EDitorial
El alma de Rabinal
El Rabinal Achi’ constituye un relato de principios que tanta falta hacen hoy.
Rabinal, Baja Verapaz, enclave del pueblo maya achi’, vivió el 25 de enero del 2026 uno de los retornos más esperados: no por el lapso de ausencia, apenas de un año, sino por el significado del ausente: el baile drama Rabinal Achi’, que, traducido, sería El varón de Rabinal, única obra prehispánica sobreviviente de su tipo: un relato de honor, valentía y gran riqueza cosmogónica. En enero del 2025 no se pudo escenificar, por falta de recursos económicos para los trajes y máscaras: toda una vergüenza acumulada para sucesivas autoridades del Ministerio de Cultura y Deportes, que sería el principal llamado a preservar un patrimonio inmaterial de la Humanidad, como fue declarado por las Naciones Unidas, hace dos décadas.
Gracias a un oportuno aporte del Instituto Guatemalteco de Turismo, los herederos y continuadores de esta escenificación ancestral pudieron contar con vestuario renovado en el retorno de este épico relato en idioma achí, de ocho siglos de antigüedad. Pero hace falta mucho más por hacer para rescatar y valorar esta joya.
San Pablo Rabinal, Baja Verapaz, fue fundado en 1538 por los frailes Bartolomé de las Casas y Pedro de Angulo, como parte de la conquista pacífica de la Verapaz. A su alrededor existen sitios arqueológicos, y en su interior viven los herederos de un pueblo rico en tradiciones orales, gastronómicas y danzarias que merece mejor exposición a los ojos del mundo. Lamentablemente, la conexión vial de la capital con Rabinal, vía Chinautla y Chuarrancho, sigue a medias desde hace más de medio siglo de promesas de campaña.
Los entresijos del conflicto armado interno prolongaron la precariedad de ese territorio, que podría ser una conexión más eficiente con las Verapaces, no solo para la economía y la agricultura, sino para el turismo: ese gran potencial de desarrollo regional que sigue marginado por los planes de la politiquería. En Rabinal existe al menos una veintena de danzas, como la de La Culebra —similar a la de los chorti’, en Chiquimula—, la de Animalitos, la del Venado y de los Morenos, así como una industria artesanal ingeniosa pero a la vez conectada con la riqueza cultural ancestral.
El circuito que se inicia con el río Motagua y conecta con municipios como Granados y San Miguel Chicaj, antes de llegar al legendario Rabinal, podía y debía ser potenciado desde hace décadas, para descentralizar el flujo de visitantes y enriquecer la productividad local. El Baile del Tun, nombre correcto del Rabinal Achi’, es solo el vértice de un cúmulo de tesoros multiculturales que a su vez devienen de la noble voluntad de personas que con ahínco, convicción y amor a sus raíces impulsan la tradición.
Un guerrero victorioso y un invasor derrotado, un gobernante que juzga y sentencia pero que permite al vencido —bajo palabra— ir a despedirse de su familia, de su pueblo y de sus montañas —y este regresa para honrar su palabra—, constituye un relato de principios que tanta falta hacen hoy. Y es esa coherencia la que se necesita para convertir los usuales elogios a las danzas mayas y garífunas guatemaltecas en acciones sistemáticas para su preservación, estudio y promoción. No son folclor, son identidad; no son atractivos turísticos, son activos culturales; no son exhibicionismos, son el alma de Guatemala.