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Cuando solo queda “medio” ambiente

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Un viejo enigma oriental sobre el conocimiento plantea: “Si un árbol cae en un bosque y nadie está cerca para oírlo, ¿hace algún sonido? Y si nadie puede ver su caída, ¿en realidad cae?”. En el campo de la meditación existen diversas interpretaciones y lecturas, pero si se aplicara a la realidad ambiental guatemalteca, hay cientos, quizá miles, de árboles que caen cada año en reservas naturales del país, derribados con ruidosas motosierras y dejan enormes agujeros. Para muchos ciudadanos, tales árboles talados nunca existieron, quizá porque suponen que el daño ecológico es una realidad ajena, lejana.

En otros casos se da una actitud negacionista, una resistencia a enterarse del horror destructivo que tiene lugar fuera de los cascos urbanos pero cuyo impacto es concreto. La irregularidad de lluvia, la agonía de los ríos otrora caudalosos, el deterioro de los mantos freáticos o la destrucción de manantiales tienen diversas causas, pero la principal es la reducción de la cobertura boscosa, precisamente en un país cuyo nombre tiene, entre sus posibles significados, “país de árboles”.

Mientras usted lee estas líneas, el río Motagua y sus afluentes acarrean basura de todo tipo. Parte de ella es capturada en el área llamada El Quetzalito, Puerto Barrios, en donde se intenta que no llegue al mar. No es el único río cargado con toneladas de desechos. El Lago de Amatitlán es testigo de ello, pero también el de Atitlán, que sigue recibiendo las aguas servidas de varios pueblos a su alrededor. Es dramático, preocupante, pero sigue sucediendo. La verdadera evolución podría comenzar con calles en las cuales no se dejaran tirados tantos desechos que luego son arrastrados por las lluvias hacia las cuencas.

Los barrancos son repositorios de vida, hogar de aves, mamíferos, reptiles, diversas especies de flora, pero en numerosas localidades existe un agujero maloliente, humeante y expansivo. Quizá en otro tiempo parecía un abismo insondable, muy distante de cualquier área poblada, pero hoy dichos vertederos están en el camino al poblado vecino, que a menudo padece o comparte los efectos dañinos de una mala disposición del desecho sólido. Pero no solo barrancos, también hay cumbres no borrascosas, sino pestilentes, como ocurre, por ejemplo, con un tiradero municipal de San José Pinula, que funciona en una alta ladera hasta la cual trepan los camiones para luego tirar la basura colina abajo.

Existen precedentes dignos de resaltar, esfuerzos que merecen ser imitados, municipalidades que han construido su planta de tratamiento de aguas o entidades que implementan procesos de aprovechamiento de desechos. Lamentablemente son una minoría y las excusas para no emprender o no continuar son abundantes, comenzando por la disponibilidad de recursos. El problema es que el deterioro ecológico alcanza ya un punto crítico: así lo dicen las sequías y también las tormentas tropicales, así lo dicen las colonias que reclaman agua potable, así lo muestra la mortandad de peces y así lo puede comprobar quien recorra las rutas al occidente o a las Verapaces.

Los detalles del idioma pueden tener a veces un sentido paradójico. Hoy se conmemora a escala mundial el Día del Medioambiente, pero dadas las tendencias de deterioro ecológico, contaminación, destrucción forestal por tala y quema, cacería ilegal e invasión de áreas protegidas, bien puede decirse que al país solo le queda “medio” ambiente por conservar, y dados los graves efectos visibles es imperativo luchar por aunque sea esa mitad.