EDITORIAL

Ciencia de la decencia

La política no está exenta de diferencias de perspectiva, pero siempre está orientada por la luz de principios éticos.

Una ciencia de la decencia, eso debería ser la política; encontrar nuevas formas de proyectar valores fundamentales en acciones y realidades tangibles. Dicho sea eso a propósito de múltiples decepciones, estafas, confrontaciones y desplantes protagonizados por la politiquería, una falsificación de la política. A menudo se le llama “dos caras” a una persona con doblez. Por desgracia, en Guatemala hemos tenido personajes con más caras, cambiando de discurso, de bancada, de partido, sin el menor cuidado por la coherencia. En otras palabras, menosprecian la inteligencia del ciudadano, y ese es el primer síntoma de la falsa política.

Y por eso cada generación de guatemaltecos termina preguntándose cómo hemos llegado a esto. Peor aún, hay gente para la que da igual si hay democracia o no, pero nunca han sufrido los horrores de su ausencia. No solo ocurre aquí, sucede hasta en las mejores potencias, pero como dice el dicho: “mal de muchos, consuelo de tontos”, y por eso el ciudadano debe juzgar con rigor la trayectoria, acciones, omisiones y discurso de quienes se hacen llamar políticos.

La política no está en las arengas de “afiliación” ni en las campañas adelantadas con antifaz, ni en reels populistas de redes sociales; tampoco está en la demagogia de medidas antitécnicas, aparentemente bonachonas, pero a un alto costo económico, histórico e institucional. La política está en los resultados reales de decisiones sobre la vida cotidiana de las personas. Si una decisión, un acuerdo o un decreto optimiza una escuela, abre una carretera de calidad, fortalece la justicia, genera empleos y refleja integridad, eso es política, entendida como virtud de servicio y ciencia de la decencia.

Hacer campaña permanente no es política; hacer señalamientos farisaicos y polarizantes tampoco. La política auténtica, valga la redundancia, exige escuchar, proponer, construir acuerdos de nación y asumir responsabilidades, en vez de endosar culpas, máxime si ya se ha ejercido un cargo público, electo o no. La confrontación, el clientelismo y la miopía cortoplacista hacen más daño que beneficio. Las pruebas están a la vista en el actual tinglado político de lucha de todos contra todos, sin una agenda mínima común.

Ejercer política en un Estado laico no significa renunciar a los principios provenientes de la iglesia o filiación religiosa que posea la persona, significa reflejar tales enunciados más allá de los muros de un templo con el mandamiento básico de amar al prójimo como a sí mismo. Por algo el Salvador aclaró que su reino no es de este mundo, como para que aparezcan ciertas figuras esgrimiendo discursos pietistas. Lo mismo cabe decir de quienes mudan piezas textiles de indumentaria tradicional local por simple afán viral.

Guatemala necesita más que nunca de política genuina, que convierta diferencias en acuerdos, que fortalezca las instituciones, que priorice el bien común y que se maneje por una axiología coherente, y no por interpretaciones convenencieras de las normas. La política se refleja en el desarrollo, no en el descrédito mutuo; la política impulsa la transformación para no repetir los mismos errores del pasado. La política no está exenta de diferencias de perspectiva, pero siempre está orientada por la luz de principios éticos, no de discrecionalidades. Por eso se necesita de ciudadanos que juzguen la diferencia.

ESCRITO POR:

ARCHIVADO EN: