EDITORIAL

Cualquier parecido con la realidad es advertencia

El discurso de la mano dura  y  asistencialismo económico están de moda.

Para mañana  están convocados a las urnas  27 millones de ciudadanos peruanos. Elegirán presidente y dos vicepresidentes, 130 diputados y —por  reforma constitucional— una cámara alta: 60 senadores.  Todo ello ocurre en un marco de  inestabilidad política que ya alcanza una década, a causa de pugnas polarizantes y escándalos de corrupción, además del asedio de la delincuencia, disfuncionalidad de la justicia, con rezagos en desarrollo y estancamiento  económico que acicatean la conflictividad.

El mayor reflejo de tanta volatilidad es que en ocho años  han pasado ocho presidentes, entre electos e interinos, como el actual, José Balcázar, que fue designado apenas el 18 de febrero último. Ningún mandatario ha durado más de dos años en el cargo en la última década. Los analistas describen la situación peruana como un auténtico carrusel político: una imagen bastante candorosa, con todo y caballitos, para describir la disfuncionalidad de los partidos, el clientelismo subyacente y los liderazgos que suben y bajan en un tiovivo chirriante.

Hay 35 candidatos presidenciales en la boleta, que medios internacionales han resaltado por  su tamaño, para que quepan todos. Solo cabe imaginar la enorme, incierta y azarosa quiniela que puede ser tratar de seleccionar, en unos cuantos segundos, en la casilla de sufragio   legisladores medianamente decentes entre 43 partidos políticos vigentes en ese país. Pero que no se vea en este somero repaso un ápice menoscabo a la soberana voluntad del pueblo peruano. Por el contrario, el deseo es que sea una jornada pacífica, democrática, transparente, con celeridad y, sobre todo, con una expectativa de madurez de los contendientes y dirigentes partidarios para esperar los resultados y respetarlos.

Cualquier parecido entre la realidad peruana con la de Guatemala es pura coincidencia, o advertencia.  Con solo poco más de un tercio del padrón peruano,  28 partidos están  vigentes en la actualidad, más una retahíla de comités proformación: 24 en total. Si se traza la hipótesis de que antes de los comicios de 2027 sea inscrita la mitad de ellos, podría llegar a 40 el número de vehículos electoreros, y ni se diga la cantidad de presidenciables. Varias de esas agrupaciones han sido fundadas o recicladas por exfuncionarios, exdiputados y hasta exasesores de campaña que de pronto quieren subir la apuesta porque ya nadie los contrata.

Ningún candidato peruano supera el 20% de las preferencias, según las encuestas, que ya la semana última quedaron prohibidas. A la cabeza   aparece, de nuevo, Keiko Fujimori, la hija del exdictador Alberto Fujimori. Decimos de nuevo porque ha logrado pasar a segunda vuelta en 2011, 2016 y 2021, pero ahí se queda. Otra vez, cualquier parecido con la  política guatemalteca es pura coincidencia, aunque si en esta ocasión Fujimori lograra el triunfo, alimentaría las ansias de personajes similares, así como el autogolpe de su padre en 1992 acicateó a un charlatán guatemalteco.

Entre los candidatos se cuentan abogados, ingenieros, economistas, con títulos en prestigiosas universidades de Estados Unidos y Sudamérica; también  un comediante que aparece en segundo lugar de los sondeos, así como el alcalde de Lima, la capital, de línea ultraconservadora. El discurso de la mano dura  y  asistencialismo económico están de moda, pese a que lo primero es un mito y lo segundo, una mina de manipuleos. Una vez más, toda similitud  es puro aviso de los efectos tóxicos de la politiquería barata, demagogia, conflictos de interés y acicateo de extremismos: total, los extremos terminan explotando la misma crisis.

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