EDITORIAL
Apología de la violencia deteriora desfiles hípicos
Esta forma de festejo debe generar identidad positiva y orgullo por la cultura pecuaria, no zozobra.
Los desfiles hípicos constituyen una práctica, usualmente asociada con fiestas patronales en la provincia, que integra tradición de crianza de ganado equino, destreza ecuestre y algarabía comunitaria. Su espíritu debe ser esencialmente estético, comunitario y productivo, pues data de épocas en las cuales el caballo era la fuerza primordial de locomoción y transporte de carga, algo que fue quedando como un recuerdo pintoresco, aunque todavía visible en zonas rurales.
Cuando ejemplares de fina estampa desfilan con jinetes que exhiben armas chapeadas en oro, de grueso calibre e incluso con cargadores extendidos y vallas de escoltas a pie portando fusiles de asalto, el mensaje deja de ser armonioso y se convierte en una exhibición de poder o bien de miedo a ser blanco de ataques; también denota irrespeto a la ley —que prohíbe taxativamente la portación ostentosa de armas— y una actitud prepotente hacia los espectadores. No es paranoia ni prejuicio: dadas las notorias y violentas disputas entre grupos criminales por el dominio de corredores de paso de trasiegos, los boatos belicistas proyectan una imagen de fuerza e impunidad que apunta a la intimidación, no solo para el vecino de a pie, sino también para las autoridades locales, incluyendo a la Policía.
Amplio revuelo ha causado un desfile hípico efectuado el 27 de junio, en San Pedro Soloma, Huehuetenango, en el cual se desplazaban individuos fuertemente armados. Las denuncias en redes sociales llevaron a las autoridades a “verificar” grabaciones de video y, según funcionarios, se constató que las armas portadas por los sujetos se encontraban “solventes”, por lo que solo se les recomendó evitar la portación ostentosa. Cabe decir que no se trata de la primera vez que ocurre esta clase de shows armados.
Estas demostraciones de riqueza y predominio han ocurrido en municipios fronterizos y costeros de manera recurrente, ante el silencio y la inacción de las autoridades de seguridad. Lamentablemente, Guatemala enfrenta desde unos tres lustros la infiltración de estructuras delictivas dedicadas al tráfico de drogas, mercancías y personas que han impuesto la presencia de hombres armados como símbolo de apócrifa autoridad, basada en la capacidad de fuego.
Demasiado ha sufrido nuestro país a causa de la violencia como para fomentarla e incluso convertirla en símbolo de estatus. De hecho, el trasfondo de las exhibiciones armadas constituye una narrativa preocupante que incide directamente en el imaginario de niños y jóvenes que crecen en municipios golpeados por la falta de oportunidades y la debilidad del Estado. La normalización malsana de estos símbolos erosiona la frontera entre la celebración ciudadana y la demarcación de territorios de poderes paralelos. Las tradiciones deben evolucionar para construir una mejor sociedad. Todo aquello que contamine, que implique confrontación, prepotencia o ilegalidad debe ser vetado por las mismas autoridades, pero también por la sociedad civil.
Por desgracia, a veces son los mismos alcaldes —algunos con sus propios contingentes de guardaespaldas bien apertrechados— los que promueven esta clase de exhibiciones. Si los desfiles hípicos aspiran a seguir siendo patrimonio cultural y espacios de encuentro familiar, es necesario impulsar consensos sobre cuál es el mensaje que deben impulsar estas actividades para las actuales y nuevas generaciones. Nadie está contra el sentido estético de una tradición tan arraigada, pero sí contra la apología del delito. Esta forma de festejo debe generar identidad positiva y orgullo por la cultura pecuaria, no zozobra.