EDITORIAL

Despotismo de Ortega asedia a la Iglesia

Desde su fraudulenta reelección en noviembre de 2021, sin partidos de oposición, con la ciudadanía atemorizada por la violencia de hordas oficialoides y sin ningún recato sobre su despotismo sádico, la dupla que gobierna a Nicaragua exuda cada vez más desesperación, más miedo y más incertidumbre acerca de su continuidad en el poder. Sojuzgando —y, por supuesto, traicionando— a su pueblo, a sangre y fuego desde 2018, el dictador Daniel Ortega y la vicedictadora Rosario Murillo están en una cuenta regresiva cuyo número desconocen, pero está en marcha.

Bajo influjos totalitaristas de sus aliados, Rusia, China, Venezuela y Cuba, el régimen emprendió desde hace dos años una ofensiva sin precedentes contra la Iglesia Católica, obispos, sacerdotes y laicos. La misión eclesial de anunciar y denunciar causa escozor a los seudomonarcas tropicales, cuyo único blasón es la represión con violencia, cárcel o exilio: recursos que rezagan, mas no detienen la inexorable caída final del inicuo régimen.

Desde una perspectiva puramente cristiana, casi causan compasión Daniel Ortega y Rosario Murillo, por el destino que se labran. Sus apelaciones seudorreligiosas quedan desprovistas de coherencia y a la vez son una blasfemia para todo creyente, católico o no católico, simplemente porque Dios es infinitamente amoroso pero también infinitamente justo. Las víctimas mortales de su régimen claman justicia desde la tierra y las miríadas de exiliados llegarán a ver el retorno a una Nicaragua libre. Por desgracia, hay que atravesar este purgatorio, esta persecución que evoca tantas otras ocurridas a lo largo de dos mil años. La más reciente medida represiva es el congelamiento de cuentas de tres diócesis, bajo acusaciones de lavado de dinero.

Si le importara el blanqueo de activos, Ortega no habría acogido con placer a prófugos centroamericanos por casos de corrupción, con todo y capitales, tales como el guatemalteco Gustavo Herrera, acusado del fraude del IGSS, o a exmandatarios salvadoreños como Salvador Sánchez o Mauricio Funes, señalados de desfalcos. Los tres fueron nacionalizados nicaragüenses: toda una paradoja si se observa el “retiro” de la nacionalidad a 92 opositores nicaragüenses, en febrero último, entre políticos, periodistas, estudiantes y excorreligionarios sandinistas.

Hubo señales de los propósitos abyectos de Ortega, pero muchos partidos se negaron a reconocerlo hasta que fue tarde. También le ocurrió a organizaciones empresariales que fueron proscritas en 2022. Ninguna denominación religiosa debería quedarse indiferente ante la represión contra cristianos en este país centroamericano.

En el año 355, Juliano II empezó a gobernar un decadente imperio romano y para mantenerse en el poder culpó de muchos males a los cristianos, a quienes persiguió. Utilizaba un discurso místico, con alusiones divinas, pero era más una herramienta de manipulación que una creencia coherente. Le molestaba ser cuestionado por funcionarios de la Corte y obispos cristianos. Prometió acabar con la Iglesia, así que cerró templos, desterró a fieles y prohibió que se aceptara en las escuelas a niños cristianos. Cualquier parecido con la realidad es puro paralelo histórico, no solo de ese déspota, sino con sucesivos caudillos con pies de barro. Juliano II murió en 361 por la herida de una jabalina que fue lanzada posiblemente por alguien de su propio ejército. Reza una tradición que, en su agonía, sus últimas palabras fueron dirigidas a Cristo: “¡Venciste, Galileo!”.

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