utilización  de cerros y laderas para cultivos, pero el avance descontrolado de la frontera agrícola genera desbalances climáticos y riesgos de deslave crecientes. Cerca del 60% del territorio guatemalteco tiene características montañosas, entendiéndose como tal los desniveles superiores a 300 metros sobre el nivel del mar y fuertes pendientes.

Las montañas guatemaltecas son proverbialmente ricas en especies de flora y fauna, aportan la mayoría del agua potable y constituyen verdaderos remansos para el disfrute del turismo ecológico. Pero este tesoro está reduciéndose aceleradamente; baste ver la tala de bosques de las alturas de San José Pinula, Palencia o Amatitlán, que son sustituidos por plantaciones que implican un altísimo consumo de agua subterránea. La escasez del líquido en las comunidades circundantes es cada vez más marcada, pero la auditoría ambiental todavía es endeble.

La conservación de áreas montañosas  como las sierras del Lacandón, de las Minas, del Mico, de Chamá o la cordillera de Alux, entre varias, va más allá de un reclamo ecologista, es una obligación legal y moral de toda autoridad para con la sostenibilidad de la vida de  las comunidades. El Día de las Montañas no debería sonarle ajeno a nadie, porque evoca la  esperanza de poder contar con agua y aire puro en el futuro cercano. Se puede empezar a celebrar y valorar  con algo tan sencillo como una caminata, escalar un cerro, visitar un parque ecológico  o plantar un árbol.

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