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Época inédita para reinventar el turismo

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Uno de los sectores a los cuales la reactivación llega de forma angustiosamente lenta, debido a la situación económica, la percepción sanitaria, pero también por la parsimonia estatal es el turismo: apenas un 20% de ocupación registran algunos proveedores de servicios, aunque cabe decir que esta cifra se mantiene en un solo dígito o en cero, para decenas de pequeños alojamientos y esto, a su vez, impacta en comercios, restaurantes, prestadores de servicios de guía y transporte, así como en vendedores informales de diversos destinos guatemaltecos.

Si bien se han lanzado algunas líneas generales sobre la reactivación del turismo interno, como estadio previo al retorno de visitantes extranjeros, existe una total desinformación o en todo caso, desorganización, para difundir, promover y asegurar las estrategias de prevención epidemiológica, desvanecer temores y fijar estrategias para propiciar el transporte, la planificación de reservaciones y la habilitación de un sistema destinado a crear una satisfactoria experiencia de usuario que se pueda convertir en referente local y también internacional.

Hasta ahora, al Instituto Guatemalteco de Turismo se le ha ido el tiempo en publicitar de forma marginal algunos posibles destinos, así como anunciar iniciativas de ley que, con el actual Congreso caótico, divagante y empecinado en agendas sectarias, tienen muy pocas posibilidades de avanzar, si es que llegan a ser presentadas. Entre ellas están el Fondo de Garantía para el Turismo, el Fondo para el Subsidio del Transporte Turístico y el Fondo para la Promoción y Mercadeo, que no dejan de ser parches emergentes, cuando en realidad se precisa de una visión de fondo para reinventar esta industria en el país.

Hasta la fecha, países con muchas menos áreas de reserva natural boscosa, con mucha menos área de litoral y con muchísimos menos tesoros arqueológicos y culturales consiguen rebasar a Guatemala en número de visitantes. La pandemia golpeó a la industria global del turismo, lo cual constituye una oportunidad inédita. En lugar de tener la perspectiva de recuperar algunas metas anteriores a la emergencia, ya se debería estar hablando de una estrategia de largo plazo para la renovación total en la competitividad turística.

Es posible que algunas de las leyes contempladas por el Inguat puedan tener alguna utilidad en la recuperación del sector, pero de seguro no bastan para marcar una diferencia cualitativa ni una transformación eficiente de la industria turística del país. El enfoque no debe estar puesto solo en el sector hotelero o de transporte.

¿Qué quiere decir esto? Que la férrea defensa de las zonas protegidas del país es tan importante como la creación de infraestructura de comunicación y alojamiento; que la atracción del turismo de negocios, bodas y vacacionistas debe engarzar con aquellos nichos específicos de mercado como avituristas, montañistas y viajeros interesados en el alojamiento comunitario. Solo de esta manera el turismo será una industria integradora, con derrama económica para varios estratos socioeconómicos, que a su vez se pueden convertir en los mejores, más efectivos -y gratuitos- vigilantes de la conservación de bosques, expresiones y monumentos. Sin embargo, para esto se necesita que el Congreso deje su miopía politiquera y se comprometa con la configuración de un país competitivo. Leyes como Proguate, la de Competitividad y de Infraestructura están engavetadas y perdiendo un tiempo precioso.