Editorial

Dignidad y miseria

Los señalamientos de desorganización e ineficiencia resultan lógicos en un Estado plagado de compadrazgos, nepotismos y nombramientos por zalamería.

La inenarrable tragedia telúrica venezolana sigue descubriendo su cauda mortífera y a la vez la inmensa capacidad humana de amor y ayuda a los más necesitados. La devastación material es grande, pero mucho más aún la pérdida de vidas. Familias completas siguen soterradas en edificios que probablemente no reunían las condiciones sismorresistentes necesarias. Cientos de pobladores y voluntarios de otros países continúan la tarea de rescate, aunque ya prácticamente sin esperanza de encontrar sobrevivientes, solo víctimas de una cadena de causalidades entre las cuales figuran graves omisiones en el servicio público.


Pero no solo son fallas pretéritas: también se han registrado conductas vergonzosas, necias, abyectas, calificativos que les aplican por inhumanas. Una de ellas es la obsesión por centralizar toda la operación, quizá con el afán de tratar de aminorar las cifras o reducir las críticas a la falta de supervisión estructural de los inmuebles. Han sido grabados obtusos militares armados, vigilando entre las ruinas y no precisamente los bienes de los heridos.


Ciudadanos que están con picos, palas o las simples manos solidarias les han increpado por estar de pie observando sin ayudar. Es como si la aún vigente dictadura chavista —pues poco ha cambiado desde la captura de Nicolás Maduro— se mofara de la desgracia azarosa que se vive en las calles. Miles de pobladores duermen en las calles y los alimentos escasean. Contingentes de ayuda han sido enviados por Estados y organizaciones humanitarias, pero pareciera que para la presidenta interina, Delcy Rodríguez, la prioridad es defender su imagen.


Los señalamientos de desorganización e ineficiencia resultan lógicos en un Estado plagado de compadrazgos, nepotismos y nombramientos por zalamería. Organizaciones de derechos humanos señalan un gobierno “fuerte para coaccionar” pero “inoperante para salvar”. La instalación de refugios para damnificados es caótica, pero aún más se avizora la estrategia estatal para emprender la recuperación de infraestructura de vivienda perdida: muchos venezolanos se quedaron literalmente en la calle, pues su haber se derrumbó.


Los gobiernos dictatoriales fácilmente construyen frases pegadizas para descalificar las críticas, en lugar de hacer acopio de las mismas y tomarlas como rutas para mejorar el desempeño e involucrar a más sectores en una tarea tan ardua. Por supuesto, resulta más fácil calificar las denuncias de desinformación o de “laboratorios mediáticos”: sin embargo, los hechos y las omisiones están a la vista.


Poderosas dictaduras han caído a partir de este tipo de tragedias que ponen a la población literalmente entre la vida y la muerte, porque el desastre vocifera la mediocridad, la discrecionalidad y las limitaciones intelectuales y morales de los déspotas. Es tal la cerrazón chavista, que se han puesto trabas burocráticas e incluso bloqueos al ingreso de contingentes de rescatistas; el manejo de actas de defunción y entrega de restos mortales se han visto sujetos a cohechos vergonzosos. Van más de 2 mil 500 fallecidos y aumentando, pero tal vez sean sus memorias, recuerdos y cariños los que puedan revivir una vez más la dignidad ciudadana en medio de tanta miseria, voracidad y autoritarismo fatuo.

ESCRITO POR:

ARCHIVADO EN: