Editorial

Fuerza productiva en tierra ajena

Archivado en:

editorial

La estabilidad macroeconómica del país, tal como la conocemos, sería prácticamente inviable si no fuera por el aporte mensual, creciente, constante y ganado a base de grandes esfuerzos de miles de migrantes guatemaltecos, con estatus legal o no, radicados sobre todo en Estados Unidos. Quizá se marcharon recientemente o tal vez llevan tres décadas de vivir lejos de su tierra, con la cual los une la nostalgia y también los lazos afectivos que a la vez los compelen a enviar recursos para manutención, inversión en inmuebles, adquisición de productos o para crear un fondo de ahorro para sus años de vejez.

Con una impresionante cifra superior a los US$1 mil millones mensuales en el último trimestre, los guatemaltecos han superado ya el total anual de 2017, a pesar de la fuerte caída experimentada entre abril y junio, a causa del cierre de muchos negocios y empresas en EE. UU., lo cual privó de trabajo e ingresos a muchos de ellos. Por otra parte, el constante temor a las deportaciones y el endurecimiento de medidas antimigrantes sirvieron de acicate para repuntar en el envío de dólares a sus familias. En concreto, se trata de connacionales que desde lejos contribuyen a sostener la macroeconomía del país.

Al preguntar a las comunidades de guatemaltecos en diversas ciudades estadounidenses, es usual encontrar enraizado el amor por la patria, el anhelo por volver, y lo menos que esperan es una mayor apertura del Estado para atender sus necesidades de identificación, de asesoría legal e incluso de apoyo en la promoción de valores culturales. Salvo algunas actividades esporádicas promovidas por candidatos presidenciales en campaña, la comunicación con los compatriotas adolece de enormes fallos de sistematización y respuesta.

Se ha dado el caso de individuos que llegaron a montar verdaderos negocios a base de trámites que eran gratuitos, que se promovieron como adalides de la defensa de los derechos migrantes y que aprovecharon tal ola para montarse en campañas electorales, a fin de lograr una diputación. Cuando finalmente ya se encuentran con la curul, no son ni vistos ni oídos, sus iniciativas son anodinas y solo se confirma que el oportunismo, desgraciadamente, también crece fuera de las fronteras.

En el ámbito del Ejecutivo existe la Comisión Nacional del Migrante (Conamigua), una institución surgida precisamente a partir de la evaluación de necesidades de integración y apoyo estatal de los guatemaltecos residentes en el extranjero. Actualmente su función más promocionada es la atención de los deportados desde Estados Unidos al llegar al país, pero no debería ser la más importante, pues hay decenas de miles de conciudadanos que necesitan traducción en lenguas indígenas, apoyo en cortes migratorias, soporte para peticiones de asilo y orientación gratuita para no ser víctimas de tramitadores que se aprovechan del desconocimiento.

La elección de la próxima persona que dirija Conamigua empezó mal desde el momento en que no se otorgó a las comunidades guatemaltecas en Estados Unidos el tiempo y la oportunidad suficiente para nominar candidatos cercanos a su realidad y plenamente identificados con las adversas condiciones que deben afrontar en tierra extraña. En todo caso se conformó una nómina y el Congreso debe elegir, aunque ya corre con tardanza debido a sus propias deficiencias: otra muestra de la poca prioridad que se da al tema de los migrantes, a pesar de su vital importancia estratégica y macroeconómica.