Editorial

Cuidado con el destino

Es bueno visitar, compartir y disfrutar, pero sin destruir lo que a la naturaleza le ha costado millones de años construir.

A pesar del alto costo de vida, agravado, sobre todo, por el alza internacional en los precios de los combustibles, es previsible que cientos de miles de guatemaltecos se desplacen a sus lugares de origen o a espacios turísticos para aprovechar el asueto de Semana Santa. Tal destino de solaz puede ser una playa —sobre todo en el Pacífico—, algún paraje o cascada de un río —de los muy contados que quedan sin ser desagües—, lagos —máxime Atitlán, Petén Itzá, Izabal—, lagunas —Brava, Lachuá, Ayarza— o auténticas maravillas fascinantes, entre las cuales están los egregios Cráter Azul, en Petén, el nacimiento del río San Juan, en Huehuetenango, o Semuc Champey, en Alta Verapaz.


Las menciones solo son parte de una enumeración que cada amable lector y lectora sabrá enriquecer. Por cierto, no faltan los espíritus aventureros que deciden en estos días escalar una cumbre: especialmente atractivo resulta el volcán de Acatenango, porque desde este también se admira el de Fuego, pero hay una treintena de colosos en oriente y occidente, con todo y posibilidad de campamento para disfrutar del paisaje, la vista al firmamento nocturno y poder compartir entre familiares y amigos al calor de una fogata.


Pero allí entra el título de este mensaje: Cuidado con el destino. Una encarecida exhortación a proteger esos lugares, que a menudo carecen de vigilancia estatal y cuya conservación depende, por lo tanto, de quienes los visitan. Sin duda habrá numerosos guatemaltecos que ya contemplan el cuidado ambiental como una responsabilidad prioritaria. Lamentablemente, no se puede generalizar, pues son notorias las huellas de contaminación, impacto destructivo y deterioro de tan maravillosos paraísos.


El principal rastro previo de irresponsabilidad colectiva, continuada e impune es la basura de todo tipo que se atisba dispersa, sin fecha de abandono y menos de caducidad, entre raíces y piedras, a la orilla de balnearios o lanzada en “tierra de nadie”, que en realidad es tierra de todos: botellas de vidrio o plásticas junto a latas de bebidas de toda índole, empaques de frituras, bolsas plásticas en las cuales se transportaron alimentos, recipientes de comidas de restaurantes, restos de hieleras de duropor, platos y vasos desechables boquiabiertos.


No hay tal cosa como basura de nadie: esos desechos son heredados por los hijos y los nietos de quien los tira, así como por decenas de visitantes que se encuentran ante el dantesco espectáculo de rincones paradisíacos condenados a la contaminación por siglos. Pero la culpa no es ajena cuando a la polución se suman indolentes turistas que creen tener un perverso derecho adquirido gracias a la basura previa.


Autoridades de turismo pueden creer que cumplen al tan solo promocionar sitios hermosos, pero les hace falta una buena campaña de responsabilidad ambiental. Quizá opinan que es tarea del Ministerio de Ambiente o de la Policía, que tampoco es que tengan mucha proactividad en el asunto. El destino de un paraje natural contaminado es el destino de todos nosotros. Es bueno visitar, compartir y disfrutar, pero sin destruir lo que a la naturaleza le ha costado millones de años construir.

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